miércoles, 28 de febrero de 2018

Entre los sueños y la felicidad.


 En una interesante coincidencia, no conozco ninguna madre adolescente. La única de mis amigas que tiene un bebé, lo tuvo a los 25 años, las demás nos estamos quedando.

Así que siempre pensé en el fenómeno como algo muy removido de mi realidad y de los círculos en los que me muevo. Como una tragedia que arruina la vida de las mujeres, y trunca sus sueños y su vida para siempre.

Fue un poco un shock para mí la vez que hace más o menos cuatro años conocí una chica de menos de 20 que me dijo que tenía una hija de 5 años.

—Oh —dije. En retrospectiva me doy vergüenza a mí misma porque sé que tuve que haber hecho cara de funeral cuando escuché eso—. Eras muy joven cuando la tuviste, entonces...

—Sí, pero no es lo que piensas —se apresuró a decir ella—. No me embaracé por accidente. Mi novio y yo decidimos tener un bebé.







What.







No me acuerdo de qué cara hice pero estoy segura de que tuvo que ser una de estupefacción impresionante. Viendo la maternidad temprana como una tragedia de tal calibre, me era imposible entender que alguien pudiera someterse a aquello de modo voluntario.

Y sin embargo así parecía.



Cuando pregunté (incapaz de controlar mi curiosidad) por qué, me respondió que siempre había querido tener un hijo y que le parecía que tenía sentido dedicarse de lleno a cuidar a su bebé cuando ella misma era muy joven para dedicarse a muchas otras cosas, y que le alegraba poder enfocarse en sus estudios superiores y su crecimiento profesional ahora que su hija era mayor y no dependía tan enteramente de ella, que no quería esperar a haber realizado todos sus sueños antes de poder tener un hijo porque temía que el momento podría no llegar nunca, y que prefería compartir todos sus éxitos con una hija que cada vez sería mayor y más capaz de apreciarlos y disfrutarlos con ella.

Estoy segura de que mi cara de incomprensión no cambió mucho con esa declaración. 

Un rato después le pregunté quién cuidaba a su hija. Estábamos en una fiesta y ella estaba con su novio, el papá de la criatura.

—No, no tenemos que irnos, es que ahora mismo no podemos tener a la niña con nosotros por nuestros horarios de trabajo y universidad, entonces vive con mis papás.

Había algo en la forma en la que lo dijo que me hizo entender que a diferencia de haber sido madre a los 15 años, esto era algo que resentía profundamente, algo que no encajaba dentro de la forma como había planeado las cosas cuando pensó que estaba tomando la decisión adecuada.

Me avergüenza decir que en el momento, verla contrariada de ese modo me hizo sentir un poco de engreída satisfacción; por supuesto, una idea que contrariaba todo lo que yo creía debía ser una idea equivocada.



Han pasado ya varios años y tengo la bendición de haber aprendido al fin durante ellos que no hay un sólo camino correcto, y haber aprendido a sacar a mi ego a patadas para darle un poco más de espacio a la empatía y la compasión.

Nunca volví a ver a esa chica, la conversación la tuve en una fiesta a la que me llevó un tipo en la que se convirtió en la peor cita que he tenido en mi vida, así que por supuesto no volví a frecuentar a nadie que conocí en esa ocasión, pero durante todo este tiempo he pensado con variable frecuencia en esa conversación. Creo que no decidió tener un bebé, pero era demasiado pudorosa u orgullosa para admitirlo delante de una imprudente desconocida. O quizás realmente se decía aquello a sí misma para llevar mejor una realidad que no podía cambiar.


En los últimos meses, he estado obsesionada por trazarme un camino que sea claro y se dirija a una meta concreta, tener una vida con un propósito tangible de alcanzar cosas que quiero, que siento que me hacen falta para sentirme completa. Eso ha hecho que piense en esa conversación casi todos los días. Me pregunto, ultimadamente, qué sentido tiene tratar de definir la vida en términos deéxito, si se puede ser feliz cuando la vida se sale de los rieles. Quizás la única y verdadera medida para el éxito es la felicidad, y si la felicidad es una decisión como muchos dicen, entonces eso significa que está al alcance de la mano de todos, independientemente de las carencias.


Es una idea demasiado compleja para mí, porque no sé si quiero ser feliz en medio de la necesidad, no sé en qué momento eso se convierte en darse por vencido y acomodarse en la mediocridad. Quisiera pensar que la ambición e inconformidad son rasgos positivos, pero no sé en qué momento se convierten en una búsqueda por una felicidad que se vuelve abstracta e inalcanzable.

Supongo que como con todo en la vida, la felicidad debe encontrarse en el punto medio. Quizás de lo que se trata es de descubrir cómo luce el punto medio para cada uno. Decidir con qué cosas se puede vivir y ser feliz hasta el final de las consecuencias, y qué cosas no son negociables, y luchar por ellas hasta el fin de nuestras capacidades, y esperar lo mejor.

Siempre, siempre, esperar lo mejor.


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