jueves, 15 de marzo de 2018

Productividad emocional




Me interesan mucho los artículos acerca del manejo de los negocios y los proyectos, y entre más los leo, más veo un consejo repetirse una y otra vez: una de las fórmulas mágicas para hacer que cualquier empresa en la que nos embarquemos multiplique su nivel de productividad de modo exponencial, es practicar el arte de DELEGAR.

En teoría tenemos una cantidad de energía y atención limitada, que debemos usar en un número limitado de horas en el día, y por ende, no debemos desperdiciarla en tratar de micro manejar cada aspecto de nuestro trabajo, sino enfocar toda la energía y tiempo de los que somos capaces, en aquellos aspectos más importantes y que más benefician al proyecto, y en aquellos que sólo nosotros podemos hacer con los mejores resultados; lo demás, que tiene impacto menos significativo, y consume tiempo valioso, podemos  encargarlo a otras personas. De esta forma estaremos disminuyendo notablemente la cantidad de tiempo que nos toma alcanzar resultados importantes, y magnificando el alcance de esos resultados.

Creo que es una idea fantástica, y una bastante sub utilizada, porque aunque los gurús del desarrollo personal no hagan sino promoverla, creo que no he escuchado a nadie incentivar a las personas a usarla no sólo en su vida profesional, sino en el ámbito en el que más poderosas transformaciones puede crear: el emocional.

Me di cuenta de eso este fin de semana, en el momento en el que decidí sentarme en mi cama por un momento, para tratar de subjugar la frustración y el agobiamiento que sentía y me di cuenta de que si algo no cambiaba, se me iba a correr una teja.

La semana pasada mi vida y mi estado emocional sufrieron una alteración importante. Mi mamá tuvo repentinamente un problema muy serio que la ha dejado vulnerable y necesitada de ayuda de casi todas las formas posibles.

Como todo hijo con un ápice de decencia haría, mi disposición cambió rápidamente a ofrecer toda la ayuda de la que fuera capaz.

Como toda persona incapaz de tomarse nada con calma, pronto extralimité mis atribuciones en el escenario.

No es para nada una sorpresa; creo que nadie es ajeno a lo difícil que es ver sufrir o enfrentar dificultades a aquellos que nos rodean y son amados e importantes para nosotros, pero incluso más importante, tengo una tendencia marcada a tratar de controlar todas las situaciones, lo que sólo alimenta mi ansiedad, y debido al carácter repentino y altamente caótico de la situación, fue imposible para mí abordarla con toda la inteligencia emocional de la que podría ser capaz en otros momentos, así que demasiado pronto me encontré sintiendo que todo tener que lidiar con el problema sobrepasaba mi capacidad para manejarlo.



Mientras la ayuda tangible que le estaba proporcionando no era una carga que me perjudicaba de forma alguna, al menos no de forma significativa, la inversión emocional que estaba haciendo en el asunto, por otro lado, era un peso asfixiante. El peso emocional venía de la frustración porque esa ayuda que puedo ofrecer sólo consigue que el problema no se haga peor, pero nada que hiciera podía resolver realmente la situación ni tampoco lograr en ella un cambio emocional significativo respecto a la posición en la que se encuentra, y eso me estaba volviendo loca.

En algún momento de toda esta experiencia, había pasado de tratar de ayudar a alguien querido en su problema, a tomar el problema en mis propias manos y obsesionarme con ser quien lo solucionara. Nadie me puso ese peso encima, pero mi personalidad hizo que fuera sólo cuestión de tiempo para que sucediera, y gracias a eso mi malestar anímico no sólo estaba dañándome, sino que ahora además entorpecía mi deseo de ayudar a la persona que quería del modo más beneficioso posible, irónicamente.

Afortunadamente logré tener claridad para darme cuenta de que me en lugar de ser un apoyo, mi actitud estaba convirtiendo mi intervención en otro problema en sí mismo.
Es la menor de mis intenciones, así que traté de concentrarme en pensar cómo podía transformar toda esa generosa necesidad de ayudarla en algo que realmente fuera beneficioso para ella, y recordé que hace años leí en algún sitio una idea que me marcó mucho, y que he tratado de aplicar cada vez más, aunque con frecuencia lo olvido: No puedes llenar la taza de otro de una taza vacía.

Significa, en su nivel más básico, que no puedes amar de buen modo a otros si no te amas a ti mismo primero, y que no puedes cuidar de otros si no cuidas primero de ti mismo. En ese sentido, si tengo alguna esperanza y el deseo ferviente de ayudarle del mejor modo, mantener mi bienestar mientras le ayudo debe ser mi prioridad. 

Tiene sentido, aunque suene contradictorio. Estar tan intranquila que no puedo trabajar no me permitirá ayudarle si necesita ayuda financiera, estar tan afectada que caiga en una depresión no me hará posible ayudarle a salir a ella de una crisis emocional. Es la razón por la que los bomberos y rescatistas deben mantener la calma.

Ahora entiendo por qué no se supone que los médicos atiendan a sus familiares, mantener la distancia que nos permita actuar con la cabeza fría es una labor titánica, pero en definitiva la más indispensable a la hora de asistir a alguien.



Así que mi nuevo propósito es respirar hondo y hacerme un mantra que me recuerde que cada quien debe llevar sus cargas. Debo estar en paz con el limitado alcance de la ayuda que estoy en capacidad de proveer, porque no es mi deber resolver su situación, ni física ni emocional, y no debo sentirme culpable si no estoy en capacidad de hacerlo.

Es increíblemente doloroso ver a alguien que queremos caminar por sobre los carbones encendidos, y es fácil tratar de evitarles ese dolor, pero yo recuerdo lo que se siente andar sobre el fuego, y aunque en ocasiones llegué a creer que me moriría, la prueba era inevitable porque cada situación que enfrentamos en la vida es una a la que nos llevaron todas nuestras decisiones, buenas o malas, y había lecciones importantes que debía aprender con ello, haber atravesado el fuego me hizo quien soy ahora y me ha dado una vida mejor, y ahora creo que quizás lo mejor que podemos hacer por alguien que queremos es no apersonarnos de sus problemas y su crecimiento personal, delegarles a ellos esa función y no tratar de evitarles una experiencia que aunque sea terrible, puede ser lo mejor que les haya pasado.


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