lunes, 30 de enero de 2017

Los hombre sufren opresión y el feminismo se queda corto


Me he identificado como feminista por más o menos cuatro años ya, y ha sido de todo menos un camino sencillo. Cualquiera que abogue por alguna causa que defienda,  estará de acuerdo conmigo en que una de las más difíciles barreras es convencer a otros que la causa es importante en primer lugar. ¿Por qué perder el tiempo preocupándose por los animales callejeros cuando hay niños muriendo en África? ¿Por qué ocuparse de el hambre en el mundo si hay indigentes en nuestras calles? ¿Por qué enfocarse en los indigentes, y no ocuparse de solventar la corrupción? Sin duda sucede con toda causa, principalmente porque todos tenemos prioridades diferentes, y la tendencia a creer que la que nos importa es la más importante, quizás principalmente porque nos afecta directamente, y nos cuesta creer que las injusticias que otros gritan sean tan reales como esas que nosotros sentimos en carne propia.

Hablando desde el feminismo, ni siquiera vale la pena intentar contar el número de ocasiones en las que he tenido que discutir al respecto de si es una causa que valga o no la pena, si algo se podrá cambiar con todo el trabajo de concientización, educación, intervención; y peor aún, están aquellos que se niegan a considerar que sea algo necesario, que haya algún tipo de disparidad que insinúe siquiera algún tipo de opresión. Es de eso de lo que quiero hablar hoy, tan brevemente como sea posible.

Quizás el primer argumento con el que me encuentro casi siempre que esto sucede, es que los hombres también la pasan mal, que el movimiento feminista se trata de una lucha egoísta para que las mujeres no tengan que lidiar con dificultades inherentes a la condición humana, que es un proyecto que busca ganar pleitesías del género masculino, al cuál sólo consideran como una institución a la que sacarle provecho con un discurso de superioridad digna del partido nazi, de ahí el apelativo: feminazi. Nada más alejado de la realidad. Pese a lo exhausta que estoy de discutir este punto en particular, porque siento mis neuronas morir una a una cada vez que debo hacerlo, voy a dedicar unos momentos a expresar mi más profundo rechazo por la noción: cualquier persona razonablemente interesada en una visión objetiva de los hechos podrá encontrar en la punta de sus dedos (gracias a la maravillosa herramienta que es el internet), más que suficiente evidencia para apoyar la noción de que a través de la historia, las mujeres han sido con muy contadas excepciones sujetos oprimidos a quienes se les niegan los mismos derechos que sus contrapartes masculinas, hecho que es particularmente evidente en las culturas antiguas y las primitivas, en las que en muchos casos no sólo las mujeres eran carentes de derechos, sino que eran también entendidas como piezas de propiedad privada de su figura masculina más cercana, bien fuera el padre, esposo, o hermano. Es cierto que la mayoría de nuestras sociedades han dado importantes pasos para remediar esta abismal injusticia, pero no es cierto, bajo ningún concepto, que el mundo haya alcanzado un momento de igualdad en el que las mujeres no tengan razón alguna para sentirse discriminadas. Muchas siguen siendo las sociedades, por motivos religiosos, o culturales, en las que se sigue estableciendo claras diferencias entre los derechos de un género, y del otro, causando en la mayoría de los casos, situaciones de opresión hacia el género femenino, y en el mejor de los casos, en las más avanzadas sociedades, la gran mayoría de las mujeres siguen siendo dolorosa y primordialmente conscientes de su potencial de víctimas de violencia sexual y física por parte del sexo opuesto, noción que no es compartida por la gruesa mayoría de los hombres de estas sociedades, y que habla a gritos de los roles que la sociedad comprende y replica a pesar de las leyes que tratan de ejercer cambios culturales profundos.


Dejando de lado ese argumento tan equívoco, quiero hablar de otro argumento, uno mucho más fuerte que he encontrado en pocas ocasiones, pero que me ha resultado mucho más interesante, e incluso constructivo. Y es el argumento de que el movimiento feminista no toma en cuenta las muy reales y difíciles situaciones de verdadera opresión que los hombres experimentan al rededor del mundo, únicamente a causa de su género. Quizás la primera queja es que la mayoría de estas situaciones son pasadas por alto por el ciudadano común tanto como por las organizaciones y los estados, y por el grueso del movimiento feminista, lo que es en sí otra muestra de discriminación, ya que son en muchos casos situaciones equivalentes a aquellas dificultades en contra de las que muy vocalmente luchamos todos los que nos preocupamos por la igualdad para la mujer. Ejemplos de estos atroces actos de discriminación incluyen la penalización de la negativa a sustentar económicamente un hijo producto de una infidelidad de la esposa en japón, así como la penalización de la solicitud de las pruebas de paternidad en Francia; el servicio militar obligatorio en multitud de países so pena de encarcelación; el trabajo forzado masculino no está prohibido internacionalmente, y la trata de personas sólo se comprende como un problema que afecta a mujeres y niñas, además de que multitud de países no ofrecen asilo a inmigrantes hombres; a nivel global los hombres representan la vasta mayoría de muertes por accidentes laborales, y su edad de jubilación es mayor a la de la mujer en más de 30 países, a pesar de que su esperanza de vida es menor; las penas carcelarias son notoriamente mayores para criminales masculinos que femeninos a nivel global, y en algunos países, la pena de muerte sólo es una opción para los hombres; las políticas de micro apoyo financiero de la mayoría de los países se concentran en mujeres y madres solteras, desconociendo la realidad de que el 80% de los habitantes de la calle a nivel global son hombres; la violencia doméstica sólo se comprende como un fenómeno que sufren las mujeres, y de la mano, la violación masculina no es vista como la atrocidad que es en realidad, ni siquiera como un problema real; el 80% de las víctimas de suicidio son hombres, y son también significativamente más propensos al consumo de drogas y alcohol, adicciones que puede sugerir altos índices de depresión.

La gran mayoría de las mujeres siguen siendo dolorosa y primordialmente conscientes de su potencial de víctimas de violencia sexual y física por parte del sexo opuesto, noción que no es compartida por la gruesa mayoría de los hombres.

Estas son realidades descorazonadoras para cualquiera con un sano sentido de empatía, y es incluso más perturbador enfrentar la poca consciencia y acción al respecto. Habiendo dicho eso, no siento que estas crueldades invaliden la lucha feminista de ningún modo. Principalmente porque la poca atención que se le da a la opresión que sufren millones de hombres y niños no hace menos seria la opresión que experimentan simultáneamente las mujeres y niñas. Pretender que el dolor de las mujeres es menos cruel o importante porque se trabaja más para acabar con él, es tan desviado y pernicioso como asegurar que no hace falta preocuparse por la opresión masculina porque son muchas más las mujeres y niñas que sufren a nivel global. Ambas son ideas enfermizas y faltas de empatía, no se trata de una competición.

He pensado mucho últimamente en un fragmento de un texto por Omnigale Kaliskill, que responde precisamente a la idea de que los hombres también enfrentan discriminación, y opresión sistémica: “Que se le diga que sea dominante no es ni de cerca tan trágico como ser limitado y colocado en una posición predeterminada al sufrimiento y la sumisión. Esa es la diferencia básica entre la forma en la que la sociedad trata de manipular a los hombres y las mujeres. No tener permitido ser vulnerable no es equivalente a no tener permitido ser fuerte. Forzar la debilidad en las mujeres las hace más fáciles de controlar y subyugar, mientras que forzar la dominancia en los hombres los hace capaces de expresar poder sobre otras personas.”

La principal razón por la que no creo que la opresión que enfrentan los hombres invalide la lucha femenina es porque al igual que Kaliskill, soy de la opinión de que no se trata sino un único problema profundo, y es la enfermiza noción de la inferioridad del género femenino, que tiene como principal consecuencia la restricción de los derechos y libertades femeninos así como su opresión sistémica, pero la otra cara de la moneda es el significado inferido, si la mujer es débil, no sólo puede ser oprimida y usada, también necesita y merece protección; la superioridad masculina convierte la dominancia en su derecho natural, pero esa tóxica noción de la masculinidad significa también que al hombre se le arranca su identidad tan pronto se convierte en una víctima, y bajo ningún concepto es merecedor de compasión o cuidado. Ambas posiciones son la perfecta encarnación del arma de doble filo, ambas nacientes de la asignación de roles de género estrictos y asfixiantes en los que ningún ser humano puede desarrollarse de modo verdaderamente sano.


Pero a pesar de estar de acuerdo con Kaleskill en su apreciación de que todo tipo de opresión de género forma parte de un problema común, no logro sentirme completamente cómoda con su idea de la estratificación de las víctimas de una sociedad misógina. Pienso que la sugerencia de que el único precio pagado por los hombres es la prohibición a mostrarse vulnerables es fundamentalmente errónea en base a la evidencia; la realidad es más amarga, no sólo se les impide expresar su vulnerabilidad (con consecuencias trágicas para su salud mental y la seguridad de las mujeres con las que se relacionan y sobre las que pueden resolver descargar frustraciones tan profundas), sino que además no son acreedores a reparación alguna en los contados escenarios en los que puedan ser victimizados tanto como una mujer. 

Es cierto, que los números no mienten y todas las estadísticas señalan a la mujer como víctima principal de los tipos más crueles de violencia física y sexual, pero soy de la convicción de que trivializar el sufrimiento de cualquier víctima en virtud de su privilegio u origen es un tipo especial de perfidia, y esto quizás encarna la más grande inconformidad que siento respecto al movimiento feminista, que es lo cargado de odio e hipocresía que pueden llegar a estar sus discursos en ocasiones. La idea de ejercitar la compasión con aquellos que  nos han oprimido o dañado parece ir en contra de cualquier sentido común, y es fácil comprender cómo el instinto humano es la búsqueda de “justicia”, equilibrar las cargas incluso si eso significa que el otro sufra tanto como lo hemos hecho nosotros, pero si algo me han enseñado los años de militar en este movimiento y sentir en carne propia el dolor de mis hermanas es la realidad de que si sólo somos capaces de sentir compasión por aquellos que son como nosotros, ¿no nos hace eso iguales a los que nos oprimen por ser distintos a ellos? 

Trivializar el sufrimiento de cualquier víctima en virtud de su privilegio u origen es un tipo especial de perfidia.

Yo soy profundamente feminista, y me cuesta imaginar un futuro en el que no me sienta identificada por el apelativo, porque sueño con un mundo en el que ninguna mujer tenga que atravesar por las cosas difíciles que yo he tenido que atravesar, ni aquellas mucho más horrorosas que agradezco que no me hayan tocado a mí, aunque le hayan tocado a otras como yo. Pero con cada día que pasa me convenzo más de que nuestro movimiento requiere una transformación interna y profunda. Es hora de que los hombres que están inconformes con el sistema se unan a nuestras líneas y dejen de vernos como el enemigo, pero eso no es todo, por demasiado tiempo el feminismo ha sido inhospitalario con la mujer de color, con la mujer transgénero, y en general con cualquiera que no encaje en el molde, y es hora de que las cosas cambien, porque esto es mucho más grande que cualquiera de nosotras, y que todas juntas, esto es un problema profundo que afecta a todos los individuos de la sociedad; la opresión es una hidra de muchas cabezas, y aveces es difícil reconocer nuestro propio sufrimiento en un rostro diferente, pero si queremos tener alguna posibilidad de sobrevivir y cambiar el mundo, es hora de que empecemos a ejercitar la compasión, no sólo con aquellos con quienes nos identificamos, sino con cualquiera que sea una víctima, y que nos necesite, incluso aunque pensemos que no lo merezca.

Yo estoy del lado del feminismo que lucha contra el odio y la opresión, incluso cuando vienen de dentro de nosotros mismos.

viernes, 27 de enero de 2017

Al fin entendí para qué hago esto


Cuando comencé este blog, esperaba que me ayudara a reforzar mi muy flojo hábito de escribir, y que me ayudara a cultivar mi plataforma de autora, que fue una de las cosas en las que quise enfocarme cuando me dije a mí misma que tenía que ponerme seria con eso de escribir; sin embargo, hacer que este proyecto despegue ha sido un camino lleno de tropiezos, principalmente por inconsistencia e indisciplina, lo admito sin culpa pero con vergüenza, pero también por una profunda falta de motivación a la que durante todo este tiempo me costó encontrarle explicación y que atacaba por temporadas evidenciadas por la falta de contenido en los dos huéspedes de este blog, ausencias que en ocasiones duraban incluso meses. Hace apenas unos días entendí por qué me costaba tanto, a pesar de ser en ocasiones el que más amo de todos mis trabajos.

Siempre quise sacarle a la herramienta todo el provecho posible sin tener que gastar dinero, de ahí que he leído un millón de artículos y publicaciones respecto a cómo hacer de un blog una herramienta eficiente de mercadotecnia, y durante los tres años que llevo haciendo esto, siempre me he quedado varada en la primera y quizás la más fundamental recomendación que repite cada consejero, y es que el tema de cada entrada, al igual que cada aspecto del blog, tienen que ir cuidadosamente confeccionados a la medida de tu audiencia objetiva. Y ese era precisamente el problema, nunca había logrado definir cuál era mi audiencia objetiva porque en todo este tiempo, nunca conseguí decidirme a casarme con ninguna de las facetas de las cosas que me apasionan.

Se suponía que si la idea era construir mi plataforma de escritora, debía concentrarme en escribir acerca de… Bueno, escribir. Pero no escribo lo suficiente como para poder hacer anuncios regulares al respecto, y por ende tampoco soy lo suficientemente buena escritora como para sentirme cómoda haciendo de este espacio una columna ni siquiera mensual de consejos respecto a uno u otro aspecto, hay mucha gente mucho más capacitada que yo ahí afuera dedicándose a eso de un modo mucho más capaz.

Pero incluso más importante que mi incompetencia, es el hecho de que simplemente no me bastaba con eso. La idea de verme restringida únicamente a mi persona de escritora me llenaba siempre de desasosiego y bastaba para quitarme por completo cualquier interés en escribir durante días en el mejor de los casos. Escribir es la más grande de mis pasiones y la única de la que no puedo prescindir porque forma parte crucial de mi identidad, pero no es la única, y el entusiasmo que siento por todas las demás quiere brotar a través de la más importante, y quiero escribir acerca de lo poco que he mal aprendido acerca de escribir historias, pero también quiero escribir acerca de mis animales, y de la forma como me hacen más compasiva y mejor persona, y quiero escribir acerca de la comida que me gusta y cómo trato de crear una relación positiva con mi cuerpo. Necesito hablar de mi pequeña lucha feminista, de las cosas que me duelen de mi país y del mundo, y de la gente bonita y que quiero y de todas las cosas que me hacen feliz. Necesito hablar, escribir de todas esas cosas tanto que no hacerlo se siente como contener la respiración.

Mi interés por este medio era inconsistente porque evidenciaba la lucha entre forzar encajarme a mí misma en una imagen de alguien serio y profesional quien realmente no soy, y los episodios repetitivos de mandar todo al carajo y sólo darme el gusto de escribir de lo que fuera que me diera la gana, como fuera que me diera la gana. Lo que pasó hace unos días fue que leyendo el mismo consejo por enésima vez, finalmente me di cuenta de que llevaba años tratando de conseguir algo que conseguir algo que realmente no me interesaba, y por ende saboteándolo una y otra vez.

La idea de fortalecer mi plataforma de escritora era prometedora porque venía de la mano con la idea de monetizar el trabajo de escribir, que es algo que siempre he querido, porque mis finanzas son ridículas y hace mucho que necesito dinamizarlas. Pero en realidad, escribir es algo que siempre voy a hacer, incluso si nunca veo un peso de ello, y la realidad era que la idea de que mi blog no iba en línea con los propósitos que me había hecho no hacía sino hacerme menos y menos fructífera como escritora. Pensé que tenía que concentrarme en la logística de mi trabajo para hacerlo financieramente productivo, pero no estaba logrando sino asfixiar la vena creativa que es de la que esperaba vivir. Ahora me doy cuenta de que por ahí no era la cosa, entre más lo pienso, más noto que las mejores cosas que he escrito son aquellas que más me han apasionado, en las que más sinceramente he desnudado mi alma, sin importar el tema. Ahora pienso que tengo que concentrarme en mi felicidad creativa, lo que sólo puede llevarme a ser más productiva, que es lo que realmente me interesa.

Eso no significa que tenga nada en contra de la posibilidad de ganar dinero de las cosas que escribo, ese es como el sueño más grande de mi vida, pero en retrospectiva es evidente que pensar en el dinero primero y en el producto después no es la respuesta. Así que ahora voy a hacerlo al revés.

Quiero que este sea un nuevo comienzo para el proyecto que es este blog, ahora finalmente sé qué es lo que quiero ganar con esto; ya no tengo el menor interés en crear una plataforma de autora, ahora lo único que quiero es escribir acerca de todo lo que sí me llama, bien sea comentario político respecto a asuntos del momento, o consejos prácticos relacionados a la escritura, o reflexiones acerca de situaciones que atraviese y me dejen alguna enseñanza que quiera compartir.

Con un abanico tan amplio y diverso de temas, permanece la pregunta inicial de quién es entonces el público objetivo de esta publicación, y por primera vez fui capaz de sentarme a considerarlo verdaderamente, con perspectiva en lo que realmente quiero y soy capaz de hacer. Llegué a pensar en que, si esto se iba a convertir descaradamente en nada más que yo haciendo diatribas sin sentido acerca de temas al azar, entonces quizás mejor me iba despidiendo porque sólo podía esperar que lo leyera mi pobre novio que no tiene otra opción, pero luego de bastante tiempo comenzó a formarse en mí la idea de compartir el viaje que estoy haciendo para alcanzar la más importante de mis metas que es ser mejor.

Durante demasiado tiempo fui una persona con la que no estaba feliz, y he hecho de estos últimos años un trabajo constante de tratar de mejorarme a mí misma en cada aspecto que se me ocurre: quiero ser más sana, tener una relación más positiva y armoniosa con mi cuerpo y con mi mente, quiero ser más productiva, más inteligente y creativa, y quiero ser mucho mejor persona todos los días, quiero ser un poco más feliz cada día. La mayor parte de lo lejos que he llegado ha sido trabajo interno del más arduo que puedan imaginarse, pero siempre tengo presente el poder transformador de las conexiones que podemos hacer con otras personas y cómo la escritura es el catalizador milagroso que nos permite conectarnos con otros que probablemente nunca conozcamos y que sin embargo son capaces de transformarnos. Leo un montón de cosas que escribe un montón de gente acerca de temas desde cocina hasta política, y han sido incontables las veces en las que logro identificarme con un autor, y mi visión acerca de fenómenos culturales y políticos cambia, o me veo enfrentada a ideas difíciles acerca de la forma como veo la vida y la forma como me desenvuelvo en ella, incluso las ideas con las que no estoy de acuerdo me ayudan a reforzar los ideales que defiendo y me definen. Creo que cada cosa que leo me ayuda a construir una mejor versión de mi misma, incluso aquellas que no parecen profundas: los reviews acerca de libros, películas o series, me ayudan a analizar más críticamente los contenidos que consumo, los comentarios acerca de productos o finanzas me ayudan a ser una consumidora más responsable y a vivir más cómodamente.

Lo que es más, ya una vez logré yo ese efecto en alguien. El año pasado publiqué una entrada en mi blog a la que no le tenía ninguna esperanza y que se convirtió en mi publicación más popular. Lo único que hice fue ser sincera acerca de lo mal que la estaba pasando porque atravesaba la crisis de los 25, y de cómo eso me había ayudado a practicar el ejercicio de mirar hacia adentro en vez de ver a los demás. Y a pesar de su simpleza, es la que más halagos me ganó y la única de mis publicaciones que ha conseguido que alguien me dijera cuan identificado se había sentido, y cuánto le había ayudado leerla.

Así que desde ahora esta va a ser la plataforma en la que comparta todas las cosas que me apasionan y que forman parte de este viaje que es ser mejor hoy de lo que era ayer, con toda la humildad y franqueza de la que soy capaz, enfocándome en ser mejor y más feliz, y mi público objetivo es todo aquel que quiera hacer el viaje conmigo.

Gracias por toda su paciencia, estoy segura de que sólo hay cosas buenas delante de nosotros.

lunes, 16 de enero de 2017

Bienvenido, 2017



Ya llevamos medio enero, y soy plenamente consciente de que después de la primera semana ya es penosamente retrasado, pero yo llego tarde a todas las fiestas y decidí darme licencia para hacer esto, porque estoy muy oxidada escribiendo y ésta me parece la forma menos dolorosa de retomar, y porque aunque me gusta que me lean, escribo principalmente para mí misma, y si necesito escribir acerca del año nuevo en la segunda semana del año, o en Octubre, pues eso es lo que vamos a tener. Sin más preámbulos…

Creo que la principal razón por la que me ha costado sentarme a escribir esto, es porque durante el año 2016 experimenté transformaciones profundas, y me encuentro en medio de un proceso de redescubrimiento, y en ocasiones es difícil  hablar de lo que siento porque aveces ni siquiera me reconozco en las emociones que experimento, porque son totalmente nuevas. De todas formas, esto es algo que merece ser dicho.

La historia no comienza bien, entré al 2016 con el espíritu quebrado y sin aliento. El 2015 fue como una pesadilla sin fin, así que cuando terminó recibí el año nuevo con la convicción pesimista de que no tenía caso anhelar cosas buenas, o hacer propósitos para mejorarme a mí misma, o a mi vida, porque lo único que el futuro me deparaba eran cosas malas, entonces ni siquiera para qué intentarlo. Siento una lástima muy grande por la persona que era en ese momento, casi quisiera, sólo por la compasión que me despierta esa persona en la que me cuesta verme a mí misma, no haber tenido que pasar por todo aquello. Casi, porque desde el lugar en el que estoy ahora, puedo entender como sólo el tiempo lo permite, que haber tocado fondo así era justamente lo que necesitaba. Porque cuando me convencí de que nada bueno me esperaba, comencé el 2016 con la única resolución de año nuevo que nunca me había hecho, y la primera que he cumplido en toda mi vida: Me propuse enfrentar el 2016 sin plan alguno. Por primera vez no fijé meta alguna que cumplir antes del siguiente 31 de Diciembre. Me propuse nada más que sobrevivir, al fin de cuentas, no tenía mucho caso tratar de planear y prever, si lo único que hacía eran castillos de naipes que seguían derrumbándose.

Es lo mejor que he podido hacer con mi vida.

Es lo más difícil que he podido hacer con mi vida.

Sufro de una ansiedad que no puede ser descrita sino como agobiante, y cuando tu mente se pone en tu contra de esa forma, y vives con la certeza constante de que Todo Puede Salir Terriblemente Mal Ahora (tm), es muy difícil evitar la tentación de tratar de controlar todo, porque la ecuación parece sencilla: entre más se controlen los elementos, con más eficacia se puede controlar el resultado. Por supuesto, años de experiencia no habían hecho sino demostrarme lo falaz de semejante noción; la vida es incontrolable y tiene una tendencia a mandar bolas curvas en el momento más inesperado. Lo que no me imaginaba eran los resultados que iba a obtener cuando dejé de tratar de controlar todo.

Durante años, había estado tranzada en sueños que anhelaba cumplir, pero a los que les había puesto innumerables pre requisitos, que por supuesto nunca lograba cumplir, porque la vida es difícil de navegar. No tener planes a los que aferrarme significó que cuando llegó el momento, supe reconocer la oportunidad que se abría ante mí para irme de la casa materna, que era algo que venía queriendo hace años, que ha sido probablemente lo más importante que he hecho en la vida, y que además era lo más aterrador que se me podía ocurrir. Me di cuenta, cuando fue propicio, que muy seguramente no iba a alcanzar a tachar todo lo que tenía en la check list pre mudada, y que quizás no era tan descabellado que fuera resolviendo algunas cosas en el camino, y que no me iba a morir si algunas cosas no eran exactamente como las había planeado siempre que tuviera lo más importante.

Ahora, ocho meses después, podría decir que la lección aprendida es que las cosas siempre salen mejor de lo que me lo espero, pero la verdad es que no es así.

Más o menos la mitad más una de las cosas que temía que podían salir mal si me iba de casa antes de estar “lista”, pasaron. Y además, como siempre, pasaron otras que ni siquiera había contemplado, así que de alguna forma no había estado tan equivocada. Pero sí lo había estado, porque mientras todo pasaba, tres cosas que nunca se me habían ocurrido se hicieron evidentes e indiscutibles.

La primera, que fue un poco un golpe a mi ego, es que tuve que admitir que probablemente hubiera podido irme de casa hace un tiempo. Tuve que aceptar la realidad de que estaba aterrorizada de hacerlo, por mucho que lo quisiera, y que quizás sea justo decir que llevaba algún tiempo auto saboteando la idea, convenciéndome a mí misma de que aún no era el momento, porque no estaba “lista”. Ahora entiendo que el momento era el que yo decidiera, porque no tener todo resuelto no necesariamente significaba fracaso inevitable (igual que tener todo resuelto no significaba éxito inminente), y que emocionalmente, probablemente nunca estuviera lista, porque es una de esas cosas que te hacen crecer y transformarte como persona y que por eso son las más difíciles de hacer.

La otra cosa que descubrí fue que no me daba suficiente crédito en muchos sentidos. Después de años de sentir que “fracasaba”, me había creado esta imagen de mi misma en la que era una cosa pequeña e insignificante dentro de la vastedad del universo, que si el universo decidía que me iba a hacer mierda, no había nada que yo pudiera hacer para evitarlo, y que me iba a destruir, machacándome poquito a poquito hasta que no quedara nada de mí. Ahora entiendo lo equivocada que estaba. Porque este año hice lo más aterrador que he hecho nunca en la vida, y este año me pasaron cosas desagradables que me hicieron sentir miserable; de hecho, creo que es una aproximación acertada decir que pasé quizás un poco más de la tercera parte del año sintiéndome deprimida/irritada/frustrada/ansiosa por alguna razón u otra. Pero el asunto es que el año se acabó, y aquí estoy, entera. Y no porque los monstruos a los que temía enfrentarme fueran menos malos de lo que me había imaginado, no, fueron terribles, pero resultó que yo no era tan blanda como creía, y mi piel era más gruesa de lo que esperaba cuando me clavaban los dientes.

Así que finalmente se acabó el 2016, que es por mucho el año más loco que he tenido en la vida. Y yo me siento como una persona distinta. Recibí el 2016 sin ambiciones ni metas, convencida de que estaba derrotada de ante mano, y por ende ni siquiera valía la pena el esfuerzo de tratar de luchar por nada que quisiera. Ahora es distinto, ahora entiendo que sí es cierto que la vida puede dar vueltas inesperadas e incontrolables en cualquier momento, pero ya no me siento aterrorizada al respecto, porque luego de todo lo que ha pasado este año, entiendo que soy mucho más resistente de lo que esperaba, y que lo único que puede matarme, es algo que literalmente… Me mate. Mientras eso no pase, encontraré alguna forma de resolver lo demás, incluso si no es del modo que quería. 


Eso no significa que me haya casado con la costumbre de no fijarme metas, una de las cosas malas del 2016 fue que fue por mucho el año menos productivo de mi vida, artística y creativamente hablando. Así que volver a mi hábito de hacer resoluciones de año nuevo, fue lo primero que hice en el 2017. Pero ahora son distintas, antes tenía estas ideas en la cabeza acerca de cosas que pensaba que me iban a hacer una persona más valiosa. Cosas como perder determinado número de kilos en un año, o escribir un libro en un año, o crear un canal exitoso en Youtube, o comprarme un apartamento. Ahora ya no me importa tanto llegar a esas metas porque de repente no siento que necesite alcanzar metas tan específicas para ser una persona más valiosa; ahora se me ocurre que tratar de mejorarme a mí misma me hace una persona más valiosa, entonces mis metas de este año se ven más como: ejercitarme un poco todos los días, escribir un poco todos los días, leer un poco todos los días, experimentar con Youtube si lo disfruto, para divertir y entretener a otras personas, y hacer del sitio en el que viva el mejor y más cómodo posible para mí, y estar agradecida porque lo tengo. 

No quiero decir con esto que hacer propósitos específicos para cumplir durante un año sea una mala idea, si usted se siente con la capacidad y cree que cuenta con las herramientas para cumplir un propósito específico, y que ponérselo como meta es el estímulo que le hace falta, entonces se lo recomiendo y le mando todas las mejores energías, pero el caso es que a mí nunca me han servido estos propósitos, y ponerme metas un poco más abstractas es mi saludable punto medio entre no planear o exigirme nada en lo absoluto, y obsesionarme tratando de micro controlar cada aspecto de mi vida.

Lo curioso es que, mientras más pienso en la nueva forma como veo mis propósitos de año nuevo, mayor es el presentimiento de que este puede que sea por mucho el más productivo año de mi vida. Hace días leí una cita que me ha llamado mucho la atención: “lo poco que hagas todos los días, importa más que lo mucho que hagas de vez en cuando”, cuando la leí tuve uno de esos momentos Eureka en los que me pregunto cómo es que no se me había ocurrido antes si era tan evidente. Propósitos tan grandes y estrictos nunca han hecho sino desmotivarme, asustarme y hacerme dudar de mis propias capacidades. Decir que voy a trabajar cada día, sólo un poco, en las cosas que quiero hacer, quita mucha de la presión al respecto, y por ende, irónicamente, me ayuda a hacer mucho más. Tanto que existe la posibilidad de que este año sí consiga hacer cosas que nunca había podido, o, en su defecto, puede que llegue el fin del 2017 y no haya escrito un libro, pero puede que lleve una gran parte, que es más de lo que hice en el 2016, y de lo que he hecho en muchas ocasiones en las que tener el producto final ha sido mi meta de todo un año.

Al final de todo, el mensaje es que enfrento el 2017 con una actitud radicalmente diferente a la que haya tenido nunca. Toda mi vida había vivido en un péndulo entre el pesimismo extremo y el optimismo ingenuo; por primera vez comprendo que pueden pasar cosas malas en el año que viene adelante, pero tengo la certeza de que podré resolverlas, o en el peor de los casos, sobrellevarlas, y también estoy esperando y lista para reconocer y agradecer todas las cosas buenas que también sé que van a pasar.

Creo que nunca había esperado un año con tantas ansias.

2017, estoy lista para ti.