lunes, 12 de septiembre de 2016

El señor por el que no pierdo la fe en los hombres


Yo soy feminista, pero no suele irme muy bien cuando lo digo. No me va bien cuando lo digo y mi interlocutor está en desacuerdo con el movimiento y con lo que representa, o peor, cree estarlo a base de una desinformación que da grima. Pero eso no es todo, además tengo acumuladas en la última década incontables experiencias en las que, por otro lado, he sido tildada de no ser “lo suficientemente feminista” por mis compañeras de lucha, que ven de mala manera mis “aguas tibias”, porque hago el ejercicio consciente de darle mucho más crédito a los hombres que la mayoría, y porque me rehúso a desprenderme de ciertas nociones que la sociedad nos ha asignado históricamente.
De cualquier manera, bien sea porque las acciones de unos invitan a radicalizarse por generalización y el discurso de las otras que invita a lo mismo por presión social, a veces me pregunto a mí misma cómo logro mantener una mente centrada y el equilibrio en mis convicciones, por qué no pierdo la fe en los hombres, a pesar de que cada día tengo que lidiar con la basura de un sistema de micro-machismo que a veces no es sino asfixiante.
Por supuesto que es en gran parte porque tengo la fortuna de estar rodeada de gente que me hace sentir segura, mis amigas y amigos y mi familia son increíbles redes de apoyo en las que siento confianza para ser yo misma con libertad, tengo el privilegio además de tener en mi vida a hombres maravillosos, conscientes de que las limitaciones sociales los perjudican a ellos tanto como a nosotras, y dispuestos a una comunicación abierta que nos permita construir una sociedad mucho más igualitaria.
Y eso es maravilloso y sí es verdad que ayuda mucho, pero no es la única razón por la que no pierdo la fe en que una sociedad diferente es posible, principalmente porque sé que hay un componente emocional en mi relación con estos hombres, y que juega un papel en su comportamiento, y eso de hecho me genera sentimientos encontrados. Me incomoda la idea de que deba haber un beneficio incluido para hacer a alguien considerar que puede estar equivocado, incluso si el beneficio es algo tan sencillo como tener una mejor relación con alguien a quien ama y que sucede ser feminista. Me preocupa la idea de que sea una cuestión meramente subjetiva, porque eso significa que puede que haya una importante porción de la población que nunca va a cambiar de opinión, y eso es muy inquietante.
Quisiera tener la certeza de que todos tenemos en nuestro interior la capacidad para examinar reflexivamente nuestros comportamientos y las fallas en ellos, y comprender la necesidad de un cambio real, que pueden abrirse al diálogo porque es lo correcto y porque el mundo lo necesita, no porque venga con un beneficio.
Siendo ese el caso, cuando ni siquiera la aceptación de los hombres en mi vida me tranquiliza del todo, ¿por qué sigo creyendo que se puede algo mejor? Por un pequeño evento que sucedió sólo una vez, que tardó menos de un minuto, y que marcó mi opinión para siempre.

Cualquier mujer sabe que caminar sola por las calles de Barranquilla es ejercitar unos nervios de acero, porque toca soportar no sólo miradas descaradas y sin disimulo, sino en casi todos los casos también palabras desagradables, y en contadas ocasiones incluso avances aterradores. El caso en cuestión no comenzó como la excepción, caminaba por la calle y me miraban y me decían cosas, nada nuevo, pero la incomodidad creció exponencialmente cuando un sujeto decidió aprovechar que aparentemente íbamos en la misma dirección (aquí he de admitir que no es por darle crédito, la verdad es que pensar que deliberadamente cambió de rumbo para perseguirme me da miedo en retrospectiva) para comenzar a decirme cosas de un modo bastante más atrevido. Que él vivía por ahí cerca, que por qué no íbamos a su apartamento un rato, etc. Típicamente hago de tripas corazón a estas cosas, no sé si es que no sé bien cómo manejar esta situación, pero el caso es que nunca que he tratado de quitarme de encima un tipo lo he conseguido, cualquiera que sea mi respuesta, no hace sino incentivarlos más, así que me resigno a que se aburran solos cuando no encuentren respuesta alguna en mí.

Pero el que me había tocado en esta ocasión no se aburría, y pronto comencé a dejar la incomodidad a un lado y más bien ponerme bastante nerviosa. Fueron los cinco minutos más largos de mi vida, y por mucho que me esforzara, no lograba caminar lo suficientemente rápido para llegar al sitio al que iba, pero fue cuando comenzaba a desesperarme en verdad, intervino el que por siempre marcará la forma en la que veo a los hombres, y el potencial dentro de ellos. Era un señor de quizás unos 50 años, y que por como caminaba parecía que llevaba incluso más afán que yo; pasó caminando entre nosotros dos (el tipo que me acosaba y yo), y sin reparo le gruñó al tipo que “deje a la muchacha en paz”. El susodicho no tuvo que oírlo dos veces, su cara de shock fue impresionante y de inmediato aligeró el pasó y yo, todavía muerta de los nervios lo dejé atrás rápidamente.
No se imaginan lo transformadora que fue esta experiencia, es algo en lo que literalmente he pensado durante años. No se me olvida el miedo que sentí como en tantas otras ocasiones, pero tampoco la estupefacta incredulidad cuando después me puse a pensar en lo que había ocurrido. Puede parecer una exageración que un evento tan simple me haya marcado, lo que espero que les haga tener una idea de lo mal que la pasa una en la calle típicamente.
Lo que hace realmente memorable la experiencia no es que nunca me hubiera pasado que nadie saliera a mi rescate, sino el hecho exasperante de que las únicas dos ocasiones que puedo recordar que eso pasara, los que salieron a mi defensa, lo hicieron con la repugnante intención de esperar que yo estuviera tan agradecida con ellos que los premiara con atención positiva, exactamente lo mismo que los acosadores originales querían sacarme a la fuerza; en definitiva, haber sido “rescatada” no fue agradable en ninguna de esas dos ocasiones.
Pero no fue eso lo que pasó en esta ocasión, de hecho fue radicalmente diferente. Este señor a quien probablemente nunca vuelva a ver, se limitó a sacarme de encima al pesado que me estaba molestando, y luego simplemente siguió su camino. Ni si quiera volteó a mirarme, ni siquiera le vi la cara nunca. Lo irónico, es que en su falta de interés me sentí mucho más valorada de lo que lo he hecho alguna vez que algún tipo me ha dicho algo en la calle, y luego de un rato, cuando superé la estupefacción, también me sentí mucho más agradecida que las otras dos ocasiones en las que alguien había intercedido por mí antes. Porque no buscaba nada a cambio, ni tenía interés alguno; hizo lo que hizo simplemente porque era lo correcto, y a lo mejor luego de un rato lo olvidó, y no se alcanza a imaginar el efecto que tuvo en mí, y lo mucho que intercedió con su pequeño acto en favor de sus congéneres, a los que por él, me siento con el deber de darles más crédito, y de creer que son capaces de más.
Además la experiencia fue transformadora también porque me hizo corroborar lo que siempre presentí: en un mundo desigual, por irónico que parezca, las mujeres necesitamos que los hombres nos ayuden a luchar por una transformación, y los hombres no tienen idea de que su privilegio es tanto, que si fueran ellos los interesados en luchar por nuestros derechos, hace mucho que la situación sería distinta, si bien soy sólo una persona, mi experiencia marca mi opinión:
Nunca, sin importar lo que haya hecho, he conseguido que un tipo me deje en paz en la calle, todo lo contrario, he sido reducida a tener la esperanza de que se aburran ellos mismos lo suficientemente pronto. Por el contrario, cada vez que otro hombre ha intercedido por mí, ha sido exitoso, bien sea alguno de los dos idiotas que lo hicieron en la calle en su momento, o bien sea alguien que conozco que con su presencia o acciones me marca como “suya”, lo que apenas basta para mantener a raya a los demás, si bien no por respeto a mí como individuo, sino al hombre que me acompaña porque paso a ser su territorio.
Los números no hablan bien de la experiencia de las mujeres, y es una realidad que a la sociedad le cuesta aceptar, porque es una realidad aberrante y bochornosa, porque pedirles que examinen su privilegio ataca la delicada autoestima de la mayoría de los hombres, porque para desgracia de todos vivimos en una sociedad que le enseña a los hombres que no son valiosos si no encarnan estas ideas tóxicas de machismo y poder. Así que el camino es largo, y sí es verdad que la mayor parte del tiempo se siente como luchar contra lo imposible, pero cuando siento que no vale la pena intentarlo, que no tiene sentido tratar de abrir estas discusiones con las personas que me rodean, porque no puedo esperar una respuesta positiva, trato de recordarme a mí misma que ya tengo de mi lado a muchos que opinaban diferente antes de que yo entrara en sus vidas, y que eso puede ser sólo porque me aman, pero quizás no, porque quizás hay muchos más allí afuera como ese señor, que me sacó de un atolladero sólo porque era lo correcto, y de pronto, estos hombres que quiero y que tratan de ser mejores por mí, también puedan hacer lo mismo un día, por otra como yo, y poco a poco, el mundo sea un lugar mucho mejor para todas, y para todos.



lunes, 5 de septiembre de 2016

Colombia tiene un cáncer: y somos nosotros.

Yo amo este país, lo amo con cada fibra de mi ser, tanto que quiero que sea en el que pase mi vida, y por eso me mata la angustia cuando veo lo mal que funcionan aquí algunas cosas, cuando temo que todo se complique tanto que no quede de otra sino buscar otros horizontes.


A veces se me olvidan las cosas negativas, cuando estoy demasiado ocupada con las cosas de todos los días y no me queda tiempo de leer las noticias, cuando me entero de algo bueno que está pasando, o cuando escucho de tragedias horribles que pasan en otros lugares, agradezco estar en mi tierra y todas las bendiciones que eso implica, hasta que pasa algo que me revienta la burbuja del enamoramiento y me sacude la perspectiva.

En estos días nuestro país está atravesando un período de transformaciones profundas, un vistazo rápido diría que son cambios muy alentadores, tenemos la oportunidad de poner fin a medio siglo de conflicto armado con una guerrilla que ha desangrado al país; es un largo camino a recorrer pero poner fin al conflicto es el lógico primer paso. Tenía la impresión de que aunque el tema sea complejo, era bastante evidente que, en cualquier caso, que una parte de nuestra población no mate a otra a tiros en las selvas y en los pueblos, era una cosa buena.

Extrañamente, no parece ser tan evidente, para algunos sectores de la población. Esto me ha tenido intrigada y frustrada las últimas semanas, y ha reavivado una incomodidad que tengo hace tiempo con nuestra sociedad, y es la idea constante y agobiante de que arreglar este país puede ser mucho más difícil de lo que nadie alcance a imaginarse, porque el problema no son fallas puntuales del sistema que podamos corregir si nos lo proponemos, no, el problema es que el sistema entero, el país, está conformado por elementos fallidos, y por ende no es sino una máquina imparable de producción de fallas.

La mayor parte de las personas tiene la opinión de que la corrupción estatal es el mayor de nuestros males porque es el que le da pie a todos los demás, que es un cáncer arraigado y difícil de extraer, y yo pensaba lo mismo, pero en estos días tengo en la cabeza una idea mucho más aterradora: la corrupción no es el problema, el problema somos nosotros, los ciudadanos, nosotros somos el cáncer.


Porque es muy fácil pensar que la causa de todos los males es el que está en el poder y nos oprime, es muy cómodo pensar que no hay nada en nuestro poder para cambiar la situación, y por ende, ¿para qué molestarse en intentar? Pero la realidad es que he descubierto que la mayoría de los colombianos tenemos una impresionante incapacidad para darnos cuenta de que los defectos que le achacamos al gobierno, a algún político en particular, o a “la gente”, los practicamos con orgullo todos los días. Ya ni vemos, de lo grande de la viga, pero estamos convencidos de que el otro tiene una paja en el ojo.

Somos un país de personas profundamente egoístas, incapaces de pensar en el bienestar ajeno si no nos beneficia, como se ha evidenciado ahora que tenemos la oportunidad de acabar con un conflicto bélico que la mayoría no hemos sufrido aunque haya hecho parte de la vida de todos. Vivimos atrapados en el terror absoluto de hacer algo bueno que no nos reporte beneficio inmediato porque estamos convencidos de que la única forma de progresar es cada uno por su cuente, porque el otro con toda seguridad nos “va a dar por la cabeza” tan pronto tenga el chance; he llegado a creer que esta noción tan arraigada no es sino la manifestación de la culpa subconsciente que tenemos todos porque sabemos la clase de personas que somos, porque como bien dice el refrán, “el ladrón juzga por su condición”. 

Pero fuera de esa respuesta visceral que delata la consciencia de nuestras propias fallas, nos miramos al espejo todas las mañanas y nos convencemos de somos diferentes al montón, pero mientras tanto nos cansamos de quejarnos de los que venden los votos, pero no vamos a votar; somos incapaces de respetar una fila pero hablamos de cómo son más civilizados en otros países; nos ofendemos cuando el conocido no hace una excepción a las reglas por nosotros, pero exigimos que apliquen para todos los demás; nos decimos pacifistas pero somos incapaces de tener una conversación respetuosa. Sacamos tajada cuando nos mandan a hacer un mandado y pasar una factura a nuestro jefe, pero estamos convencidos de que si tuviéramos en nuestro poder el dinero de los contribuyentes, ese sí no lo tocaríamos.

La realidad, es que parece que los colombianos nacemos con nuestra propia versión del pecado original: todos estamos condenados a ser hipócritas hasta la médula, y esta reflexión tan pesimista en apariencia, es en parte un desahogo, en parte una confesión (porque no me excluyo), pero principalmente es una invitación a que si usted ama este país tanto como yo, tratemos de hacerlo un lugar mejor dentro de nuestras posibilidades, a través de pequeñas acciones, que cambiemos el paradigma de lo que es normal y aceptable. Respete la fila, no se coma el yogurt en el supermercado y luego no lo pague, no venda su voto, no saque tajada del mandado que le mandaron a hacer, enséñele a sus hijos a no hacer trampa, a ser generosos, a ser compasivos. Pueden ser cosas pequeñas, pero tengo la convicción de que si todos nos diéramos a la tarea de convertirnos en personas decentes, comenzaríamos a ser más consecuentes, y más exigentes con aquellos a los que les damos el poder de manejar el país que tanto queremos. Sólo entonces las cosas cambiarían. Recuerde el adagio africano: Si usted cree que es muy pequeño para causar una diferencia, trate de dormir con un mosquito en su alcoba.


En el peor de los casos, incluso si usted no ve que sus acciones se transmiten como ejemplo a los demás, si no ve que causa un impacto, entonces al menos, querido compatriota, tendrá el derecho a quejarse de lo mal que anda este país sin incurrir en la más cínica hipocresía, e incluso eso será mejor que lo que ahora hace.