jueves, 4 de enero de 2018

Al fin leí: On writing, de Stephen King

Puntuación: 5/5

Hace un par de días finalmente terminé de leer este tomo que me había recomendado un amigo. Me tomó un buen tiempo, ya que elegí leerlo en formato digital, reservando para él únicamente el tiempo que me tomara el viaje de ida y regreso del trabajo todos los días. Siendo un viaje de no más de 15 minutos en cada trayecto, no era un progreso veloz. A eso se sumó más de una semana de hiatus digital por haber perdido mi móvil mientras lograba conseguir uno nuevo.

Al fin, aquí estamos.

Mientras escribo debe ser por supuesto el único libro de King que no le hace a uno poner los pelos de punta en algún momento, y sin embargo, no deja de tener esa capacidad impresionante para atrapar al lector y dejarlo enganchado de principio a fin, como en todas sus obras, King demuestra una capacidad atemorizante para dominar a su audiencia y cautivarla de modo que en cada ocasión, cuesta dejar el libro a un lado.

El libro está dividido en dos partes, y hablaré primero de la segunda porque la otra me parece mucho más interesante, y me da mucho más de qué hablar.

La segunda parte del libro, es una guía práctica del uso de las herramientas que todo escritor debe emplear: el vocabulario, la gramática, el tiempo. King nos regala su concisa pero poderosa opinión al respecto de la mejor forma de emplearlas para enriquecer y mejorar nuestro trabajo.

La primera mitad del libro, y que me parece de hecho la más educativa, es una pieza autobiográfica, lo que puede parecer innecesario o ególatra en un tomo que se supone es una guía para escritores aspirantes, pero King lo hace por una razón sencilla, compartiendo con la audiencia una opinión poco popular y dura: no hay forma de hacer un escritor, no hay forma de crear talento donde no lo hay de forma innata. Así que él se evita el tedio de intentar explicarnos cómo pasar de ser un no escritor, a un escritor, y simplemente nos permite examinar a nosotros mismos la forma como ha llevado su vida, y la forma en la que se convirtió en el escritor que es hoy en día, con la idea de que si hay algo que podamos aprender de él en ese sentido, lo encontremos por nosotros mismos.

La idea de que hay dos tipos de personas, escritores, y no escritores, y que ninguno podrá ser el otro nunca, es bastante difícil de tragar para la mayoría de nosotros que a pesar de cualquier halago no logramos vencer el síndrome del impostor. Me llama sobre todo la atención que tenga esa idea ya que su pieza auto biográfica es un ejemplo bastante educativo de qué tipo de cosas pueden afectar una mente joven de un modo que le haga afín a este trabajo, y cómo a través de la disciplina alguien puede tomar una inclinación temprana convertirla en una carrera como la suya.

King creció con su madre, y hay pocas de las ocasiones en las que le menciona, en las que no sea evidente que ella vio en él lo que podía ser, o quizás que ella hizo de él, lo que es hoy en día. Después de todo, fue ella quien le hizo darse cuenta de que no debía bastarle con leer el trabajo de otras personas, que podía escribir sus propias historias, y fue ella quien envió a toda la familia copias de la primera historia que escribió, apenas un poco después. Sólo podemos imaginarnos lo terrible que aquella historia debía ser, pero también, sin duda, la forma como su madre le alentó debió haber causado un impacto en él que tendría consecuencias exponenciales. Yo creo que los niños son capaces de percibir el desdén y la gracia que despierta en los adultos cualquiera de sus esfuerzos, incluso aunque esto suele venir del amor y la ternura que inspiran, y no puedo dejar de pensar que el momento definitivo que hace de King un escritor es el momento en el que su madre no pega su trabajo en el refrigerador y cuenta la anécdota graciosa a las visitas, ni lo usa para presumir, sino que realmente se toma en serio el trabajo de su pequeño hijo y decide tratarlo como lo que sería mucho después, un escritor de verdad.

Esta idea debió imprimirse en la mente de King, y es la causa de la siguiente gran lección de esta parte de su libro, y es que el trabajo debe tomarse en serio.

King escribía. Todo el tiempo. Escribió historietas cuando era un niño pequeño, y luego escribió para la gaceta que su hermano mayor creó, y para el periódico de su escuela. Escribió cuentos basados en películas de matineé para venderlos a sus compañeros. Escribió cuentos cortos que presentó a revistas, y escribió novelas cortas que presentó a publicaciones más grandes. Escribió poemas en la universidad, y escribió mientras daba clases a chicos de secundaria. King escribió Carrie, que le lanzaría a la fama, mientras trabajaba en una lavandería para poder mantener a su esposa e hijos, a duras penas. Escribió profusa, desesperadamente, incluso a través de un alcoholismo tan potente que no le permite recordar haber escrito ni la mitad de algunas de sus obras más famosas.
Más recientemente, y una vez las finanzas dejaron de ser un problema (gracias a su trabajo como escritor, en un hermoso círculo virtuoso), Stephen King escribe todos los días de su vida, desde que se levanta hasta que alcanza cierta meta de palabras, sin importar vacaciones, fechas especiales, ni ninguna otra cosa.

Es curioso, que pueda tener la idea de que el talento es algo que se tiene o no, siendo alguien de una disciplina tan impresionante, y habiendo pulido su talento y el producto de su trabajo poco a poco, día a día, durante más de 5 décadas. Yo diría que es matemáticamente improbable que uno no sea un escritor de un talento notable cuando se tiene tal respeto y dedicación por el trabajo. En todo caso, y aunque él no comparta esa opinión, yo creo que es un consuelo para aquellos que creemos que el talento se hace, la idea de que la disciplina es la herramienta más poderosa que podemos poseer. Las cosas que se hacen en el tiempo libre son pasatiempos. Si quiere ser un escritor, escriba. Todo el tiempo.

(Y lea, King es enfático en eso. Si no tiene tiempo para leer tanto como para escribir, ni siquiera lo intente).

Por supuesto no es fácil, pero las palabras de King son inspiradoras no sólo acerca de la labor, sino que me dejaron con mucho para pensar al final. Acerca de cómo debemos elegir cómo vivir nuestra vida, y no dejar que esta suceda fuera de nuestro control. King se dedicó a su trabajo, porque tuvo a una mujer paciente que eligió hacerse cargo de su hogar para que él pudiera enfocarse en su carrera mientras también llevaba pan a la mesa, y aunque esto pueda parecer un golpe de suerte, en realidad no lo es tanto; elegimos con quién pasar nuestra vida y qué tipo de relaciones queremos tener. King es enfático en que no podría haber alcanzado todo ese éxito sin el apoyo de su mujer, y que todo su éxito debe servir a su vida personal, en lugar de exprimir su familia en favor de su trabajo. Puedo imaginar que no debía ser el mejor de los esposos cuando estaba sumido en sus adicciones, pero que incluso en su peor momento debió ser lo suficientemente bueno como para que su familia y amigos le hicieran ver de forma amorosa que debía cambiar su vida, en vez de apartarse de su lado sin una palabra. Y sin duda fue un excelente esposo y padre cuando decidió cortar de raíz con todo vicio ante la firme decisión de su familia de dejarle a un lado si no lo hacía.


En fin, en términos particulares una obra muy educativa, ejemplificante y capaz de enriquecer el trabajo de cualquiera que la lea a consciencia, y en términos generales un trabajo aún más completo e inspirador que una simple guía para escritores aspirantes.

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