lunes, 4 de enero de 2016

Mi 2016 es como caminar encuera por la calle.

Voy a ser franca aquí, tuve un año del orto (les juro que no hay otra forma de decirlo). Vi marcharse de varias formas gente que quería en mi vida, y a otra tuve que sacarla a la fuerza, viéndola a los ojos; nunca antes había tenido que enfrentar tantas veces seguidas aquello que más temor me causa; a la hora de probarme a mí misma resulté no ser tan buena como quería creer, me enfrenté a mis demonios y no salí victoriosa. Sentí que fue un año larguísimo que se negaba a acabarse, a dejar de tirarme caca cósmica encima, y al mismo tiempo uno en el que los meses pasaron cada uno en un santiamén, sin apenas darme la oportunidad de conseguir nada de lo que me propuse, sin darme tiempo para construir la persona que quiero ser.


Con los traumas aún frescos, el 31 vino a mí junto a la pesimista certeza de que lo único que se resetea ese día es el calendario; por lo demás cargo con mis maletas en el umbral del 2016 y con esa idea, mi instinto de auto preservación se estremece inquietoy mi orgullo herido mete la cola entre las patas ante la idea de agrandar la pila de resoluciones fracasadas.

Esta disposición cerrada y fría me es impropia, claro, a mí que tengo por modus operandi tener plan de acción para todo, y planes de contingencia desde el B hasta el Z. Soy controladora por naturaleza, y la idea de no saber qué va a pasar es de las cosas que más angustia me causan.

Pero heme aquí a cuatro de enero y sin resoluciones, desarmada ante la posibilidad del fracaso. Enfrento el 2016 como enfrentaría a un oso: haciéndome la muertita con la esperanza de que no me dé tan duro.

La verdad es que no sé si me dure, pero por el momento es lo que este cuerpo pide, así que ando por la vida sin promesas que cumplirme a mí misma, ni a nadie, y comenzando a preguntarme si no será que al final hasta resulta mejor, enfrentar cada día con su afán propio y sin pensar en todos los que vienen adelante (¿soy yo la que digo esto? Me cuesta creerlo), sólo ser y estar en el momento presente, a ver qué pasa, a ver a dónde nos leva la ola.

Creo que por primera vez en la vida he soltado el timón, aunque he de admitir que me muero de miedo. Trato de confortarme pensando que no tener expectativas no puede ser mucho más trágico que vivir agobiada por no cumplir las que me pongo yo misma, que son durísimas, incluso si ahora mismo se siente tan antinatural como salir encuera por la calle.

Cruel 2015, terrible 2015, no veía la hora de que te acabaras, y no voy a extrañarte, y sin embargo no sería justo de mi parte decir que no me dejaste nada, porque quiero más bien pensar que con cada golpe que me diste te robé una lección.

Aprendí que nunca es demasiado pronto para hacer las cosas por adelantado, ya que parezco destinada a que mi vida sea ejemplo perfecto de la Ley de Murphy y todo lo que pueda salir mal salga terrible cuando menos tiempo tengo para contingencia.

Aprendí, y fue lo más duro, que aveces hay que dejar ir incluso a quienes más amamos y que más nos aman, aunque parezca que nos mata por dentro, porque ni el amor más grande es suficiente si viene con dolor y aveces lo más sano es amarnos con espacio suficiente para no hacernos daño.

Aprendí también que hay que dejar ir a esas que no quieren ser parte de nuestra vida y que no se cansan de demostrarlo, aunque hayamos perdido todo el tiempo del mundo haciéndoles espacio en nuestro universo. Hay que dejarlos marchar sin rencor, aunque el dolor del abandono sea grande, porque nadie nos debe nada. Ya vendrá gente que nos haga bien y que se quiera quedar.

Aprendí que tengo que ser sincera con los demás, y conmigo misma, acerca de qué espero de los otros, y qué estoy dispuesta a dar a cambio. Ninguna relación puede florecer de la hipocresía.

Aprendí que hay más gusto en trabajar duro por lo que quiero que sentir que no merezco eso que me es dado de gratis. De paso aprendí que nada es realmente gratis en esta vida.

Aprendí, a las malas, que no a todas las oportunidades se les puede decir que sí, porque no todas son tan buenas, y porque algunas sólo no son para nosotros, aunque sea incluso mejores de lo que pintan.

Aprendí que a lo mejor no está tan mal hacer las cosas a mi ritmo, aunque todos vivan más rápido, y que a la hora de elegir con quién pasar el resto de la vida, es mejor mirar dos veces.

Lo último, pero no lo menos importante, este año las cosas malas me recordaron que también tengo gente que me quiere bien, unos amigos que aunque no muchos son buenísimos, y a quien definitivamente no puede ser descrito sino como mi alma gemela, y el mejor hombre del mundo.

Y aunque todo lo demás haya sido una hecatombe, por eso, estoy muy, muy agradecida.

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