lunes, 18 de enero de 2016

Me dio crisis de los 25 (o "Lento y no tan seguro pero ahí vamos")

Si me conocen deben saber que tengo una gran fijación con los cumpleaños.


No niego que pueda haber algo de egocentrismo y una subyacente crisis de autoestima en esta fijación mía, pero creo que la razón más importante es que amo ver reunida a la gente que quiero. Siento que mi vida y la de mis amigos se ha hecho tan complicada y ocupada, que aveces sólo en ocasiones muy especiales como esas encontramos una buena razón para poner todo de lado y vernos.

Y aunque ame la fecha, este año supe que iba a tener que hacer un esfuerzo por tomármelo bien y con calma; después de todo finalmente cumplía 25, y no en vano el número viene acompañado con su respectiva crisis emocional clínicamente reconocida. 

La llamada crisis del cuarto de vida me pegó como un tren a toda marcha, y la verdad es que era para esperarse, porque señoras y señores a la hora de ser franca yo estoy como dirían las abuelitas... Quedada.

Es la verdad, y aunque suene duro decirlo de mí misma no me pesa admitir que esta no es para nada la forma como esperaba estar viviendo a estas alturas. 


El plan era que a esta edad ya iba a tener el súper tabajo que me iba a dar suficiente para mantener la vida cosmopolita que iba a llevar. Iba a tener mi propio apartamento y carro, iba a viajar y darme la gran vida... En cambio sigo viviendo en casa de mis viejos y cogiendo bus. Duro despertar.

Es casi misión imposible no sentirme decepcionada si hago una comparación con lo que esperaba de la vida, los resultados son poco alentadores, aparentemente, y no ayuda fijarse en otras personas que parece que la llevan mucho mejor.

El caso en cuestión en estos días: Confesaré que durante los últimos meses, tuve unos cuantos momentos de debilidad en los que dejé que el espíritu del stalkeo se apoderara de esta pobre humanidad e hiciera de las suyas, echándole más de un curioso vistazo al perfil de Facebook de la hija de una conocida de la familia, a quien a mi amada progenitora le gusta, por cierto, ponerme de ejemplo. Y con justa razón: además de muy agraciada y a la línea, es inteligentísima y súper exitosa laboralmente, con un par de empleos en su haber que de hecho me parecen muy interesantes, una afluencia económica no difícil de deducir y además un novio con el que hace muy poco se casó; siempre con una sonrisa en los labios y espiritualmente centrada. En fin, llevando la vida más envidiable que se me pudiera ocurrir. 

Vamos por ahí y ya es difícil la cosa, es difícil no mirarme en el espejo de alguien que en cualidades parece bastante similar a mí, pero que en resultado me aventaja brutalmente, pero el golpe de gracia fue enterarme un día, ¡que apenas y es unos meses mayor que yo! 



Se podrán imaginar el grado de trauma que esto me causó, fue peor que enterarme que Jeniffer Lawrence era casi un año menor que yo, porque a esta chica la conocía. Por días me martiricé en silencio: ¿será que no era lo suficientemente buena? ¿Por qué tenía que haber cometido tantos errores? El autoestima al piso y un sentimiento total de fracaso que me duró un poco más de una semana hasta que el universo me mandó una señal que era imposible ignorar: mi querida Miss Perfección tuvo la osadía de ensuciar mi muy decente inicio de Facebook con uno de los comentarios más impresionantemente homofóbicos que  he tenido la desgracia de leer. 

Por supuesto nada como una gorda dosis de homofobia temprano en la mañana  para despabilarme. Y aunque obviamente fue desagradable, en retrospectiva me alegro mucho de que haya sucedido, porque era justo lo que necesitaba. Verán, hay pocas cosas que yo aborrezca más que la homofobia, así que mi opinión acerca de Miss Perfección cambió radicalmente en cuestión de un minuto.

Sé que parece muy tonto de mi parte, pero sólo apenas me di cuenta de que en realidad nuestras naturalezas no podían ser más diferentes, y por su puesto, esta revelación vino acompañada de un gran sentimiento de liberación.

Aunque nuestras naturalezas y talentos parezcan afines, nuestras circunstancias nos han formado en individuos distintos, con opiniones y metas distintas. Me di cuenta de que en realidad, y a pesar de todas las cosas de las que carezco, prefería ser yo, llena de amor ye incapaz de juzgar la forma como otros deciden amar a su vez, y no ella, cuya fe le hace creerse con el derecho de decir a dónde nos vamos todos después de que nos entierren. 

De igual forma son incomparables nuestros logros, no conozco las pruebas que ella ha enfrentado pero sí las que me han tocado a mí, y sé que he enfrentado cada situación dando de mí todo de lo que era capaz en el momento, sé que he usado cada herramienta que he conseguido a lo largo del camino, cada lección.  Había estado siendo demasiado dura conmigo misma, y en realidad la única persona con la que puedo compararme es con mi yo pasada, esa es la que me dice si he avanzado o no.

Y sí que lo he hecho, la yo de 15 años que planeó esa vida perfecta que ahora me hace sentir un fail, no hubiera podido alcanzar a imaginar las cosas que me pasaron luego de un par de años, o de ocho, la yo de esa época pensaba construir esa vida sobre cosas con las que contaba y a las que daba por sentado, pero que luego me fueron arrebatadas de golpe. Durante los últimos diez años hubo tres instancias en las que me quedé sin nada, y no exagero, hablo de no tener comida en el refri y deber mucha renta y no tener ni un peso ni de dónde sacarlo porque ya le debía plata a todo el mundo y estaba desempleada, momentos en los que mi vida se convertía en la leyd e Murphy y todo lo que podía salir mal se re iba a la mierda, y me quedaba sin tener idea de cómo volver a armar mi vida. 


Y sin embargo en cada ocasión volví a armarla, de a poquitos, lentamente y un poco cachureta, pero la armé, y aunque ahora no sea la que había planeado, en realidad estoy orgullosa de ella.

Puede que no tenga un empleo que me permita darme la gran vida, pero en su lugar tengo una micro empresa que es sólo mía que me permite cada vez más estabilidad e independencia económica, en la que hago algo que amo, donde exploto mi talento y donde soy mi propia jefa y hasta puedo manejar mi tiempo de un modo que también me permite dedicarme a escribir que es la gran pasión de mi vida. Puede que no haya salido a conocer el mundo, pero he tenido todo el tiempo del mundo para conocerme a mí misma, y hacer viajes interiores que me han despertado espiritualmente, y aunque una tormenta vive rugiendo dentro de mí, cada vez me siento más cercana a la luz. Quizás no parezco tan fashion o cool, o sexy como me imaginaba ser, pero a lo mejor por eso no se me subieron las ínfulas, por eso me quedé con mis amigos de siempre, a seguir ñoñeando con ellos aunque ya nos estemos poniendo viejos por eso los valoro cada día más, y por eso me di la oportunidad de tener a mi lado a mi mejor amigo que es el mejor hombre del mundo y con el que quiero pasar el resto de mis días. 

De todas formas sigo planeando la vida de mis sueños, aunque el plan ahora ya no es un sexy apartamento de soltera y un New Beetle, sino más bien una casa donde quepan los dos perros, los tres gatos, las tres tortugas y los niños, y un carro que no nos quede estrecho para los paseos. Y todos los días pienso en eso, no puedo evitarlo, pero como la experiencia me ha enseñado, también pienso que las cosas que tengo ahora, sobre las que pienso construir esa vida, las puedo perder, y porque mi vida es inestable, constantemente me veo a punto de ese horizonte, pero he decidido que quizás ese no sea el fin del mundo, después de todo, si ya construí mi vida tres veces, siempre voy a poder hacerlo de nuevo, siempre un poco mejor, siempre un poco más experimentada, siempre un poco menos sola.

Y si mañana lo pierdo todo de nuevo, póngale la firma que lloraré hasta que me quede seca, pero en algún momento me levantaré, y me haré una vida nueva, y unos sueños nuevos, y no importa cómo luzcan, voy a dar todo de mí para estar orgullosa de ellos, aunque sea sólo porque vienen de mí, y porque son la evidencia de que siempre puedo comenzar de nuevo. No tiene nada de malo hacer las cosas a mi ritmo.


lunes, 4 de enero de 2016

Mi 2016 es como caminar encuera por la calle.

Voy a ser franca aquí, tuve un año del orto (les juro que no hay otra forma de decirlo). Vi marcharse de varias formas gente que quería en mi vida, y a otra tuve que sacarla a la fuerza, viéndola a los ojos; nunca antes había tenido que enfrentar tantas veces seguidas aquello que más temor me causa; a la hora de probarme a mí misma resulté no ser tan buena como quería creer, me enfrenté a mis demonios y no salí victoriosa. Sentí que fue un año larguísimo que se negaba a acabarse, a dejar de tirarme caca cósmica encima, y al mismo tiempo uno en el que los meses pasaron cada uno en un santiamén, sin apenas darme la oportunidad de conseguir nada de lo que me propuse, sin darme tiempo para construir la persona que quiero ser.


Con los traumas aún frescos, el 31 vino a mí junto a la pesimista certeza de que lo único que se resetea ese día es el calendario; por lo demás cargo con mis maletas en el umbral del 2016 y con esa idea, mi instinto de auto preservación se estremece inquietoy mi orgullo herido mete la cola entre las patas ante la idea de agrandar la pila de resoluciones fracasadas.

Esta disposición cerrada y fría me es impropia, claro, a mí que tengo por modus operandi tener plan de acción para todo, y planes de contingencia desde el B hasta el Z. Soy controladora por naturaleza, y la idea de no saber qué va a pasar es de las cosas que más angustia me causan.

Pero heme aquí a cuatro de enero y sin resoluciones, desarmada ante la posibilidad del fracaso. Enfrento el 2016 como enfrentaría a un oso: haciéndome la muertita con la esperanza de que no me dé tan duro.

La verdad es que no sé si me dure, pero por el momento es lo que este cuerpo pide, así que ando por la vida sin promesas que cumplirme a mí misma, ni a nadie, y comenzando a preguntarme si no será que al final hasta resulta mejor, enfrentar cada día con su afán propio y sin pensar en todos los que vienen adelante (¿soy yo la que digo esto? Me cuesta creerlo), sólo ser y estar en el momento presente, a ver qué pasa, a ver a dónde nos leva la ola.

Creo que por primera vez en la vida he soltado el timón, aunque he de admitir que me muero de miedo. Trato de confortarme pensando que no tener expectativas no puede ser mucho más trágico que vivir agobiada por no cumplir las que me pongo yo misma, que son durísimas, incluso si ahora mismo se siente tan antinatural como salir encuera por la calle.

Cruel 2015, terrible 2015, no veía la hora de que te acabaras, y no voy a extrañarte, y sin embargo no sería justo de mi parte decir que no me dejaste nada, porque quiero más bien pensar que con cada golpe que me diste te robé una lección.

Aprendí que nunca es demasiado pronto para hacer las cosas por adelantado, ya que parezco destinada a que mi vida sea ejemplo perfecto de la Ley de Murphy y todo lo que pueda salir mal salga terrible cuando menos tiempo tengo para contingencia.

Aprendí, y fue lo más duro, que aveces hay que dejar ir incluso a quienes más amamos y que más nos aman, aunque parezca que nos mata por dentro, porque ni el amor más grande es suficiente si viene con dolor y aveces lo más sano es amarnos con espacio suficiente para no hacernos daño.

Aprendí también que hay que dejar ir a esas que no quieren ser parte de nuestra vida y que no se cansan de demostrarlo, aunque hayamos perdido todo el tiempo del mundo haciéndoles espacio en nuestro universo. Hay que dejarlos marchar sin rencor, aunque el dolor del abandono sea grande, porque nadie nos debe nada. Ya vendrá gente que nos haga bien y que se quiera quedar.

Aprendí que tengo que ser sincera con los demás, y conmigo misma, acerca de qué espero de los otros, y qué estoy dispuesta a dar a cambio. Ninguna relación puede florecer de la hipocresía.

Aprendí que hay más gusto en trabajar duro por lo que quiero que sentir que no merezco eso que me es dado de gratis. De paso aprendí que nada es realmente gratis en esta vida.

Aprendí, a las malas, que no a todas las oportunidades se les puede decir que sí, porque no todas son tan buenas, y porque algunas sólo no son para nosotros, aunque sea incluso mejores de lo que pintan.

Aprendí que a lo mejor no está tan mal hacer las cosas a mi ritmo, aunque todos vivan más rápido, y que a la hora de elegir con quién pasar el resto de la vida, es mejor mirar dos veces.

Lo último, pero no lo menos importante, este año las cosas malas me recordaron que también tengo gente que me quiere bien, unos amigos que aunque no muchos son buenísimos, y a quien definitivamente no puede ser descrito sino como mi alma gemela, y el mejor hombre del mundo.

Y aunque todo lo demás haya sido una hecatombe, por eso, estoy muy, muy agradecida.