lunes, 16 de enero de 2017

Bienvenido, 2017



Ya llevamos medio enero, y soy plenamente consciente de que después de la primera semana ya es penosamente retrasado, pero yo llego tarde a todas las fiestas y decidí darme licencia para hacer esto, porque estoy muy oxidada escribiendo y ésta me parece la forma menos dolorosa de retomar, y porque aunque me gusta que me lean, escribo principalmente para mí misma, y si necesito escribir acerca del año nuevo en la segunda semana del año, o en Octubre, pues eso es lo que vamos a tener. Sin más preámbulos…

Creo que la principal razón por la que me ha costado sentarme a escribir esto, es porque durante el año 2016 experimenté transformaciones profundas, y me encuentro en medio de un proceso de redescubrimiento, y en ocasiones es difícil  hablar de lo que siento porque aveces ni siquiera me reconozco en las emociones que experimento, porque son totalmente nuevas. De todas formas, esto es algo que merece ser dicho.

La historia no comienza bien, entré al 2016 con el espíritu quebrado y sin aliento. El 2015 fue como una pesadilla sin fin, así que cuando terminó recibí el año nuevo con la convicción pesimista de que no tenía caso anhelar cosas buenas, o hacer propósitos para mejorarme a mí misma, o a mi vida, porque lo único que el futuro me deparaba eran cosas malas, entonces ni siquiera para qué intentarlo. Siento una lástima muy grande por la persona que era en ese momento, casi quisiera, sólo por la compasión que me despierta esa persona en la que me cuesta verme a mí misma, no haber tenido que pasar por todo aquello. Casi, porque desde el lugar en el que estoy ahora, puedo entender como sólo el tiempo lo permite, que haber tocado fondo así era justamente lo que necesitaba. Porque cuando me convencí de que nada bueno me esperaba, comencé el 2016 con la única resolución de año nuevo que nunca me había hecho, y la primera que he cumplido en toda mi vida: Me propuse enfrentar el 2016 sin plan alguno. Por primera vez no fijé meta alguna que cumplir antes del siguiente 31 de Diciembre. Me propuse nada más que sobrevivir, al fin de cuentas, no tenía mucho caso tratar de planear y prever, si lo único que hacía eran castillos de naipes que seguían derrumbándose.

Es lo mejor que he podido hacer con mi vida.

Es lo más difícil que he podido hacer con mi vida.

Sufro de una ansiedad que no puede ser descrita sino como agobiante, y cuando tu mente se pone en tu contra de esa forma, y vives con la certeza constante de que Todo Puede Salir Terriblemente Mal Ahora (tm), es muy difícil evitar la tentación de tratar de controlar todo, porque la ecuación parece sencilla: entre más se controlen los elementos, con más eficacia se puede controlar el resultado. Por supuesto, años de experiencia no habían hecho sino demostrarme lo falaz de semejante noción; la vida es incontrolable y tiene una tendencia a mandar bolas curvas en el momento más inesperado. Lo que no me imaginaba eran los resultados que iba a obtener cuando dejé de tratar de controlar todo.

Durante años, había estado tranzada en sueños que anhelaba cumplir, pero a los que les había puesto innumerables pre requisitos, que por supuesto nunca lograba cumplir, porque la vida es difícil de navegar. No tener planes a los que aferrarme significó que cuando llegó el momento, supe reconocer la oportunidad que se abría ante mí para irme de la casa materna, que era algo que venía queriendo hace años, que ha sido probablemente lo más importante que he hecho en la vida, y que además era lo más aterrador que se me podía ocurrir. Me di cuenta, cuando fue propicio, que muy seguramente no iba a alcanzar a tachar todo lo que tenía en la check list pre mudada, y que quizás no era tan descabellado que fuera resolviendo algunas cosas en el camino, y que no me iba a morir si algunas cosas no eran exactamente como las había planeado siempre que tuviera lo más importante.

Ahora, ocho meses después, podría decir que la lección aprendida es que las cosas siempre salen mejor de lo que me lo espero, pero la verdad es que no es así.

Más o menos la mitad más una de las cosas que temía que podían salir mal si me iba de casa antes de estar “lista”, pasaron. Y además, como siempre, pasaron otras que ni siquiera había contemplado, así que de alguna forma no había estado tan equivocada. Pero sí lo había estado, porque mientras todo pasaba, tres cosas que nunca se me habían ocurrido se hicieron evidentes e indiscutibles.

La primera, que fue un poco un golpe a mi ego, es que tuve que admitir que probablemente hubiera podido irme de casa hace un tiempo. Tuve que aceptar la realidad de que estaba aterrorizada de hacerlo, por mucho que lo quisiera, y que quizás sea justo decir que llevaba algún tiempo auto saboteando la idea, convenciéndome a mí misma de que aún no era el momento, porque no estaba “lista”. Ahora entiendo que el momento era el que yo decidiera, porque no tener todo resuelto no necesariamente significaba fracaso inevitable (igual que tener todo resuelto no significaba éxito inminente), y que emocionalmente, probablemente nunca estuviera lista, porque es una de esas cosas que te hacen crecer y transformarte como persona y que por eso son las más difíciles de hacer.

La otra cosa que descubrí fue que no me daba suficiente crédito en muchos sentidos. Después de años de sentir que “fracasaba”, me había creado esta imagen de mi misma en la que era una cosa pequeña e insignificante dentro de la vastedad del universo, que si el universo decidía que me iba a hacer mierda, no había nada que yo pudiera hacer para evitarlo, y que me iba a destruir, machacándome poquito a poquito hasta que no quedara nada de mí. Ahora entiendo lo equivocada que estaba. Porque este año hice lo más aterrador que he hecho nunca en la vida, y este año me pasaron cosas desagradables que me hicieron sentir miserable; de hecho, creo que es una aproximación acertada decir que pasé quizás un poco más de la tercera parte del año sintiéndome deprimida/irritada/frustrada/ansiosa por alguna razón u otra. Pero el asunto es que el año se acabó, y aquí estoy, entera. Y no porque los monstruos a los que temía enfrentarme fueran menos malos de lo que me había imaginado, no, fueron terribles, pero resultó que yo no era tan blanda como creía, y mi piel era más gruesa de lo que esperaba cuando me clavaban los dientes.

Así que finalmente se acabó el 2016, que es por mucho el año más loco que he tenido en la vida. Y yo me siento como una persona distinta. Recibí el 2016 sin ambiciones ni metas, convencida de que estaba derrotada de ante mano, y por ende ni siquiera valía la pena el esfuerzo de tratar de luchar por nada que quisiera. Ahora es distinto, ahora entiendo que sí es cierto que la vida puede dar vueltas inesperadas e incontrolables en cualquier momento, pero ya no me siento aterrorizada al respecto, porque luego de todo lo que ha pasado este año, entiendo que soy mucho más resistente de lo que esperaba, y que lo único que puede matarme, es algo que literalmente… Me mate. Mientras eso no pase, encontraré alguna forma de resolver lo demás, incluso si no es del modo que quería. 


Eso no significa que me haya casado con la costumbre de no fijarme metas, una de las cosas malas del 2016 fue que fue por mucho el año menos productivo de mi vida, artística y creativamente hablando. Así que volver a mi hábito de hacer resoluciones de año nuevo, fue lo primero que hice en el 2017. Pero ahora son distintas, antes tenía estas ideas en la cabeza acerca de cosas que pensaba que me iban a hacer una persona más valiosa. Cosas como perder determinado número de kilos en un año, o escribir un libro en un año, o crear un canal exitoso en Youtube, o comprarme un apartamento. Ahora ya no me importa tanto llegar a esas metas porque de repente no siento que necesite alcanzar metas tan específicas para ser una persona más valiosa; ahora se me ocurre que tratar de mejorarme a mí misma me hace una persona más valiosa, entonces mis metas de este año se ven más como: ejercitarme un poco todos los días, escribir un poco todos los días, leer un poco todos los días, experimentar con Youtube si lo disfruto, para divertir y entretener a otras personas, y hacer del sitio en el que viva el mejor y más cómodo posible para mí, y estar agradecida porque lo tengo. 

No quiero decir con esto que hacer propósitos específicos para cumplir durante un año sea una mala idea, si usted se siente con la capacidad y cree que cuenta con las herramientas para cumplir un propósito específico, y que ponérselo como meta es el estímulo que le hace falta, entonces se lo recomiendo y le mando todas las mejores energías, pero el caso es que a mí nunca me han servido estos propósitos, y ponerme metas un poco más abstractas es mi saludable punto medio entre no planear o exigirme nada en lo absoluto, y obsesionarme tratando de micro controlar cada aspecto de mi vida.

Lo curioso es que, mientras más pienso en la nueva forma como veo mis propósitos de año nuevo, mayor es el presentimiento de que este puede que sea por mucho el más productivo año de mi vida. Hace días leí una cita que me ha llamado mucho la atención: “lo poco que hagas todos los días, importa más que lo mucho que hagas de vez en cuando”, cuando la leí tuve uno de esos momentos Eureka en los que me pregunto cómo es que no se me había ocurrido antes si era tan evidente. Propósitos tan grandes y estrictos nunca han hecho sino desmotivarme, asustarme y hacerme dudar de mis propias capacidades. Decir que voy a trabajar cada día, sólo un poco, en las cosas que quiero hacer, quita mucha de la presión al respecto, y por ende, irónicamente, me ayuda a hacer mucho más. Tanto que existe la posibilidad de que este año sí consiga hacer cosas que nunca había podido, o, en su defecto, puede que llegue el fin del 2017 y no haya escrito un libro, pero puede que lleve una gran parte, que es más de lo que hice en el 2016, y de lo que he hecho en muchas ocasiones en las que tener el producto final ha sido mi meta de todo un año.

Al final de todo, el mensaje es que enfrento el 2017 con una actitud radicalmente diferente a la que haya tenido nunca. Toda mi vida había vivido en un péndulo entre el pesimismo extremo y el optimismo ingenuo; por primera vez comprendo que pueden pasar cosas malas en el año que viene adelante, pero tengo la certeza de que podré resolverlas, o en el peor de los casos, sobrellevarlas, y también estoy esperando y lista para reconocer y agradecer todas las cosas buenas que también sé que van a pasar.

Creo que nunca había esperado un año con tantas ansias.

2017, estoy lista para ti.

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