jueves, 22 de marzo de 2018

Algunas personas son Corea del Norte



Mi mamá, Dios la bendiga, vive con la siempre presente preocupación de que el hombre y yo no nos hemos casado y el lugar de ello hemos elegido "vivir en pecado".

Por mucho tiempo me sentí bastante ofendida por eso, siendo honesta. Estaba convencida de que ante sus ojos, no importaba lo ejemplar que nuestra relación pudiera llegar a ser, nunca iba a dejar de verla como algo inapropiado, y estaba convencida de que eso hablaba de la idea que tenía respecto a nosotros como personas.

Hace un tiempo, finalmente decidí confrontarla al respecto, y tratar dentro de lo posible de hallarle sentido a algo que se me hacía tan absurdo como que la validez de nuestra relación dependiera no de todo lo que hemos atravesado juntos sino de una formalidad impuesta por agentes externos.

Cuando la confronté, mi mamá admitió finalmente, que vivía muy mortificada porque cuando los vecinos y todos a los que conocía se enteraban que me había marchado de la casa materna, todos se apresuraban a asumir con entusiasmo que me había casado, o estaba a punto de hacerlo, y a ella, decirles que no era así, le generaba una angustia indescriptible respecto a la opinión que esa gente pudiera tener de mí.

Por supuesto, escuchar eso me tranquilizó bastante, en cuanto me permitió darme cuenta de que a ella realmente no le importaba (tanto), y que su principal preocupación era que otras personas pudieran pensar mal de mí, que no lo merezco. No me demoré en decirle que lo que otros pensaran me tenía por completo sin cuidado.

—Pero Roxana —protestó ella—, uno no puede vivir la vida sin tener en cuenta lo que los demás piensen, ningún hombre es una isla.

Eso me cogió un poco desprevenida porque yo siempre he sido creyente ferviente en esa filosofía, en la idea de que debemos ser en cuidadosos de la forma como nuestras acciones pueden afectar a otros o representarnos, porque el mundo es un pañuelo, y llegará el día en el que descubramos que nuestras acciones nos han cerrado puertas antes incluso de que llamáramos a ellas.

Pero, después de cuidadosa consideración, llegué a la conclusión de que como todo en la vida, el éxito está en el equilibrio. Es cierto que ningún hombre es una isla, que vivimos en inquebrantable relación con los demás miembros de la sociedad y por eso debemos cuidar nuestras acciones, pero también es cierto que hasta los países que son vecinos geográficos tienen fronteras demarcadas y que la más importante derecho internacional es a la soberanía.

El secreto es decidir con qué países hacemos tratados y políticas comunes, y a cuáles les cerramos por completo el acceso a nuestro suelo. El factor determinante debe ser qué aporta cada relación a nuestra vida.

Sólo por si hace falta aclararlo, no se trata sólo de bienestar financiero, o físico, aunque estos dos aspectos son también cruciales. También se trata de bienestar y crecimiento emocional. Significa que si alguien que amamos y que aporta bienestar a nuestra vida nos señala algo que le parece una falla de nuestro carácter o comportamiento, bien podemos considerar su apreciación con la consciencia de que la forma como nos desenvolvemos de algún u otro modo afecta nuestra relación con esa persona que nos edifica. Pero también significa que podemos prescindir de la opinión de personas que no sólo no aportan a nuestra vida sino que son personas con las que naturalmente no querríamos relacionarnos ni aunque lo necesitáramos, el equivalente a Corea del Norte.

Así que, de aquí en más, cada vez que reciba una crítica respecto a la forma como me manejo en cualquier ámbito, y principalmente cómo manejo mi vida, antes de dejar que la falta de auto confianza o el ego se apoderen de mis emociones, trataré de tomarme un momento largo para decidir si la crítica viene de un país hermano o de uno con el que no me interesa tener relaciones.

jueves, 15 de marzo de 2018

Productividad emocional




Me interesan mucho los artículos acerca del manejo de los negocios y los proyectos, y entre más los leo, más veo un consejo repetirse una y otra vez: una de las fórmulas mágicas para hacer que cualquier empresa en la que nos embarquemos multiplique su nivel de productividad de modo exponencial, es practicar el arte de DELEGAR.

En teoría tenemos una cantidad de energía y atención limitada, que debemos usar en un número limitado de horas en el día, y por ende, no debemos desperdiciarla en tratar de micro manejar cada aspecto de nuestro trabajo, sino enfocar toda la energía y tiempo de los que somos capaces, en aquellos aspectos más importantes y que más benefician al proyecto, y en aquellos que sólo nosotros podemos hacer con los mejores resultados; lo demás, que tiene impacto menos significativo, y consume tiempo valioso, podemos  encargarlo a otras personas. De esta forma estaremos disminuyendo notablemente la cantidad de tiempo que nos toma alcanzar resultados importantes, y magnificando el alcance de esos resultados.

Creo que es una idea fantástica, y una bastante sub utilizada, porque aunque los gurús del desarrollo personal no hagan sino promoverla, creo que no he escuchado a nadie incentivar a las personas a usarla no sólo en su vida profesional, sino en el ámbito en el que más poderosas transformaciones puede crear: el emocional.

Me di cuenta de eso este fin de semana, en el momento en el que decidí sentarme en mi cama por un momento, para tratar de subjugar la frustración y el agobiamiento que sentía y me di cuenta de que si algo no cambiaba, se me iba a correr una teja.

La semana pasada mi vida y mi estado emocional sufrieron una alteración importante. Mi mamá tuvo repentinamente un problema muy serio que la ha dejado vulnerable y necesitada de ayuda de casi todas las formas posibles.

Como todo hijo con un ápice de decencia haría, mi disposición cambió rápidamente a ofrecer toda la ayuda de la que fuera capaz.

Como toda persona incapaz de tomarse nada con calma, pronto extralimité mis atribuciones en el escenario.

No es para nada una sorpresa; creo que nadie es ajeno a lo difícil que es ver sufrir o enfrentar dificultades a aquellos que nos rodean y son amados e importantes para nosotros, pero incluso más importante, tengo una tendencia marcada a tratar de controlar todas las situaciones, lo que sólo alimenta mi ansiedad, y debido al carácter repentino y altamente caótico de la situación, fue imposible para mí abordarla con toda la inteligencia emocional de la que podría ser capaz en otros momentos, así que demasiado pronto me encontré sintiendo que todo tener que lidiar con el problema sobrepasaba mi capacidad para manejarlo.



Mientras la ayuda tangible que le estaba proporcionando no era una carga que me perjudicaba de forma alguna, al menos no de forma significativa, la inversión emocional que estaba haciendo en el asunto, por otro lado, era un peso asfixiante. El peso emocional venía de la frustración porque esa ayuda que puedo ofrecer sólo consigue que el problema no se haga peor, pero nada que hiciera podía resolver realmente la situación ni tampoco lograr en ella un cambio emocional significativo respecto a la posición en la que se encuentra, y eso me estaba volviendo loca.

En algún momento de toda esta experiencia, había pasado de tratar de ayudar a alguien querido en su problema, a tomar el problema en mis propias manos y obsesionarme con ser quien lo solucionara. Nadie me puso ese peso encima, pero mi personalidad hizo que fuera sólo cuestión de tiempo para que sucediera, y gracias a eso mi malestar anímico no sólo estaba dañándome, sino que ahora además entorpecía mi deseo de ayudar a la persona que quería del modo más beneficioso posible, irónicamente.

Afortunadamente logré tener claridad para darme cuenta de que me en lugar de ser un apoyo, mi actitud estaba convirtiendo mi intervención en otro problema en sí mismo.
Es la menor de mis intenciones, así que traté de concentrarme en pensar cómo podía transformar toda esa generosa necesidad de ayudarla en algo que realmente fuera beneficioso para ella, y recordé que hace años leí en algún sitio una idea que me marcó mucho, y que he tratado de aplicar cada vez más, aunque con frecuencia lo olvido: No puedes llenar la taza de otro de una taza vacía.

Significa, en su nivel más básico, que no puedes amar de buen modo a otros si no te amas a ti mismo primero, y que no puedes cuidar de otros si no cuidas primero de ti mismo. En ese sentido, si tengo alguna esperanza y el deseo ferviente de ayudarle del mejor modo, mantener mi bienestar mientras le ayudo debe ser mi prioridad. 

Tiene sentido, aunque suene contradictorio. Estar tan intranquila que no puedo trabajar no me permitirá ayudarle si necesita ayuda financiera, estar tan afectada que caiga en una depresión no me hará posible ayudarle a salir a ella de una crisis emocional. Es la razón por la que los bomberos y rescatistas deben mantener la calma.

Ahora entiendo por qué no se supone que los médicos atiendan a sus familiares, mantener la distancia que nos permita actuar con la cabeza fría es una labor titánica, pero en definitiva la más indispensable a la hora de asistir a alguien.



Así que mi nuevo propósito es respirar hondo y hacerme un mantra que me recuerde que cada quien debe llevar sus cargas. Debo estar en paz con el limitado alcance de la ayuda que estoy en capacidad de proveer, porque no es mi deber resolver su situación, ni física ni emocional, y no debo sentirme culpable si no estoy en capacidad de hacerlo.

Es increíblemente doloroso ver a alguien que queremos caminar por sobre los carbones encendidos, y es fácil tratar de evitarles ese dolor, pero yo recuerdo lo que se siente andar sobre el fuego, y aunque en ocasiones llegué a creer que me moriría, la prueba era inevitable porque cada situación que enfrentamos en la vida es una a la que nos llevaron todas nuestras decisiones, buenas o malas, y había lecciones importantes que debía aprender con ello, haber atravesado el fuego me hizo quien soy ahora y me ha dado una vida mejor, y ahora creo que quizás lo mejor que podemos hacer por alguien que queremos es no apersonarnos de sus problemas y su crecimiento personal, delegarles a ellos esa función y no tratar de evitarles una experiencia que aunque sea terrible, puede ser lo mejor que les haya pasado.


martes, 6 de marzo de 2018

Al fin leí: Great Expectations de Charles Dickens


A la fecha, Charles Dickens continúa siendo uno de los más representativos y notables escritores en la historia del habla inglesa. Increíblemente prolífico, y y con un sentido humano sorprendente para su época, fue capaz de representar su época de modo fiel y sin embargo convertir su trabajo en obras clásicas que son relevantes a pesar de la época en la que alguien tome la decisión de tenerle entre las manos.

En Grandes Esperanzas (siempre pensé que una mejor traducción sería Grandes Aspiraciones), Dickens retrata de modo fascinante las inquietudes, incomodidades e inconformidades de la infancia a las que no somos capaces de ponerles nombre, y la forma cómo nos moldean en nuestra juventud y adultez. A lo largo de la obra, el autor nos presenta un personaje principal afectado por las vicisitudes de su contexto, con un realismo doloroso plasma las ansias de grandeza que le llevan a rebajarse en las expresiones menos halagadoras de su personalidad, un personaje capaz de sentir rechazo y hasta repulsión por aquellos que le aman más por considerarles inferiores e inmerecederos de su conmiseración, pero también un personaje con una sorprendente capacidad de ser generoso y noble en los momentos más inesperados, y uno que vemos transformarse de a poco cuando la vida le enseña, tal y como a cada uno de nosotros, que hay cosas mucho más importantes que la apariencia y las riquezas.


Es esta capacidad del personaje de encarnar por momentos actitudes profundamente reprochables pero al mismo tiempo unas ansias con las que nos podemos identificar, lo que convierte el libro en un clásico, demostrando que el contexto es menos relevante, que la naturaleza del hombre es siempre la misma, y que más de un siglo después podemos cometer los mismos errores que cometían nuestros antepasados, haciendo entonces de la historia de Pip, una historia admonitoria acerca de lo cerca que podemos estar todos de perdernos en la persecución de un destello brillante cuando la vida y todo lo que necesitamos para vivirla está ya al alcance de nuestras manos.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Entre los sueños y la felicidad.


 En una interesante coincidencia, no conozco ninguna madre adolescente. La única de mis amigas que tiene un bebé, lo tuvo a los 25 años, las demás nos estamos quedando.

Así que siempre pensé en el fenómeno como algo muy removido de mi realidad y de los círculos en los que me muevo. Como una tragedia que arruina la vida de las mujeres, y trunca sus sueños y su vida para siempre.

Fue un poco un shock para mí la vez que hace más o menos cuatro años conocí una chica de menos de 20 que me dijo que tenía una hija de 5 años.

—Oh —dije. En retrospectiva me doy vergüenza a mí misma porque sé que tuve que haber hecho cara de funeral cuando escuché eso—. Eras muy joven cuando la tuviste, entonces...

—Sí, pero no es lo que piensas —se apresuró a decir ella—. No me embaracé por accidente. Mi novio y yo decidimos tener un bebé.







What.







No me acuerdo de qué cara hice pero estoy segura de que tuvo que ser una de estupefacción impresionante. Viendo la maternidad temprana como una tragedia de tal calibre, me era imposible entender que alguien pudiera someterse a aquello de modo voluntario.

Y sin embargo así parecía.



Cuando pregunté (incapaz de controlar mi curiosidad) por qué, me respondió que siempre había querido tener un hijo y que le parecía que tenía sentido dedicarse de lleno a cuidar a su bebé cuando ella misma era muy joven para dedicarse a muchas otras cosas, y que le alegraba poder enfocarse en sus estudios superiores y su crecimiento profesional ahora que su hija era mayor y no dependía tan enteramente de ella, que no quería esperar a haber realizado todos sus sueños antes de poder tener un hijo porque temía que el momento podría no llegar nunca, y que prefería compartir todos sus éxitos con una hija que cada vez sería mayor y más capaz de apreciarlos y disfrutarlos con ella.

Estoy segura de que mi cara de incomprensión no cambió mucho con esa declaración. 

Un rato después le pregunté quién cuidaba a su hija. Estábamos en una fiesta y ella estaba con su novio, el papá de la criatura.

—No, no tenemos que irnos, es que ahora mismo no podemos tener a la niña con nosotros por nuestros horarios de trabajo y universidad, entonces vive con mis papás.

Había algo en la forma en la que lo dijo que me hizo entender que a diferencia de haber sido madre a los 15 años, esto era algo que resentía profundamente, algo que no encajaba dentro de la forma como había planeado las cosas cuando pensó que estaba tomando la decisión adecuada.

Me avergüenza decir que en el momento, verla contrariada de ese modo me hizo sentir un poco de engreída satisfacción; por supuesto, una idea que contrariaba todo lo que yo creía debía ser una idea equivocada.



Han pasado ya varios años y tengo la bendición de haber aprendido al fin durante ellos que no hay un sólo camino correcto, y haber aprendido a sacar a mi ego a patadas para darle un poco más de espacio a la empatía y la compasión.

Nunca volví a ver a esa chica, la conversación la tuve en una fiesta a la que me llevó un tipo en la que se convirtió en la peor cita que he tenido en mi vida, así que por supuesto no volví a frecuentar a nadie que conocí en esa ocasión, pero durante todo este tiempo he pensado con variable frecuencia en esa conversación. Creo que no decidió tener un bebé, pero era demasiado pudorosa u orgullosa para admitirlo delante de una imprudente desconocida. O quizás realmente se decía aquello a sí misma para llevar mejor una realidad que no podía cambiar.


En los últimos meses, he estado obsesionada por trazarme un camino que sea claro y se dirija a una meta concreta, tener una vida con un propósito tangible de alcanzar cosas que quiero, que siento que me hacen falta para sentirme completa. Eso ha hecho que piense en esa conversación casi todos los días. Me pregunto, ultimadamente, qué sentido tiene tratar de definir la vida en términos deéxito, si se puede ser feliz cuando la vida se sale de los rieles. Quizás la única y verdadera medida para el éxito es la felicidad, y si la felicidad es una decisión como muchos dicen, entonces eso significa que está al alcance de la mano de todos, independientemente de las carencias.


Es una idea demasiado compleja para mí, porque no sé si quiero ser feliz en medio de la necesidad, no sé en qué momento eso se convierte en darse por vencido y acomodarse en la mediocridad. Quisiera pensar que la ambición e inconformidad son rasgos positivos, pero no sé en qué momento se convierten en una búsqueda por una felicidad que se vuelve abstracta e inalcanzable.

Supongo que como con todo en la vida, la felicidad debe encontrarse en el punto medio. Quizás de lo que se trata es de descubrir cómo luce el punto medio para cada uno. Decidir con qué cosas se puede vivir y ser feliz hasta el final de las consecuencias, y qué cosas no son negociables, y luchar por ellas hasta el fin de nuestras capacidades, y esperar lo mejor.

Siempre, siempre, esperar lo mejor.


jueves, 22 de febrero de 2018

La caja de comfort


Este domingo hice una de las cosas más atrevidas que he hecho en mi vida: me corté el cabello yo misma.

He hecho todo un rollo de ello, publicaciones en Twitter, le dije a todo el mundo, un evento total, y puede que eso les dé una idea equivocada, pero no se confundan: sé lo bobo que suena, porque ES CABELLO de lo que estamos hablando. Y el cabello crece de nuevo, y la mayoría de la gente normal no hace sino usarlo como un medio inofensivo para experimentar y explorar nuevas facetas de sí misma; se corta, se rapa, se tiñe, se trenza, es rasta, el cabello debe ser quizás la forma de auto expresión más sencilla y poco comprometedora que hay...

El tema es que yo no soy así, para mí es una pequeña gran victoria. Por un tiempo he tenido la sospecha de que debo tener algún tipo de desorden de ansiedad, y como consecuencia de eso o de lo que sea que me pase, soy la persona menos aventurera que conozco.

Mi nivel de ansiedad acerca del resultado incontrolable de las decisiones que tome es tal, que sólo tomo con relativa tranquilidad decisiones cuyos resultados puedo predecir como positivos, y la idea de tomar una decisión cuyo resultado es impredecible puede hacerme dejar de dormir por semanas enteras. Mi vida entera es lo que sucede sobre un lienzo de terror callado, mis decisiones enmarcadas siempre por ese sexto sentido que en mi caso no es la intuición sino un sentido de auto preservación híper desarrollado, cancerígeno.



Es extraño entenderme a mí misma, viviendo en una sociedad que define la juventud y la felicidad como la libertad y la capacidad para aventurarse y salir de la zona de confort, vivir al límite. No sé en qué me convierte eso, a mí que soy vocal en mi incomprensión de por qué alguien se sometería voluntariamente a cualquier tipo de incomodidad o incertidumbre, mientras veo a la gente a mi alrededor transformarse y reinventarse día a día a través de decisiones arriesgadas, irresponsables, impredecibles, educativas, incomparables.

—La idea de salir de la zona de comfort es muy extraña para mí —le confesé a mi amiga esta semana, después de que me dijera que se quiere ir a Asia a trabajar un año porque quiere conocer el mundo, y después de que esa idea pusiera en mi mente una lista de las mil y un formas en las que eso podía salir mal y su familia y los que la queremos podemos no volver a verla nunca—. Entiendo lo que hay del otro lado, todo el aprendizaje y la riqueza, y lo que quieres conseguir, pero para mí tan sólo la recompensa no vale todo el descomfort.

Ella asintió despreocupadamente, concediendo que cada cual encuentra la felicidad a su manera y no le dio más importancia al asunto.

Como a cada cosa, yo sí.

Estuve pensando en eso por bastante más tiempo del que alguien se pueda imaginar, y como siempre decidí que mi felicidad y la forma como vivo mi vida no tiene por qué parecerse a la que nadie o la sociedad quiera ponerme encima, pero ese argumento sólo sirve si de verdad estoy feliz con como llevo mi vida en cada pequeña forma, ¿lo estoy?

Quizás no tanto, es fácil decir que estoy cómoda dentro de mi zona de comfort, pero cuando me puse a pensar en ello a consciencia tuve que admitir que más que una zona de confort, por momentos me siento encerrada en una pequeña caja, que es incómoda, pero en la que me siento segura, y dentro de la cual sólo puedo imaginar lo que hay afuera, y confortarme con la idea de que debe ser peor que la tibia y acogedora caja. Pero ¿y si afuera está la vida que quiero?


—Eres extremadamente racional —me dijo mi terapeuta hace unas semanas, y aún no salgo de la sorpresa de que lo dijera como si fuera algo malo—. El problema con eso es que puede que llegues a negarte las cosas que más quieres sólo por evitar riesgos que a la larga pueden valer la pena.

Era una pregunta demasiado complicada para un domingo por la mañana y a pesar de admitir que quizás necesito dejar ir mi obsesión con el control, no creo que esté lista para echar mi vida por la borda y lanzarme a la aventura, no creo que salir de la zona de confort motivada únicamente por el terror a vivir en estancamiento sea una mejor mentalidad que vivir en la zona de comfort motivada por el temor al cambio.

Pensé entonces en todas las pequeñas formas en las que mi temor a la incertidumbre agobiaba mi vida aunque el peligro estuviera sólo en mi mente.

Me di cuenta de que estaba notoriamente infeliz respecto a mi cabello.

El cabello vino a colación porque hace días había tenido varias conversaciones con diferentes personas acerca del hecho de que mi cabello estaba siempre atado o recogido en un tomate sobre mi cabeza. No me gusta la forma como se ve naturalmente, pero había crecido a un punto en el que me era imposible mantenerlo como me gusta todos los días, y la idea de gastar dinero en ir a la peluquería me ha molestado terriblemente por años, así que en lugar de hacer algo al respecto, por meses había estado estancada en una siempre presente inconformidad respecto a mi apariencia física, ya saben, tal y como haría cualquier persona normal.

¿De dónde había salido tal grado de alarma frente a algo tan elemental? No tuve que pensarlo mucho. La realidad es que hubo un momento de mi vida en el que el cabello era un big deal, porque ir a la peluquería desde un principio o para que me arreglaran un desastre si me lo cortaba yo misma, era quedarme sin plata para la comida por una semana, así que mi mejor opción era dejarlo crecer sin control sin forma ni estética y sólo amarrarlo y esconderlo y soportarlo con todo el estoicismo del que fuera capaz.

Pero en algún momento esta decisión razonable de resignarme a algo que estaba fuera de mi control, se convirtió en una ansiedad irracional respecto a algo que estaba completamente en mis manos.

El miedo es algo a lo que no se le puede dar pie, porque se aferra y después es difícil de desterrar. Una sola experiencia traumática basta para formar una idea que requiere muchas experiencias positivas para ser borrada. Temo que mi caja de comfort está construida con angustias y precauciones que en algún momento tuvieron sentido pero que ahora han mutado en versiones monstruosas de sí mismas, alejadas de la realidad que vivo ahora. Quiero que el 2018 sea el año en el que desande muchos de esos pasos, en el que me enseñe a mí misma a no dejar que el miedo sea la respuesta automática, a descubrir mi intuición, y dejar de vivir dominada por el absurdo sentido de supervivencia hiper desarrollado e innecesario. 

Es un camino largo, y difícil, porque se siente como ir en contra de todo lo que es natural en mí, así que el domingo decidí comenzar con algo pequeño.

Me di cuenta de que en este momento de mi vida, pagar por cambiar mi apariencia no significa dejar de comer una semana, así que bien podía divertirme cambiando mi apariencia, bien podía incluso cortarme el cabello yo misma, algo que siempre me había generado curiosidad, porque en el peor de los casos no sería una tragedia irreparable con la que tendría que vivir, no iba a ser el fin del mundo.
No fue el fin del mundo.



Estoy empezando a pensar que quizás este va a ser el año de aprender que ni siquiera lo más doloroso, es el fin del mundo.


martes, 23 de enero de 2018

¿Debes dejar a tu pareja por tu perro?



 Soy de la opinión de que la respuesta es siempre: SÍ.

Ahora, antes de que me salten al cuello por ser una loca de los animales, déjenme que les aclare que no soy vegetariana, vegana ni nada que se le parezca, que mato a todo insecto y animal extraño que se adentra en mi casa sin remordimiento alguno, que siempre he querido una serpiente de mascota pero no dudaré en decapitarla con un cuchillo de cocina si está a punto de devorar a alguno de mis hijos, y que si surgiera un virus zombie que se transmite con la saliva de las mascotas, sería la primera en mandar a eutanazear a mi amada gata.

Sin embargo, también estoy en contra de cualquier noción de que los animales sean sólo seres inferiores y por lo tanto desechables, incapaces de emociones complejas y por ende no merecedores de compasión y trato ético, pienso que son seres especiales, que otorgan a nuestras vidas dimensiones nuevas que ninguna otra cosa puede darnos, y que como tal, es natural que al ocupar un espacio en nuestros hogares, no sean una pieza más de mobiliario, sino un integrante más de la familia.

Es siempre una situación compleja y dolorosa, entonces, cuando nos encontramos en la penosa decisión de elegir entre compartir nuestro hogar entre un peludo (o escamoso, o cualquier denominación que aplique al animal de compañía), y compartirlo con otra persona, y es casi seguro que ninguna solución nos dejará nunca satisfechos del todo. ¿Por qué, entonces, creo que debe quedarse con su mascota?

Hay dos escenarios en los que se puede ver enfrentado a esta decisión. O bien el animal vino primero, o bien la pareja. Opino que en los dos casos la respuesta es la misma, pero por razones distintas, me explico:


Puede que los perros o gatos no sean seres humanos y nunca serán un hijo, pero en todo lo que les compete, la responsabilidad es la misma; usted les provee alimento y hogar, cuida de su salud (aveces en contra de su voluntad), y es responsable por sus acciones, es apenas natural que tal responsabilidad se convierta en un amor muy parecido al que sienten los padres por sus hijos, y cualquier persona que le ame, debe ser capaz de comprender el importante lugar que un amigo peludo tiene en nuestra vida, y lo doloroso que debe ser para usted separarse de un compañero que esperaba tener por mucho más tiempo. Incluso si no puede comprender esto, una persona que le ame debe lograr empatizar lo suficiente como para abordar el tema de una forma en la que usted se sienta lo menos herida posible, tratar de encontrar un punto medio en el que el animal no tenga que abandonar su hogar, o en su defecto comprometerse con la causa de encontrarle un hogar en el que no le hará falta su amor, si definitivamente no puede vivir con el peludo por cualquier motivo. 

Si usted se siente tan angustiado e intranquilo ante la idea de dejar a su mascota, que está considerando dejar a su pareja, su pareja probablemente ha fallado seriamente en respetar sus emociones y su sentido de responsabilidad, y esta puede ser una señal de problemas más serios más adelante. Si no logran ponerse de acuerdo de un modo constructivo respecto al destino de un animal, trate de pensar lo desgarrador que puede ser un malentendido concerniente a un hijo, o una propiedad o inversión común. Quizás este traspiés no sea sino una señal que pueda evitarle atarse a alguien con quien el futuro no es prometedor.

El otro escenario es aquel en el que usted decide adoptar o comprar una mascota ya estando en una relación seria con otra persona, y por más que lo intenta, no logran ponerse de acuerdo al destino del animal, así que la decisión a tomar es la misma: el animal o la pareja. En este caso la respuesta es la misma, pero la razón es bastante distinta. En esta situación, es usted quien impone al otro en una situación con la que no puede vivir tranquilamente, premeditadamente yendo en contra de la voluntad de su pareja con la que tiene una relación estable. Es sencillo, realmente, si usted amase de verdad a su pareja nunca pensaría en incomodarle en su propio hogar de tal modo, y de hacerlo, sería fácil decidir simplemente revertir el procedimiento, y encontrarle al animal un mejor hogar donde reciba amor de todos los miembros de la familia. Pero si su encaprichamiento por un animal al que aún no ha tenido tiempo de conocer realmente y amar, le hace dudar de su relación que no es casual, entonces la dolorosa verdad es que usted simplemente no ama lo suficiente a su pareja, así que hágales un favor a los dos y ábrale la puerta a su pareja para que tenga la oportunidad de encontrar una relación que le satisfaga más y donde sea más apreciado mientras usted se acurruca con fido en el sofá.

Así que esas son las dos situaciones, y aunque el animal siempre gane no significa que quiera predicar alguna noción de que los animales valen más que las personas o algo así; por el contrario, lo fundamental son las emociones y el bienestad de las personas, y una incongruencia como esta, que no se soluciona con compromiso sino que escala hasta este punto, es indicación clara de que la relación no está en una buena situación y que lo mejor para ambas partes puede ser que decidan irse cada uno por su camino.

Lo bueno, es que en cualquier caso, siempre es más fácil superar una ruptura con un animalito que nos despierte en la madrugada con una nariz húmeda y fría en el cuello.



martes, 16 de enero de 2018

Carta a mí misma hace un año



Querida Rox,

El 2016 fue el año más extraño de tu vida, el año en el que decidiste ser valiente y darle un giro de 180° a tu vida, así que ahora empiezas el 2017 con la certeza optimista de que los más grandes desafíos los has dejado atrás. Este año finalmente empezarás a vivir con el amor de tu vida y dejarán de ser dos para conformar una pequeña familia. Tus finanzas se estabilizarán, producto del orden, el trabajo duro y la experiencia que has acumulado, y tu relación con todos aquellos que te rodean sólo puede ser mejor y mejor.

Te escribo esta carta para que estés preparada, porque las cosas no van a ser así.

Sé que piensas que ya sabes del hombre que amas todo lo necesario, que han pasado tanto tiempo ininterrumpido juntos, amanecido juntos tantas veces, que nada podrá sorprenderte cuando tengan la ropa en el mismo closet. Pero aunque te duela, te tocará admitir que todos tienen la razón cuando te dicen que no hay punto de comparación. Quisiera no tener que decírtelo, pero en este año, su relación atravesará los más difíciles momentos, y te verás enfrentada a desafíos que ahora no puedes ni siquiera imaginar. Este año vas a hacerle daño, y él va a hacértelo a ti. Algunas noches te quedarás despierta en la oscuridad con temor a lo que pueda decirte, a la forma en la que pueda hablarte, y otras noches, lo que te mantendrá despierta será que no podrás creer las cosas que le has dicho. Al final vas a estar tan agotada que te vas a preguntar seriamente si todo aquello vale la pena. Estoy aquí para decirte que sí, que no arrojes todo por la borda, que vale cada segundo de frustración y confusión. Cuando este año se haya terminado, vas a saber más de comprensión, paciencia y compasión de lo que has sabido nunca. Cuando este año termine vas darte cuenta de que estabas equivocada cuando creías que sabías lo que era amar a alguien incondicionalmente, amarle en las buenas, y en las malas. Cuando este año termine, te vas a sentir amada como nunca nadie te ha amado, y vas a darte cuenta de que estás más enamorada de lo que nunca has estado, como una chiquilla.

Tus finanzas también van a ser un desastre. Sé que tienes los cálculos hechos, y que en papel todo se ve perfecto, pero este año las cosas se van a salir de control. Vas a dejar de trabajar por meses porque tu salud no va a permitirlo, y tus males van a causar gastos y más gastos que llegan más rápido de lo que llega el dinero. Las cosas van a ser duras, y vas a pasar malos ratos, pero lo crucial es que te vas a dar cuenta de que todo tu esfuerzo y trabajo ha rendido fruto. Has construido una buena vida, y has aprendido a ser paciente y agradecida; no perderás la cabeza cuando las cosas estén en su peor punto. Lo más importante, es que te darás cuenta de lo afortunada que eres, rodeada de gente dispuesta a darte la mano desinteresadamente en tus momentos de mayor necesidad.

Este año vas a tener un recordatorio de que las personas somos imposiblemente complicadas. Cuando finalmente creas que has puesto orden a todas las relaciones de tu vida, y echado a un lado todo lo malo, te encontrarás sorprendida por ser lastimada profundamente por alguien en quien confiabas. Sentirás frustración y cansancio, y tú también le harás mucho daño a algunas personas, aprenderás que nuestra infinita complejidad y variedad de modos de ver la vida y el mundo nos dota a todos con la capacidad de hacerle daño a otros incluso a través de la más generosa de nuestras intenciones. Este año aprenderás que hay gente que no tiene remedio, pero también que con la mayoría, no es tan fácil como elegir a quienes sacar de tu vida y perdonarle todo a todos los que se queden, todos tenemos partes muy oscuras adentro, y aprenderás a tomar lo mejor de la gente, y a blindarte aunque sea un poco de su lado difícil.

Por último, y más grande, pero relacionado a todo lo demás, este año vas a conocer el dolor más profundo y cruel que alguna vez hayas experimentado. Vas a darte cuenta de que tu cuerpo es un extraño, y vas a temerle porque parece tornarse en tu contra una y otra vez, y ya no confiarás más en él, pero aprenderás finalmente que si quieres que te respalde debes hacerle tu amigo, y tratarle con amor y respeto. Vas a llorar mucho menos que en tantas otras ocasiones por cosas que ahora ves no eran tan trágicas, pero ésta vez tu corazón va a romperse de un modo que quizás nunca pueda repararse del todo, vas a conocer una oscuridad tan profunda y callada que a veces será imposible sacarla a la superficie así que seguirás con tu vida como si nada pasara aunque estés tiesa por dentro. Vas a perder algo preciado que no sabrás que querías hasta que sea demasiado tarde, una parte esencial de ti, vas y vas a tener que re imaginar toda tu persona alrededor de ello. Pero todo esto pasará y seguirás viva, y te darás cuenta con un tímido orgullo de que eres más fuerte de lo que pensabas, porque el dolor más desgarrador no pudo acabar con tus huesos, en su lugar vas a usarlo para aprender, de ti misma y del mundo; para mirar en tu interior y a tu vida, y darte cuenta de qué es lo que quieres realmente, y por qué vale la pena luchar, que no honrabas tus prioridades, que debes ser más compasiva contigo misma y otros, y que puedes ser mucho, mucho mejor. Este dolor va a templarte como el fuego, y vas a salir del otro lado más fuerte, más serena, y con un rumbo renovado.

En corto, este año va a aplastarte como un tren a toda marcha, y no hay nada que puedas hacer para evitarlo,  en su lugar, sé fuerte, terca, paciente y sabia como serás, y date cuenta de que quizás todo lo que se avecina en tu horizonte no son sino pruebas sin las que no podrás convertirte en la mejor versión de ti misma, la única versión capaz de alcanzar la vida de tus sueños.


Atentamente y con todo el amor,

Rox en Enero del 2018.

viernes, 12 de enero de 2018

¿12 de Enero y ya fallaste tus propósitos de año nuevo? Aprende el secreto para cumplir tus metas.



Hora de confesión: nunca cumplo mis propósitos de año nuevo. Soy terrible para ello, y después de mucho pensarlo, y viendo lo disciplinada que puedo ser para otras cosas, he llegado a la conclusión de que puede que el problema no esté en mí y mi falta de disciplina, sino en los propósitos que me estoy haciendo. Y quizás ese sea el problema de todos los que año tras año hacemos los mismos propósitos sólo para ver pasar 365 días y darnos cuenta de que una vez más no los pudimos cumplir.

Después de mucha incómoda introspección, tuve que admitir que quizás el asunto era tan simple como que realmente no tenía ganas de cumplir mis propósitos. Que muchos de ellos eran ideas abstractas y romantizadas, sueños acerca de una versión ideal de mí misma, pero tan removidos de quien soy en este momento que simplemente no encontraba la motivación suficiente para llevar día a día a cabo el trabajo que haría que hubiera alcanzado la meta a fin de año. Era fácil pensar que a fin de año iba  estar súper hot, después de todo, 365 días parece todo el tiempo del mundo para cumplir un propósito, pero se veía mucho más inalcanzable cuando pensaba en no comer nada de comida chatarra en toda esta semana, en hacer ejercicio al menos 4 veces esta semana.

Es un golpe al ego admitir la falta de compromiso pero la verdad es que si no podía convencerme a mí misma de hacerlo esta semana, muy probablemente tampoco la siguiente, ni la siguiente, y antes de darme cuenta miraría a un nuevo año con el descubrimiento de haber fallado una vez más.

La pregunta entonces es, ¿por qué estoy aferrada a sueños que no quiero cumplir? Para responder tuve que hacer un poco más de introspección, y destapar unos cuantos caños desagradables. Me di cuenta de que algunas de las cosas que creía querer, no eran sino expectativas de otras personas, cosas que quería hacer únicamente para complacerles o enorgullecerles, aunque no tuvieran cabida en mi vida. También, había otras que sólo quería alcanzar porque pensaba que iban a ser la solución mágica que me iba a evitar doloroso y lento trabajo en mejorar aspectos de mí misma que cojean penosamente: era mucho más fácil ser hot de repente, que trabajar en mejorar mi autoestima de formas más saludables y menos superficiales; el problema, claro, es que nunca iba a ser sexy de repente, así que me había atrapado a mí misma en un círculo vicioso de fracaso, frustración y estancamiento personal.

También había otros propósitos que no estaba cumpliendo, aunque no encajaban en ninguna de las dos deprimentes categorías anteriores. Cosas que realmente quiero hacer, que me enriquecen y me hacen feliz cuando las hago, pero que de alguna forma no lograba convertir en un hábito productivo, y después de preguntarme seriamente cuál era el problema descubrí que incluso estos sueños de verdad los estaba enfocando de un modo equivocado, convenciéndome de que era capaz de alcanzar metas grandes sólo porque realmente quiero hacerlo, sin tomar en cuenta que nunca me he concentrado en crear los hábitos, sin tomar en cuenta que una meta enorme se traduce en una cantidad de trabajo diario para la que aún no estoy preparada, ni siquiera con toda la motivación del mundo. Era como pretender pasar de una incapacidad completa a ejercitarse al nivel de un atleta profesional, de un día para otro. De nuevo atrapada en un círculo vicioso, las metas tan exigentes no sólo eran imposibles de alcanzar sino que además, si acaso lograba mantener el ritmo por unos cuantos días o un par de semanas, el burnout era inminente, y al tener en cuenta el tiempo que necesitaba para recuperarme, al final el trabajo intenso no valía mucho la pena porque la cantidad y calidad del progreso eran mediocres, en promedio.
En fin, es definitivo que hasta ahora he sido un fracaso total no cuando se trata de cumplir mis propósitos de fin de año, sino desde el momento de crearlos, ¿qué hacer entonces? El 2018 tiene que ser diferente.

Bueno, lo que hice, y lo que recomendaría a cualquiera en mi situación es un trabajo de varios pasos.
  1.  Fui honesta conmigo misma. Y no hay otra forma de decirlo, esta parte no es agradable, y si no duele lo más probable es que no estés haciéndolo bien. Pero vale la pena. Así que siéntate y examina a consciencia tus metas de año nuevo. Date cuenta de cuales son cosas que pretendes hacer sólo por complacer a otras personas, y que no aportarán satisfacción a tu vida, incluso aunque sean buenas. También, mira cuáles son sólo parches con los que pretendes tapar partes de ti con las que no te sientes cómodo.
  2. Dejé ir. Dale la espalda a aquellos propósitos que tienen mucho más que ver con los sueños frustrados de otros que con cualquier cosas que quieras para tu vida; lo duro es ser honesto, pero hecho eso, olvidar estas metas se sentirá como quitarse un enorme peso de encima. Dale también la espalda a las soluciones mágicas, no valen la pena porque ni siquiera puedes cumplirlas, quizás incluso trabajar en ti mismo resulte más sencillo que cualquier cosa con la que pretendías evitarlo.
  3. Hice nuevos propósitos, desde lo pequeño. Encuentra otras formas, unas más sanas y que sí puedas implementar para mejorarte a ti mismo. Encuentra una forma de ser creativo para conectarte con la gente, en vez de querer alcanzar la fama; haz trabajo que haga feliz a otros para conseguir el dinero que necesitas, en vez de querer hacerte rico este año; ejercítate un poco para sentirte más fuerte y mejorar tu autoestima, en vez de querer bajar un específico número de kilos en un año. Al hacer tus nuevos propósitos,  no pienses en la meta que quieres haber conseguido al final del año, piensa en cuánto estás dispuesto a hacer esta semana, y multiplícalo por 50 semanas, esa es tu meta; no te descorazones si se ve pequeña, el progreso pequeño pero sostenible te llenará de motivación, y siempre dará más resultados que luchar contra la falta de motivación que genera una meta inalcanzable y el inminente burnout.
Hasta ahora, el nuevo sistema me está funcionando, casi dos semanas del 2018 y he hecho prácticamente todo lo que me he propuesto y un poco más, incluso con imprevistos y tiempo perdido, y aunque no puedo asegurar que vaya a resolver los problemas de todos los que no logren cumplir sus metas, puede que de algo que pensar a cualquiera que esté en la misma situación.


Y a lo mejor, si dejamos de correr en círculos persiguiendo cosas que no queremos, no nos edifican y no nos acercan a la vida que queremos tener, el 2019 nos encuentre en un lugar totalmente inesperado, pero mucho mejor de lo que pudimos haber imaginado.

jueves, 4 de enero de 2018

Al fin leí: On writing, de Stephen King

Puntuación: 5/5

Hace un par de días finalmente terminé de leer este tomo que me había recomendado un amigo. Me tomó un buen tiempo, ya que elegí leerlo en formato digital, reservando para él únicamente el tiempo que me tomara el viaje de ida y regreso del trabajo todos los días. Siendo un viaje de no más de 15 minutos en cada trayecto, no era un progreso veloz. A eso se sumó más de una semana de hiatus digital por haber perdido mi móvil mientras lograba conseguir uno nuevo.

Al fin, aquí estamos.

Mientras escribo debe ser por supuesto el único libro de King que no le hace a uno poner los pelos de punta en algún momento, y sin embargo, no deja de tener esa capacidad impresionante para atrapar al lector y dejarlo enganchado de principio a fin, como en todas sus obras, King demuestra una capacidad atemorizante para dominar a su audiencia y cautivarla de modo que en cada ocasión, cuesta dejar el libro a un lado.

El libro está dividido en dos partes, y hablaré primero de la segunda porque la otra me parece mucho más interesante, y me da mucho más de qué hablar.

La segunda parte del libro, es una guía práctica del uso de las herramientas que todo escritor debe emplear: el vocabulario, la gramática, el tiempo. King nos regala su concisa pero poderosa opinión al respecto de la mejor forma de emplearlas para enriquecer y mejorar nuestro trabajo.

La primera mitad del libro, y que me parece de hecho la más educativa, es una pieza autobiográfica, lo que puede parecer innecesario o ególatra en un tomo que se supone es una guía para escritores aspirantes, pero King lo hace por una razón sencilla, compartiendo con la audiencia una opinión poco popular y dura: no hay forma de hacer un escritor, no hay forma de crear talento donde no lo hay de forma innata. Así que él se evita el tedio de intentar explicarnos cómo pasar de ser un no escritor, a un escritor, y simplemente nos permite examinar a nosotros mismos la forma como ha llevado su vida, y la forma en la que se convirtió en el escritor que es hoy en día, con la idea de que si hay algo que podamos aprender de él en ese sentido, lo encontremos por nosotros mismos.

La idea de que hay dos tipos de personas, escritores, y no escritores, y que ninguno podrá ser el otro nunca, es bastante difícil de tragar para la mayoría de nosotros que a pesar de cualquier halago no logramos vencer el síndrome del impostor. Me llama sobre todo la atención que tenga esa idea ya que su pieza auto biográfica es un ejemplo bastante educativo de qué tipo de cosas pueden afectar una mente joven de un modo que le haga afín a este trabajo, y cómo a través de la disciplina alguien puede tomar una inclinación temprana convertirla en una carrera como la suya.

King creció con su madre, y hay pocas de las ocasiones en las que le menciona, en las que no sea evidente que ella vio en él lo que podía ser, o quizás que ella hizo de él, lo que es hoy en día. Después de todo, fue ella quien le hizo darse cuenta de que no debía bastarle con leer el trabajo de otras personas, que podía escribir sus propias historias, y fue ella quien envió a toda la familia copias de la primera historia que escribió, apenas un poco después. Sólo podemos imaginarnos lo terrible que aquella historia debía ser, pero también, sin duda, la forma como su madre le alentó debió haber causado un impacto en él que tendría consecuencias exponenciales. Yo creo que los niños son capaces de percibir el desdén y la gracia que despierta en los adultos cualquiera de sus esfuerzos, incluso aunque esto suele venir del amor y la ternura que inspiran, y no puedo dejar de pensar que el momento definitivo que hace de King un escritor es el momento en el que su madre no pega su trabajo en el refrigerador y cuenta la anécdota graciosa a las visitas, ni lo usa para presumir, sino que realmente se toma en serio el trabajo de su pequeño hijo y decide tratarlo como lo que sería mucho después, un escritor de verdad.

Esta idea debió imprimirse en la mente de King, y es la causa de la siguiente gran lección de esta parte de su libro, y es que el trabajo debe tomarse en serio.

King escribía. Todo el tiempo. Escribió historietas cuando era un niño pequeño, y luego escribió para la gaceta que su hermano mayor creó, y para el periódico de su escuela. Escribió cuentos basados en películas de matineé para venderlos a sus compañeros. Escribió cuentos cortos que presentó a revistas, y escribió novelas cortas que presentó a publicaciones más grandes. Escribió poemas en la universidad, y escribió mientras daba clases a chicos de secundaria. King escribió Carrie, que le lanzaría a la fama, mientras trabajaba en una lavandería para poder mantener a su esposa e hijos, a duras penas. Escribió profusa, desesperadamente, incluso a través de un alcoholismo tan potente que no le permite recordar haber escrito ni la mitad de algunas de sus obras más famosas.
Más recientemente, y una vez las finanzas dejaron de ser un problema (gracias a su trabajo como escritor, en un hermoso círculo virtuoso), Stephen King escribe todos los días de su vida, desde que se levanta hasta que alcanza cierta meta de palabras, sin importar vacaciones, fechas especiales, ni ninguna otra cosa.

Es curioso, que pueda tener la idea de que el talento es algo que se tiene o no, siendo alguien de una disciplina tan impresionante, y habiendo pulido su talento y el producto de su trabajo poco a poco, día a día, durante más de 5 décadas. Yo diría que es matemáticamente improbable que uno no sea un escritor de un talento notable cuando se tiene tal respeto y dedicación por el trabajo. En todo caso, y aunque él no comparta esa opinión, yo creo que es un consuelo para aquellos que creemos que el talento se hace, la idea de que la disciplina es la herramienta más poderosa que podemos poseer. Las cosas que se hacen en el tiempo libre son pasatiempos. Si quiere ser un escritor, escriba. Todo el tiempo.

(Y lea, King es enfático en eso. Si no tiene tiempo para leer tanto como para escribir, ni siquiera lo intente).

Por supuesto no es fácil, pero las palabras de King son inspiradoras no sólo acerca de la labor, sino que me dejaron con mucho para pensar al final. Acerca de cómo debemos elegir cómo vivir nuestra vida, y no dejar que esta suceda fuera de nuestro control. King se dedicó a su trabajo, porque tuvo a una mujer paciente que eligió hacerse cargo de su hogar para que él pudiera enfocarse en su carrera mientras también llevaba pan a la mesa, y aunque esto pueda parecer un golpe de suerte, en realidad no lo es tanto; elegimos con quién pasar nuestra vida y qué tipo de relaciones queremos tener. King es enfático en que no podría haber alcanzado todo ese éxito sin el apoyo de su mujer, y que todo su éxito debe servir a su vida personal, en lugar de exprimir su familia en favor de su trabajo. Puedo imaginar que no debía ser el mejor de los esposos cuando estaba sumido en sus adicciones, pero que incluso en su peor momento debió ser lo suficientemente bueno como para que su familia y amigos le hicieran ver de forma amorosa que debía cambiar su vida, en vez de apartarse de su lado sin una palabra. Y sin duda fue un excelente esposo y padre cuando decidió cortar de raíz con todo vicio ante la firme decisión de su familia de dejarle a un lado si no lo hacía.


En fin, en términos particulares una obra muy educativa, ejemplificante y capaz de enriquecer el trabajo de cualquiera que la lea a consciencia, y en términos generales un trabajo aún más completo e inspirador que una simple guía para escritores aspirantes.

Reinventando nuestras fiestas



Aunque mi novio y yo somos bastante compatibles en la mayoría de las cosas, una diferencia que siempre me ha incomodado es en nuestro espíritu navideño. Yo amo las fiestas, todo lo que representan, y todo lo que traen consigo: las luces y los colores, la música, los olores, el clima, y también la motivación para limar asperezas y pasar buenos momentos con la familia. Me mueve la idea de la celebración al final de un año, por todas las pequeñas victorias, y la despedida a todos los malos momentos, la bienvenida a unos nuevos 12 meses, a una oportunidad nueva para ser una mejor versión de nosotros.

J no lo comparte, y siempre me costó entender por qué. Este año, siendo el primero que pasamos ya no sólo como pareja sino como una familia, en el apartamento que es nuestro primer hogar, decidí que haría mi misión, darle unas fiestas tan felices que no tuviera objeción alguna, y no le quedara de otra sino sentirse entusiasmado por lo que se avecina cuando el 2018 empiece a llegar a Noviembre.

La misión “Desgrinchando a J” (nombre clave DJ) comenzó con tratar de entender qué había salido mal en su vida para que no se sintiera emocionado en la época más feliz del año. Resulta que hace años, su familia pasó por momentos difíciles y una temporada nada feliz al perder a varios miembros de la familia en un período corto de tiempo, muy cercano a fin de año. Apenas razonable que el espíritu se vea extinguido temporalmente, pero no era lo que le aquejaba tan agudamente tantos años después.

Lo que le molestaba era bastante más mundano, y era la admisión de que se encontraba en un momento incómodo de su vida en la que las fiestas parecían haberse convertido en una pesada carga burocrática que complacía a todos a costa de sus esfuerzos, y sin mayor contraparte de satisfacción. Los papás de J son divorciados, así que tiene dos familias, que quieren ambas pasar con él las fechas especiales, lo que se convierte rápidamente en un dolor de cabeza logístico, y un notable gasto en transporte y tiempo en momentos en los que el tráfico es una pesadilla que puede fácilmente facturar dos veces lo normal, carga que hace más pesada los deseos que tiene por alegrar con regalos a la familia que le hace tan feliz todo el año. Ama pasar tiempo con ellos en estas ocasiones, pero la obligación de compartir con familia muy extendida con la que no tiene relación alguna o tema de conversación, se junta a la desazón de saber que pasar momentos agradables con unos lo mantiene lejos de otros, y a la intensa pero inevitable carga económica de la temporada, todo hecho peor porque desde que empezamos a pasar las festividades juntos, todo lo incómodo se había multiplicado por dos, haciendo que al final de todo, el asunto entero fuera más agotador que disfrutable.

Lo irónico, es que mientras más pensaba en ello, más me daba cuenta de que yo también estaba agotada por el peso de todo aquello, y que las fiestas de los últimos dos o tres años, habían sido agotadoras y rayando en lo frustrante, y que la única razón por la que no lo veía así era porque cuando pensaba en ellas sin profundidad, glaseaba los recuerdos con nostalgia y con todos los sentimientos emocionados que tengo respecto al fin de año. Soy tan amante de la navidad y el fin de año que eso no me había dejado ver que realmente no estaba disfrutando ni lo uno ni lo otro.

La idea me pareció terrible, e increíblemente triste, ¿cómo era posible que la mayor fanática de la navidad no estuviera disfrutándola realmente y se enfilara a un año más de lo mismo? Increíble, pero cierto. Con un poco de observación, me di cuenta de que no era para nada la única, las redes sociales estaban llenas de memes y bromas referentes a cómo todos (al menos de mi generación) pasan las fiestas en sus mejores ropas sentados en el sofá de la casa pegados al celular. Y bueno, la verdad que no creo que el problema sea la tecnología; salvo casos especiales uno suele dejar el teléfono de lado cuando hay cosas más divertidas pasando alrededor, y es lo que se supone que pasara en las festividades, se supone que la pasáramos fantástico rodeados de nuestra familia y las personas que queremos, que celebráramos la compañía mutua y la llegada del nuevo año. Pero por algún motivo, no es lo que parece estar pasando.

Supongo que a cada quién le corresponde darle el significado que quieran a cualquier fecha, pero en lo que se refiere a nosotros, mi propósito cambió un poco, ya no era sólo J el que debía tener unas fiestas inolvidables, me propuse que los dos pasáramos el mejor fin de año de nuestra vida adulta (hay algo especial acerca de las navidades de la infancia que las hace insuperables, aunque quizás sea un poco más ambiciosa en este 2018), decidí que los dos nos merecíamos eso después del año tan ajetreado que tuvimos.

Así que este año en vez de tratar de complacer a todo el mundo pasando tiempo con ellos en todas las fechas, decidimos quedarnos en casa, celebrar Navidad de un modo mucho más sencillo y privado, con mi papá que fue el único de nuestros familiares que quería/podía pasar las fiestas en nuestro apartamento, y unos amigos cercanos e importantes, y aunque ser anfitriones de nuestra primera aunque pequeña cena navideña fue también bastante cansado, además de haber pasado a saludar a parte de la familia de J, la verdad fue muy especial pasar nuestra primera Navidad como una familia en nuestro hogar, con nuestra gata y amigos, el ambiente fue divertido y relajado, y al final de todo, no tuvimos que pagar un taxi absurdamente caro para irnos a dormir en nuestra cama.

Creo que vale la pena repetirlo.

Para año nuevo cedimos un poco más a lo tradicional, y pasamos parte de la noche con la mamá de J y su familia y la otra parte de la noche con mi mamá. Aún no estoy segura de qué tan bueno es el balance de esta parte, porque quizás estar mucho menos ocupada y ser una invitada no me sentó muy bien este año que tenía tantas cosas en mente, y al final estuve bastante nostálgica y emocional (no del buen modo, no del buen modo), y la noche fue bastante menos divertida de lo que hubiera podido ser de otra forma.

En todo caso, creo que el experimento fue un éxito en aprendizaje. Habernos rebelado un poco nos hizo darnos cuenta de que no hay ninguna forma en la que las cosas “tengan” que ser. Cada familia es un mundo y expresa el amor a su acomodo, y no es el fin del mundo si nosotros queremos romper con algunas tradiciones para crear las nuestras; lo más importante es que más allá de un par de quejas y momentos incómodos, nuestras familias también parecen haber entendido eso finalmente, que puede que ahora que somos una pequeña familia hagamos las cosas de un modo distinto.

No sé puntualmente qué vamos a hacer a finales de 2018, si algo me enseñó el 2017 es que no tiene caso alguno ponerme a tratar de imaginar dónde vamos a estar en la próxima vuelta al sol, pero lo que sí sé, es que aprendimos a hacer nuestro mejor esfuerzo para que estas cosas no sean una costumbre sin sentido sino algo realmente memorable. Mi invitación a todo el que lea esto, no es que se aleje de su familia durante las fiestas, en lo absoluto, sino a que reflexione acerca de cómo puede hacer que estas ocasiones sean verdaderamente significativas con ellos, bien sea una gran y tradicional reunión con toda la familia, o invitando a una celebración más íntima y acorde a lo que sea más cómodo y beneficioso para todos.


Espero que todos hayan pasado agradables fiestas, que sean de quienes esperan esta época del año con emoción y que hayan disfrutado cada momento, y al leer esto sientan que durante las fiestas estuvieron justo donde deben estar, y si no es así, que este año puedan hacer que las cosas sean mucho, mucho mejores :)