jueves, 4 de enero de 2018

Reinventando nuestras fiestas



Aunque mi novio y yo somos bastante compatibles en la mayoría de las cosas, una diferencia que siempre me ha incomodado es en nuestro espíritu navideño. Yo amo las fiestas, todo lo que representan, y todo lo que traen consigo: las luces y los colores, la música, los olores, el clima, y también la motivación para limar asperezas y pasar buenos momentos con la familia. Me mueve la idea de la celebración al final de un año, por todas las pequeñas victorias, y la despedida a todos los malos momentos, la bienvenida a unos nuevos 12 meses, a una oportunidad nueva para ser una mejor versión de nosotros.

J no lo comparte, y siempre me costó entender por qué. Este año, siendo el primero que pasamos ya no sólo como pareja sino como una familia, en el apartamento que es nuestro primer hogar, decidí que haría mi misión, darle unas fiestas tan felices que no tuviera objeción alguna, y no le quedara de otra sino sentirse entusiasmado por lo que se avecina cuando el 2018 empiece a llegar a Noviembre.

La misión “Desgrinchando a J” (nombre clave DJ) comenzó con tratar de entender qué había salido mal en su vida para que no se sintiera emocionado en la época más feliz del año. Resulta que hace años, su familia pasó por momentos difíciles y una temporada nada feliz al perder a varios miembros de la familia en un período corto de tiempo, muy cercano a fin de año. Apenas razonable que el espíritu se vea extinguido temporalmente, pero no era lo que le aquejaba tan agudamente tantos años después.

Lo que le molestaba era bastante más mundano, y era la admisión de que se encontraba en un momento incómodo de su vida en la que las fiestas parecían haberse convertido en una pesada carga burocrática que complacía a todos a costa de sus esfuerzos, y sin mayor contraparte de satisfacción. Los papás de J son divorciados, así que tiene dos familias, que quieren ambas pasar con él las fechas especiales, lo que se convierte rápidamente en un dolor de cabeza logístico, y un notable gasto en transporte y tiempo en momentos en los que el tráfico es una pesadilla que puede fácilmente facturar dos veces lo normal, carga que hace más pesada los deseos que tiene por alegrar con regalos a la familia que le hace tan feliz todo el año. Ama pasar tiempo con ellos en estas ocasiones, pero la obligación de compartir con familia muy extendida con la que no tiene relación alguna o tema de conversación, se junta a la desazón de saber que pasar momentos agradables con unos lo mantiene lejos de otros, y a la intensa pero inevitable carga económica de la temporada, todo hecho peor porque desde que empezamos a pasar las festividades juntos, todo lo incómodo se había multiplicado por dos, haciendo que al final de todo, el asunto entero fuera más agotador que disfrutable.

Lo irónico, es que mientras más pensaba en ello, más me daba cuenta de que yo también estaba agotada por el peso de todo aquello, y que las fiestas de los últimos dos o tres años, habían sido agotadoras y rayando en lo frustrante, y que la única razón por la que no lo veía así era porque cuando pensaba en ellas sin profundidad, glaseaba los recuerdos con nostalgia y con todos los sentimientos emocionados que tengo respecto al fin de año. Soy tan amante de la navidad y el fin de año que eso no me había dejado ver que realmente no estaba disfrutando ni lo uno ni lo otro.

La idea me pareció terrible, e increíblemente triste, ¿cómo era posible que la mayor fanática de la navidad no estuviera disfrutándola realmente y se enfilara a un año más de lo mismo? Increíble, pero cierto. Con un poco de observación, me di cuenta de que no era para nada la única, las redes sociales estaban llenas de memes y bromas referentes a cómo todos (al menos de mi generación) pasan las fiestas en sus mejores ropas sentados en el sofá de la casa pegados al celular. Y bueno, la verdad que no creo que el problema sea la tecnología; salvo casos especiales uno suele dejar el teléfono de lado cuando hay cosas más divertidas pasando alrededor, y es lo que se supone que pasara en las festividades, se supone que la pasáramos fantástico rodeados de nuestra familia y las personas que queremos, que celebráramos la compañía mutua y la llegada del nuevo año. Pero por algún motivo, no es lo que parece estar pasando.

Supongo que a cada quién le corresponde darle el significado que quieran a cualquier fecha, pero en lo que se refiere a nosotros, mi propósito cambió un poco, ya no era sólo J el que debía tener unas fiestas inolvidables, me propuse que los dos pasáramos el mejor fin de año de nuestra vida adulta (hay algo especial acerca de las navidades de la infancia que las hace insuperables, aunque quizás sea un poco más ambiciosa en este 2018), decidí que los dos nos merecíamos eso después del año tan ajetreado que tuvimos.

Así que este año en vez de tratar de complacer a todo el mundo pasando tiempo con ellos en todas las fechas, decidimos quedarnos en casa, celebrar Navidad de un modo mucho más sencillo y privado, con mi papá que fue el único de nuestros familiares que quería/podía pasar las fiestas en nuestro apartamento, y unos amigos cercanos e importantes, y aunque ser anfitriones de nuestra primera aunque pequeña cena navideña fue también bastante cansado, además de haber pasado a saludar a parte de la familia de J, la verdad fue muy especial pasar nuestra primera Navidad como una familia en nuestro hogar, con nuestra gata y amigos, el ambiente fue divertido y relajado, y al final de todo, no tuvimos que pagar un taxi absurdamente caro para irnos a dormir en nuestra cama.

Creo que vale la pena repetirlo.

Para año nuevo cedimos un poco más a lo tradicional, y pasamos parte de la noche con la mamá de J y su familia y la otra parte de la noche con mi mamá. Aún no estoy segura de qué tan bueno es el balance de esta parte, porque quizás estar mucho menos ocupada y ser una invitada no me sentó muy bien este año que tenía tantas cosas en mente, y al final estuve bastante nostálgica y emocional (no del buen modo, no del buen modo), y la noche fue bastante menos divertida de lo que hubiera podido ser de otra forma.

En todo caso, creo que el experimento fue un éxito en aprendizaje. Habernos rebelado un poco nos hizo darnos cuenta de que no hay ninguna forma en la que las cosas “tengan” que ser. Cada familia es un mundo y expresa el amor a su acomodo, y no es el fin del mundo si nosotros queremos romper con algunas tradiciones para crear las nuestras; lo más importante es que más allá de un par de quejas y momentos incómodos, nuestras familias también parecen haber entendido eso finalmente, que puede que ahora que somos una pequeña familia hagamos las cosas de un modo distinto.

No sé puntualmente qué vamos a hacer a finales de 2018, si algo me enseñó el 2017 es que no tiene caso alguno ponerme a tratar de imaginar dónde vamos a estar en la próxima vuelta al sol, pero lo que sí sé, es que aprendimos a hacer nuestro mejor esfuerzo para que estas cosas no sean una costumbre sin sentido sino algo realmente memorable. Mi invitación a todo el que lea esto, no es que se aleje de su familia durante las fiestas, en lo absoluto, sino a que reflexione acerca de cómo puede hacer que estas ocasiones sean verdaderamente significativas con ellos, bien sea una gran y tradicional reunión con toda la familia, o invitando a una celebración más íntima y acorde a lo que sea más cómodo y beneficioso para todos.


Espero que todos hayan pasado agradables fiestas, que sean de quienes esperan esta época del año con emoción y que hayan disfrutado cada momento, y al leer esto sientan que durante las fiestas estuvieron justo donde deben estar, y si no es así, que este año puedan hacer que las cosas sean mucho, mucho mejores :)


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