lunes, 30 de enero de 2017

Los hombre sufren opresión y el feminismo se queda corto


Me he identificado como feminista por más o menos cuatro años ya, y ha sido de todo menos un camino sencillo. Cualquiera que abogue por alguna causa que defienda,  estará de acuerdo conmigo en que una de las más difíciles barreras es convencer a otros que la causa es importante en primer lugar. ¿Por qué perder el tiempo preocupándose por los animales callejeros cuando hay niños muriendo en África? ¿Por qué ocuparse de el hambre en el mundo si hay indigentes en nuestras calles? ¿Por qué enfocarse en los indigentes, y no ocuparse de solventar la corrupción? Sin duda sucede con toda causa, principalmente porque todos tenemos prioridades diferentes, y la tendencia a creer que la que nos importa es la más importante, quizás principalmente porque nos afecta directamente, y nos cuesta creer que las injusticias que otros gritan sean tan reales como esas que nosotros sentimos en carne propia.

Hablando desde el feminismo, ni siquiera vale la pena intentar contar el número de ocasiones en las que he tenido que discutir al respecto de si es una causa que valga o no la pena, si algo se podrá cambiar con todo el trabajo de concientización, educación, intervención; y peor aún, están aquellos que se niegan a considerar que sea algo necesario, que haya algún tipo de disparidad que insinúe siquiera algún tipo de opresión. Es de eso de lo que quiero hablar hoy, tan brevemente como sea posible.

Quizás el primer argumento con el que me encuentro casi siempre que esto sucede, es que los hombres también la pasan mal, que el movimiento feminista se trata de una lucha egoísta para que las mujeres no tengan que lidiar con dificultades inherentes a la condición humana, que es un proyecto que busca ganar pleitesías del género masculino, al cuál sólo consideran como una institución a la que sacarle provecho con un discurso de superioridad digna del partido nazi, de ahí el apelativo: feminazi. Nada más alejado de la realidad. Pese a lo exhausta que estoy de discutir este punto en particular, porque siento mis neuronas morir una a una cada vez que debo hacerlo, voy a dedicar unos momentos a expresar mi más profundo rechazo por la noción: cualquier persona razonablemente interesada en una visión objetiva de los hechos podrá encontrar en la punta de sus dedos (gracias a la maravillosa herramienta que es el internet), más que suficiente evidencia para apoyar la noción de que a través de la historia, las mujeres han sido con muy contadas excepciones sujetos oprimidos a quienes se les niegan los mismos derechos que sus contrapartes masculinas, hecho que es particularmente evidente en las culturas antiguas y las primitivas, en las que en muchos casos no sólo las mujeres eran carentes de derechos, sino que eran también entendidas como piezas de propiedad privada de su figura masculina más cercana, bien fuera el padre, esposo, o hermano. Es cierto que la mayoría de nuestras sociedades han dado importantes pasos para remediar esta abismal injusticia, pero no es cierto, bajo ningún concepto, que el mundo haya alcanzado un momento de igualdad en el que las mujeres no tengan razón alguna para sentirse discriminadas. Muchas siguen siendo las sociedades, por motivos religiosos, o culturales, en las que se sigue estableciendo claras diferencias entre los derechos de un género, y del otro, causando en la mayoría de los casos, situaciones de opresión hacia el género femenino, y en el mejor de los casos, en las más avanzadas sociedades, la gran mayoría de las mujeres siguen siendo dolorosa y primordialmente conscientes de su potencial de víctimas de violencia sexual y física por parte del sexo opuesto, noción que no es compartida por la gruesa mayoría de los hombres de estas sociedades, y que habla a gritos de los roles que la sociedad comprende y replica a pesar de las leyes que tratan de ejercer cambios culturales profundos.


Dejando de lado ese argumento tan equívoco, quiero hablar de otro argumento, uno mucho más fuerte que he encontrado en pocas ocasiones, pero que me ha resultado mucho más interesante, e incluso constructivo. Y es el argumento de que el movimiento feminista no toma en cuenta las muy reales y difíciles situaciones de verdadera opresión que los hombres experimentan al rededor del mundo, únicamente a causa de su género. Quizás la primera queja es que la mayoría de estas situaciones son pasadas por alto por el ciudadano común tanto como por las organizaciones y los estados, y por el grueso del movimiento feminista, lo que es en sí otra muestra de discriminación, ya que son en muchos casos situaciones equivalentes a aquellas dificultades en contra de las que muy vocalmente luchamos todos los que nos preocupamos por la igualdad para la mujer. Ejemplos de estos atroces actos de discriminación incluyen la penalización de la negativa a sustentar económicamente un hijo producto de una infidelidad de la esposa en japón, así como la penalización de la solicitud de las pruebas de paternidad en Francia; el servicio militar obligatorio en multitud de países so pena de encarcelación; el trabajo forzado masculino no está prohibido internacionalmente, y la trata de personas sólo se comprende como un problema que afecta a mujeres y niñas, además de que multitud de países no ofrecen asilo a inmigrantes hombres; a nivel global los hombres representan la vasta mayoría de muertes por accidentes laborales, y su edad de jubilación es mayor a la de la mujer en más de 30 países, a pesar de que su esperanza de vida es menor; las penas carcelarias son notoriamente mayores para criminales masculinos que femeninos a nivel global, y en algunos países, la pena de muerte sólo es una opción para los hombres; las políticas de micro apoyo financiero de la mayoría de los países se concentran en mujeres y madres solteras, desconociendo la realidad de que el 80% de los habitantes de la calle a nivel global son hombres; la violencia doméstica sólo se comprende como un fenómeno que sufren las mujeres, y de la mano, la violación masculina no es vista como la atrocidad que es en realidad, ni siquiera como un problema real; el 80% de las víctimas de suicidio son hombres, y son también significativamente más propensos al consumo de drogas y alcohol, adicciones que puede sugerir altos índices de depresión.

La gran mayoría de las mujeres siguen siendo dolorosa y primordialmente conscientes de su potencial de víctimas de violencia sexual y física por parte del sexo opuesto, noción que no es compartida por la gruesa mayoría de los hombres.

Estas son realidades descorazonadoras para cualquiera con un sano sentido de empatía, y es incluso más perturbador enfrentar la poca consciencia y acción al respecto. Habiendo dicho eso, no siento que estas crueldades invaliden la lucha feminista de ningún modo. Principalmente porque la poca atención que se le da a la opresión que sufren millones de hombres y niños no hace menos seria la opresión que experimentan simultáneamente las mujeres y niñas. Pretender que el dolor de las mujeres es menos cruel o importante porque se trabaja más para acabar con él, es tan desviado y pernicioso como asegurar que no hace falta preocuparse por la opresión masculina porque son muchas más las mujeres y niñas que sufren a nivel global. Ambas son ideas enfermizas y faltas de empatía, no se trata de una competición.

He pensado mucho últimamente en un fragmento de un texto por Omnigale Kaliskill, que responde precisamente a la idea de que los hombres también enfrentan discriminación, y opresión sistémica: “Que se le diga que sea dominante no es ni de cerca tan trágico como ser limitado y colocado en una posición predeterminada al sufrimiento y la sumisión. Esa es la diferencia básica entre la forma en la que la sociedad trata de manipular a los hombres y las mujeres. No tener permitido ser vulnerable no es equivalente a no tener permitido ser fuerte. Forzar la debilidad en las mujeres las hace más fáciles de controlar y subyugar, mientras que forzar la dominancia en los hombres los hace capaces de expresar poder sobre otras personas.”

La principal razón por la que no creo que la opresión que enfrentan los hombres invalide la lucha femenina es porque al igual que Kaliskill, soy de la opinión de que no se trata sino un único problema profundo, y es la enfermiza noción de la inferioridad del género femenino, que tiene como principal consecuencia la restricción de los derechos y libertades femeninos así como su opresión sistémica, pero la otra cara de la moneda es el significado inferido, si la mujer es débil, no sólo puede ser oprimida y usada, también necesita y merece protección; la superioridad masculina convierte la dominancia en su derecho natural, pero esa tóxica noción de la masculinidad significa también que al hombre se le arranca su identidad tan pronto se convierte en una víctima, y bajo ningún concepto es merecedor de compasión o cuidado. Ambas posiciones son la perfecta encarnación del arma de doble filo, ambas nacientes de la asignación de roles de género estrictos y asfixiantes en los que ningún ser humano puede desarrollarse de modo verdaderamente sano.


Pero a pesar de estar de acuerdo con Kaleskill en su apreciación de que todo tipo de opresión de género forma parte de un problema común, no logro sentirme completamente cómoda con su idea de la estratificación de las víctimas de una sociedad misógina. Pienso que la sugerencia de que el único precio pagado por los hombres es la prohibición a mostrarse vulnerables es fundamentalmente errónea en base a la evidencia; la realidad es más amarga, no sólo se les impide expresar su vulnerabilidad (con consecuencias trágicas para su salud mental y la seguridad de las mujeres con las que se relacionan y sobre las que pueden resolver descargar frustraciones tan profundas), sino que además no son acreedores a reparación alguna en los contados escenarios en los que puedan ser victimizados tanto como una mujer. 

Es cierto, que los números no mienten y todas las estadísticas señalan a la mujer como víctima principal de los tipos más crueles de violencia física y sexual, pero soy de la convicción de que trivializar el sufrimiento de cualquier víctima en virtud de su privilegio u origen es un tipo especial de perfidia, y esto quizás encarna la más grande inconformidad que siento respecto al movimiento feminista, que es lo cargado de odio e hipocresía que pueden llegar a estar sus discursos en ocasiones. La idea de ejercitar la compasión con aquellos que  nos han oprimido o dañado parece ir en contra de cualquier sentido común, y es fácil comprender cómo el instinto humano es la búsqueda de “justicia”, equilibrar las cargas incluso si eso significa que el otro sufra tanto como lo hemos hecho nosotros, pero si algo me han enseñado los años de militar en este movimiento y sentir en carne propia el dolor de mis hermanas es la realidad de que si sólo somos capaces de sentir compasión por aquellos que son como nosotros, ¿no nos hace eso iguales a los que nos oprimen por ser distintos a ellos? 

Trivializar el sufrimiento de cualquier víctima en virtud de su privilegio u origen es un tipo especial de perfidia.

Yo soy profundamente feminista, y me cuesta imaginar un futuro en el que no me sienta identificada por el apelativo, porque sueño con un mundo en el que ninguna mujer tenga que atravesar por las cosas difíciles que yo he tenido que atravesar, ni aquellas mucho más horrorosas que agradezco que no me hayan tocado a mí, aunque le hayan tocado a otras como yo. Pero con cada día que pasa me convenzo más de que nuestro movimiento requiere una transformación interna y profunda. Es hora de que los hombres que están inconformes con el sistema se unan a nuestras líneas y dejen de vernos como el enemigo, pero eso no es todo, por demasiado tiempo el feminismo ha sido inhospitalario con la mujer de color, con la mujer transgénero, y en general con cualquiera que no encaje en el molde, y es hora de que las cosas cambien, porque esto es mucho más grande que cualquiera de nosotras, y que todas juntas, esto es un problema profundo que afecta a todos los individuos de la sociedad; la opresión es una hidra de muchas cabezas, y aveces es difícil reconocer nuestro propio sufrimiento en un rostro diferente, pero si queremos tener alguna posibilidad de sobrevivir y cambiar el mundo, es hora de que empecemos a ejercitar la compasión, no sólo con aquellos con quienes nos identificamos, sino con cualquiera que sea una víctima, y que nos necesite, incluso aunque pensemos que no lo merezca.

Yo estoy del lado del feminismo que lucha contra el odio y la opresión, incluso cuando vienen de dentro de nosotros mismos.

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