lunes, 5 de septiembre de 2016

Colombia tiene un cáncer: y somos nosotros.

Yo amo este país, lo amo con cada fibra de mi ser, tanto que quiero que sea en el que pase mi vida, y por eso me mata la angustia cuando veo lo mal que funcionan aquí algunas cosas, cuando temo que todo se complique tanto que no quede de otra sino buscar otros horizontes.


A veces se me olvidan las cosas negativas, cuando estoy demasiado ocupada con las cosas de todos los días y no me queda tiempo de leer las noticias, cuando me entero de algo bueno que está pasando, o cuando escucho de tragedias horribles que pasan en otros lugares, agradezco estar en mi tierra y todas las bendiciones que eso implica, hasta que pasa algo que me revienta la burbuja del enamoramiento y me sacude la perspectiva.

En estos días nuestro país está atravesando un período de transformaciones profundas, un vistazo rápido diría que son cambios muy alentadores, tenemos la oportunidad de poner fin a medio siglo de conflicto armado con una guerrilla que ha desangrado al país; es un largo camino a recorrer pero poner fin al conflicto es el lógico primer paso. Tenía la impresión de que aunque el tema sea complejo, era bastante evidente que, en cualquier caso, que una parte de nuestra población no mate a otra a tiros en las selvas y en los pueblos, era una cosa buena.

Extrañamente, no parece ser tan evidente, para algunos sectores de la población. Esto me ha tenido intrigada y frustrada las últimas semanas, y ha reavivado una incomodidad que tengo hace tiempo con nuestra sociedad, y es la idea constante y agobiante de que arreglar este país puede ser mucho más difícil de lo que nadie alcance a imaginarse, porque el problema no son fallas puntuales del sistema que podamos corregir si nos lo proponemos, no, el problema es que el sistema entero, el país, está conformado por elementos fallidos, y por ende no es sino una máquina imparable de producción de fallas.

La mayor parte de las personas tiene la opinión de que la corrupción estatal es el mayor de nuestros males porque es el que le da pie a todos los demás, que es un cáncer arraigado y difícil de extraer, y yo pensaba lo mismo, pero en estos días tengo en la cabeza una idea mucho más aterradora: la corrupción no es el problema, el problema somos nosotros, los ciudadanos, nosotros somos el cáncer.


Porque es muy fácil pensar que la causa de todos los males es el que está en el poder y nos oprime, es muy cómodo pensar que no hay nada en nuestro poder para cambiar la situación, y por ende, ¿para qué molestarse en intentar? Pero la realidad es que he descubierto que la mayoría de los colombianos tenemos una impresionante incapacidad para darnos cuenta de que los defectos que le achacamos al gobierno, a algún político en particular, o a “la gente”, los practicamos con orgullo todos los días. Ya ni vemos, de lo grande de la viga, pero estamos convencidos de que el otro tiene una paja en el ojo.

Somos un país de personas profundamente egoístas, incapaces de pensar en el bienestar ajeno si no nos beneficia, como se ha evidenciado ahora que tenemos la oportunidad de acabar con un conflicto bélico que la mayoría no hemos sufrido aunque haya hecho parte de la vida de todos. Vivimos atrapados en el terror absoluto de hacer algo bueno que no nos reporte beneficio inmediato porque estamos convencidos de que la única forma de progresar es cada uno por su cuente, porque el otro con toda seguridad nos “va a dar por la cabeza” tan pronto tenga el chance; he llegado a creer que esta noción tan arraigada no es sino la manifestación de la culpa subconsciente que tenemos todos porque sabemos la clase de personas que somos, porque como bien dice el refrán, “el ladrón juzga por su condición”. 

Pero fuera de esa respuesta visceral que delata la consciencia de nuestras propias fallas, nos miramos al espejo todas las mañanas y nos convencemos de somos diferentes al montón, pero mientras tanto nos cansamos de quejarnos de los que venden los votos, pero no vamos a votar; somos incapaces de respetar una fila pero hablamos de cómo son más civilizados en otros países; nos ofendemos cuando el conocido no hace una excepción a las reglas por nosotros, pero exigimos que apliquen para todos los demás; nos decimos pacifistas pero somos incapaces de tener una conversación respetuosa. Sacamos tajada cuando nos mandan a hacer un mandado y pasar una factura a nuestro jefe, pero estamos convencidos de que si tuviéramos en nuestro poder el dinero de los contribuyentes, ese sí no lo tocaríamos.

La realidad, es que parece que los colombianos nacemos con nuestra propia versión del pecado original: todos estamos condenados a ser hipócritas hasta la médula, y esta reflexión tan pesimista en apariencia, es en parte un desahogo, en parte una confesión (porque no me excluyo), pero principalmente es una invitación a que si usted ama este país tanto como yo, tratemos de hacerlo un lugar mejor dentro de nuestras posibilidades, a través de pequeñas acciones, que cambiemos el paradigma de lo que es normal y aceptable. Respete la fila, no se coma el yogurt en el supermercado y luego no lo pague, no venda su voto, no saque tajada del mandado que le mandaron a hacer, enséñele a sus hijos a no hacer trampa, a ser generosos, a ser compasivos. Pueden ser cosas pequeñas, pero tengo la convicción de que si todos nos diéramos a la tarea de convertirnos en personas decentes, comenzaríamos a ser más consecuentes, y más exigentes con aquellos a los que les damos el poder de manejar el país que tanto queremos. Sólo entonces las cosas cambiarían. Recuerde el adagio africano: Si usted cree que es muy pequeño para causar una diferencia, trate de dormir con un mosquito en su alcoba.


En el peor de los casos, incluso si usted no ve que sus acciones se transmiten como ejemplo a los demás, si no ve que causa un impacto, entonces al menos, querido compatriota, tendrá el derecho a quejarse de lo mal que anda este país sin incurrir en la más cínica hipocresía, e incluso eso será mejor que lo que ahora hace.


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