lunes, 12 de septiembre de 2016

El señor por el que no pierdo la fe en los hombres


Yo soy feminista, pero no suele irme muy bien cuando lo digo. No me va bien cuando lo digo y mi interlocutor está en desacuerdo con el movimiento y con lo que representa, o peor, cree estarlo a base de una desinformación que da grima. Pero eso no es todo, además tengo acumuladas en la última década incontables experiencias en las que, por otro lado, he sido tildada de no ser “lo suficientemente feminista” por mis compañeras de lucha, que ven de mala manera mis “aguas tibias”, porque hago el ejercicio consciente de darle mucho más crédito a los hombres que la mayoría, y porque me rehúso a desprenderme de ciertas nociones que la sociedad nos ha asignado históricamente.
De cualquier manera, bien sea porque las acciones de unos invitan a radicalizarse por generalización y el discurso de las otras que invita a lo mismo por presión social, a veces me pregunto a mí misma cómo logro mantener una mente centrada y el equilibrio en mis convicciones, por qué no pierdo la fe en los hombres, a pesar de que cada día tengo que lidiar con la basura de un sistema de micro-machismo que a veces no es sino asfixiante.
Por supuesto que es en gran parte porque tengo la fortuna de estar rodeada de gente que me hace sentir segura, mis amigas y amigos y mi familia son increíbles redes de apoyo en las que siento confianza para ser yo misma con libertad, tengo el privilegio además de tener en mi vida a hombres maravillosos, conscientes de que las limitaciones sociales los perjudican a ellos tanto como a nosotras, y dispuestos a una comunicación abierta que nos permita construir una sociedad mucho más igualitaria.
Y eso es maravilloso y sí es verdad que ayuda mucho, pero no es la única razón por la que no pierdo la fe en que una sociedad diferente es posible, principalmente porque sé que hay un componente emocional en mi relación con estos hombres, y que juega un papel en su comportamiento, y eso de hecho me genera sentimientos encontrados. Me incomoda la idea de que deba haber un beneficio incluido para hacer a alguien considerar que puede estar equivocado, incluso si el beneficio es algo tan sencillo como tener una mejor relación con alguien a quien ama y que sucede ser feminista. Me preocupa la idea de que sea una cuestión meramente subjetiva, porque eso significa que puede que haya una importante porción de la población que nunca va a cambiar de opinión, y eso es muy inquietante.
Quisiera tener la certeza de que todos tenemos en nuestro interior la capacidad para examinar reflexivamente nuestros comportamientos y las fallas en ellos, y comprender la necesidad de un cambio real, que pueden abrirse al diálogo porque es lo correcto y porque el mundo lo necesita, no porque venga con un beneficio.
Siendo ese el caso, cuando ni siquiera la aceptación de los hombres en mi vida me tranquiliza del todo, ¿por qué sigo creyendo que se puede algo mejor? Por un pequeño evento que sucedió sólo una vez, que tardó menos de un minuto, y que marcó mi opinión para siempre.

Cualquier mujer sabe que caminar sola por las calles de Barranquilla es ejercitar unos nervios de acero, porque toca soportar no sólo miradas descaradas y sin disimulo, sino en casi todos los casos también palabras desagradables, y en contadas ocasiones incluso avances aterradores. El caso en cuestión no comenzó como la excepción, caminaba por la calle y me miraban y me decían cosas, nada nuevo, pero la incomodidad creció exponencialmente cuando un sujeto decidió aprovechar que aparentemente íbamos en la misma dirección (aquí he de admitir que no es por darle crédito, la verdad es que pensar que deliberadamente cambió de rumbo para perseguirme me da miedo en retrospectiva) para comenzar a decirme cosas de un modo bastante más atrevido. Que él vivía por ahí cerca, que por qué no íbamos a su apartamento un rato, etc. Típicamente hago de tripas corazón a estas cosas, no sé si es que no sé bien cómo manejar esta situación, pero el caso es que nunca que he tratado de quitarme de encima un tipo lo he conseguido, cualquiera que sea mi respuesta, no hace sino incentivarlos más, así que me resigno a que se aburran solos cuando no encuentren respuesta alguna en mí.

Pero el que me había tocado en esta ocasión no se aburría, y pronto comencé a dejar la incomodidad a un lado y más bien ponerme bastante nerviosa. Fueron los cinco minutos más largos de mi vida, y por mucho que me esforzara, no lograba caminar lo suficientemente rápido para llegar al sitio al que iba, pero fue cuando comenzaba a desesperarme en verdad, intervino el que por siempre marcará la forma en la que veo a los hombres, y el potencial dentro de ellos. Era un señor de quizás unos 50 años, y que por como caminaba parecía que llevaba incluso más afán que yo; pasó caminando entre nosotros dos (el tipo que me acosaba y yo), y sin reparo le gruñó al tipo que “deje a la muchacha en paz”. El susodicho no tuvo que oírlo dos veces, su cara de shock fue impresionante y de inmediato aligeró el pasó y yo, todavía muerta de los nervios lo dejé atrás rápidamente.
No se imaginan lo transformadora que fue esta experiencia, es algo en lo que literalmente he pensado durante años. No se me olvida el miedo que sentí como en tantas otras ocasiones, pero tampoco la estupefacta incredulidad cuando después me puse a pensar en lo que había ocurrido. Puede parecer una exageración que un evento tan simple me haya marcado, lo que espero que les haga tener una idea de lo mal que la pasa una en la calle típicamente.
Lo que hace realmente memorable la experiencia no es que nunca me hubiera pasado que nadie saliera a mi rescate, sino el hecho exasperante de que las únicas dos ocasiones que puedo recordar que eso pasara, los que salieron a mi defensa, lo hicieron con la repugnante intención de esperar que yo estuviera tan agradecida con ellos que los premiara con atención positiva, exactamente lo mismo que los acosadores originales querían sacarme a la fuerza; en definitiva, haber sido “rescatada” no fue agradable en ninguna de esas dos ocasiones.
Pero no fue eso lo que pasó en esta ocasión, de hecho fue radicalmente diferente. Este señor a quien probablemente nunca vuelva a ver, se limitó a sacarme de encima al pesado que me estaba molestando, y luego simplemente siguió su camino. Ni si quiera volteó a mirarme, ni siquiera le vi la cara nunca. Lo irónico, es que en su falta de interés me sentí mucho más valorada de lo que lo he hecho alguna vez que algún tipo me ha dicho algo en la calle, y luego de un rato, cuando superé la estupefacción, también me sentí mucho más agradecida que las otras dos ocasiones en las que alguien había intercedido por mí antes. Porque no buscaba nada a cambio, ni tenía interés alguno; hizo lo que hizo simplemente porque era lo correcto, y a lo mejor luego de un rato lo olvidó, y no se alcanza a imaginar el efecto que tuvo en mí, y lo mucho que intercedió con su pequeño acto en favor de sus congéneres, a los que por él, me siento con el deber de darles más crédito, y de creer que son capaces de más.
Además la experiencia fue transformadora también porque me hizo corroborar lo que siempre presentí: en un mundo desigual, por irónico que parezca, las mujeres necesitamos que los hombres nos ayuden a luchar por una transformación, y los hombres no tienen idea de que su privilegio es tanto, que si fueran ellos los interesados en luchar por nuestros derechos, hace mucho que la situación sería distinta, si bien soy sólo una persona, mi experiencia marca mi opinión:
Nunca, sin importar lo que haya hecho, he conseguido que un tipo me deje en paz en la calle, todo lo contrario, he sido reducida a tener la esperanza de que se aburran ellos mismos lo suficientemente pronto. Por el contrario, cada vez que otro hombre ha intercedido por mí, ha sido exitoso, bien sea alguno de los dos idiotas que lo hicieron en la calle en su momento, o bien sea alguien que conozco que con su presencia o acciones me marca como “suya”, lo que apenas basta para mantener a raya a los demás, si bien no por respeto a mí como individuo, sino al hombre que me acompaña porque paso a ser su territorio.
Los números no hablan bien de la experiencia de las mujeres, y es una realidad que a la sociedad le cuesta aceptar, porque es una realidad aberrante y bochornosa, porque pedirles que examinen su privilegio ataca la delicada autoestima de la mayoría de los hombres, porque para desgracia de todos vivimos en una sociedad que le enseña a los hombres que no son valiosos si no encarnan estas ideas tóxicas de machismo y poder. Así que el camino es largo, y sí es verdad que la mayor parte del tiempo se siente como luchar contra lo imposible, pero cuando siento que no vale la pena intentarlo, que no tiene sentido tratar de abrir estas discusiones con las personas que me rodean, porque no puedo esperar una respuesta positiva, trato de recordarme a mí misma que ya tengo de mi lado a muchos que opinaban diferente antes de que yo entrara en sus vidas, y que eso puede ser sólo porque me aman, pero quizás no, porque quizás hay muchos más allí afuera como ese señor, que me sacó de un atolladero sólo porque era lo correcto, y de pronto, estos hombres que quiero y que tratan de ser mejores por mí, también puedan hacer lo mismo un día, por otra como yo, y poco a poco, el mundo sea un lugar mucho mejor para todas, y para todos.



lunes, 5 de septiembre de 2016

Colombia tiene un cáncer: y somos nosotros.

Yo amo este país, lo amo con cada fibra de mi ser, tanto que quiero que sea en el que pase mi vida, y por eso me mata la angustia cuando veo lo mal que funcionan aquí algunas cosas, cuando temo que todo se complique tanto que no quede de otra sino buscar otros horizontes.


A veces se me olvidan las cosas negativas, cuando estoy demasiado ocupada con las cosas de todos los días y no me queda tiempo de leer las noticias, cuando me entero de algo bueno que está pasando, o cuando escucho de tragedias horribles que pasan en otros lugares, agradezco estar en mi tierra y todas las bendiciones que eso implica, hasta que pasa algo que me revienta la burbuja del enamoramiento y me sacude la perspectiva.

En estos días nuestro país está atravesando un período de transformaciones profundas, un vistazo rápido diría que son cambios muy alentadores, tenemos la oportunidad de poner fin a medio siglo de conflicto armado con una guerrilla que ha desangrado al país; es un largo camino a recorrer pero poner fin al conflicto es el lógico primer paso. Tenía la impresión de que aunque el tema sea complejo, era bastante evidente que, en cualquier caso, que una parte de nuestra población no mate a otra a tiros en las selvas y en los pueblos, era una cosa buena.

Extrañamente, no parece ser tan evidente, para algunos sectores de la población. Esto me ha tenido intrigada y frustrada las últimas semanas, y ha reavivado una incomodidad que tengo hace tiempo con nuestra sociedad, y es la idea constante y agobiante de que arreglar este país puede ser mucho más difícil de lo que nadie alcance a imaginarse, porque el problema no son fallas puntuales del sistema que podamos corregir si nos lo proponemos, no, el problema es que el sistema entero, el país, está conformado por elementos fallidos, y por ende no es sino una máquina imparable de producción de fallas.

La mayor parte de las personas tiene la opinión de que la corrupción estatal es el mayor de nuestros males porque es el que le da pie a todos los demás, que es un cáncer arraigado y difícil de extraer, y yo pensaba lo mismo, pero en estos días tengo en la cabeza una idea mucho más aterradora: la corrupción no es el problema, el problema somos nosotros, los ciudadanos, nosotros somos el cáncer.


Porque es muy fácil pensar que la causa de todos los males es el que está en el poder y nos oprime, es muy cómodo pensar que no hay nada en nuestro poder para cambiar la situación, y por ende, ¿para qué molestarse en intentar? Pero la realidad es que he descubierto que la mayoría de los colombianos tenemos una impresionante incapacidad para darnos cuenta de que los defectos que le achacamos al gobierno, a algún político en particular, o a “la gente”, los practicamos con orgullo todos los días. Ya ni vemos, de lo grande de la viga, pero estamos convencidos de que el otro tiene una paja en el ojo.

Somos un país de personas profundamente egoístas, incapaces de pensar en el bienestar ajeno si no nos beneficia, como se ha evidenciado ahora que tenemos la oportunidad de acabar con un conflicto bélico que la mayoría no hemos sufrido aunque haya hecho parte de la vida de todos. Vivimos atrapados en el terror absoluto de hacer algo bueno que no nos reporte beneficio inmediato porque estamos convencidos de que la única forma de progresar es cada uno por su cuente, porque el otro con toda seguridad nos “va a dar por la cabeza” tan pronto tenga el chance; he llegado a creer que esta noción tan arraigada no es sino la manifestación de la culpa subconsciente que tenemos todos porque sabemos la clase de personas que somos, porque como bien dice el refrán, “el ladrón juzga por su condición”. 

Pero fuera de esa respuesta visceral que delata la consciencia de nuestras propias fallas, nos miramos al espejo todas las mañanas y nos convencemos de somos diferentes al montón, pero mientras tanto nos cansamos de quejarnos de los que venden los votos, pero no vamos a votar; somos incapaces de respetar una fila pero hablamos de cómo son más civilizados en otros países; nos ofendemos cuando el conocido no hace una excepción a las reglas por nosotros, pero exigimos que apliquen para todos los demás; nos decimos pacifistas pero somos incapaces de tener una conversación respetuosa. Sacamos tajada cuando nos mandan a hacer un mandado y pasar una factura a nuestro jefe, pero estamos convencidos de que si tuviéramos en nuestro poder el dinero de los contribuyentes, ese sí no lo tocaríamos.

La realidad, es que parece que los colombianos nacemos con nuestra propia versión del pecado original: todos estamos condenados a ser hipócritas hasta la médula, y esta reflexión tan pesimista en apariencia, es en parte un desahogo, en parte una confesión (porque no me excluyo), pero principalmente es una invitación a que si usted ama este país tanto como yo, tratemos de hacerlo un lugar mejor dentro de nuestras posibilidades, a través de pequeñas acciones, que cambiemos el paradigma de lo que es normal y aceptable. Respete la fila, no se coma el yogurt en el supermercado y luego no lo pague, no venda su voto, no saque tajada del mandado que le mandaron a hacer, enséñele a sus hijos a no hacer trampa, a ser generosos, a ser compasivos. Pueden ser cosas pequeñas, pero tengo la convicción de que si todos nos diéramos a la tarea de convertirnos en personas decentes, comenzaríamos a ser más consecuentes, y más exigentes con aquellos a los que les damos el poder de manejar el país que tanto queremos. Sólo entonces las cosas cambiarían. Recuerde el adagio africano: Si usted cree que es muy pequeño para causar una diferencia, trate de dormir con un mosquito en su alcoba.


En el peor de los casos, incluso si usted no ve que sus acciones se transmiten como ejemplo a los demás, si no ve que causa un impacto, entonces al menos, querido compatriota, tendrá el derecho a quejarse de lo mal que anda este país sin incurrir en la más cínica hipocresía, e incluso eso será mejor que lo que ahora hace.


lunes, 29 de agosto de 2016

¿Cansado de las peleas en Facebook? Cuatro tips para sacarse la arena de encima, y vivir más tranquilo


El mundo es un caos espectacular. Desde Trump para la presidencia del país más poderoso del mundo, pasando por las fallas en la economía global y acabando con las cosas que andan mal en nuestro país, no es nada difícil encontrar uno, o un millón de temas por los que estar preocupados y molestos, por los que apasionarnos, y seguro que no pasa un día sin que nos encontremos una polémica en alguna red social, eso si es que no la comenzamos nosotros mismos.

Yo pienso que inicialmente no hay nada particularmente malo en ello, de hecho me parece redimible, que demuestra sensibilidad humana la capacidad para apasionarnos por asuntos incluso cuando no nos afectan en lo absoluto, y las redes sociales son el escenario perfecto para que estas cosas sucedan, porque facilitan la interacción en círculos sociales un poco más amplios de los que usualmente manejamos (de ahí que te aparezcan comentarios de primos de los conocidos de los amigos), y porque la psicología ha demostrado que todos somos un poco más honestos y descarados en nuestras opiniones cuando nos sentimos seguros detrás de una pantalla. El asunto es que cuando la polémica se desata, a veces acabamos con el humor arruinado y la diversión se fue por el drenaje.

Uno pensaría entonces que lo más simple para evitar esto es abstenerse de expresar las opiniones en estos foros, pero me parece una posición extremista y ridícula. Los humanos somos seres sociales y comunicativos por excelencia, y es una parte tan profunda de nuestra naturaleza que se convierte en una necesidad. Además, no pienso que sea constructivo exigir a las personas que supriman el impulso de opinar acerca de lo que creen podría ser mejor si fuera diferente.

Pero sí es cierto que todo necesita límites, y el deber que tenemos por preocuparnos por el destino del mundo y las próximas generaciones, es sólo tan grande como el deber que tenemos de cuidar de nosotros mismos y nuestro bienestar. Estarnos amargados por lo que pasa en las redes sociales es lamentable, y creo que todos podemos concordar en que es un desperdicio de las 24 limitadas horas que tenemos todos los días, la vida es demasiado corta como para llenarla de cosas malas.

¿Dónde trazar la línea, entonces? ¿Cómo saber cuándo dar un paso a un lado antes de llegar al punto de no retorno, el punto en el que te vuelves, como dice la expresión coloquial “un arenoso”? Deseando no estar nunca de nuevo en esta situación, desarrollé un método para evaluar las interacciones que tengo en las redes sociales, basado en cuatro puntos fundamentales:

1.     Enseñar debe ser una labor de amor. Es bueno que queramos ayudar a los otros, incluso cuando parecen no darse cuenta de que lo necesitan, pero es bueno tener siempre presente que si alguien no parece darse cuenta de que necesita ayuda, probablemente sea porque en realidad no la necesita. Ofrecer lo que tenemos, y entre eso el conocimiento, debe ser un acto de generosidad, no una caricia a nuestro ego, no forcemos lo que funciona para nosotros en la vida de los demás, especialmente sin invitación, y cuando están felices haciendo las cosas a su modo. Nadie publica imágenes motivacionales, o fotos de sus niños para que le aleccionen acerca de cómo su estilo de paternidad o su filosofía de vida no es la correcta. No lo hagas.

2.     No se puede hablar con la pared. No hace falta la situación contraria, es el otro el que se ofende por la opinión que expresamos acerca de un tema, y la discusión estalla incluso cuando uno tenía la impresión de que era un tema que no ameritaba apasionamientos. El objetivo de las discusiones como herramienta social, es que una o las dos partes den el brazo a torcer y admitan otros puntos de vista basados en los argumentos del contrario, en esto el respeto es primordial e indispensable, si no hay respeto, la discusión no está centrada en los argumentos, y por ende no irá a ningún lado. Es hora de abandonar.

3.     Se debe cuidar de los contextos. ¿Qué tan útil es realmente discutir en una red social? En la gran mayoría de los casos, no tiene efecto real en nuestras vidas, incluso cuando los temas de los que discutimos sí nos atañan, y esto se debe simplemente a que esas opiniones sólo tienen relevancia cuando las llevamos a la práctica fuera de las redes. Nos afecta cómo criamos a nuestros niños, cómo nos alimentamos, y por qué leyes y qué políticos votamos, pero todo lo que discutamos al respecto en internet, no tiene un valor tangible, y es por esto que volviendo al punto anterior, deberíamos ahorrárnoslas a menos que realmente encontremos eco y una comunicación constructiva en el otro. Si no es así, mejor no discuta tanto, y más bien haga más.

4.    Se debe cuidar lo propio. En últimas, volvemos a la imagen inicial de nosotros mismos llenos de “arena”. Todo ese impulso altruista de corregir lo que está mal en el mundo, se ve arruinado cuando nos dejamos contagiar de estas emociones, porque nada bueno puede salir de nada que se haga mientras se está sumergido en ese estado mental. No se puede luchar por un mundo mejor cuando nuestras convicciones no nos traen sino emociones negativas, porque es eso lo único que le transmitimos a los demás. La única forma de abrir la mente ajena a nuestras realidades es a través de la empatía, la compasión y el ejemplo; hacer énfasis en la diferencia y el rechazo, no logra sino lo contrario. No se puede aprender de alguien a quien no se admira. Que sea su actitud la que abogue por sus argumentos.


Por donde lo quiera mirar, no tiene caso ni vale la pena amargarse la vida peleando en las redes sociales, ni siquiera si el tema vale la pena. Dé un paso a un lado, cierre la ventana y vaya a tomarse un café, a leer un libro, o a escuchar una canción chévere, ¡no sea arenero!


viernes, 19 de agosto de 2016

Acerca de las cartillas del MEN: La tiranía de la mayoría contra los más pequeños hijos de Dios.

Dios sabe que pocas cosas me hacen tan feliz como que la gente profese religiones. Yo misma, tengo una fe que ninguna barrera o desafío en mi vida ha podido quebrantar, y por eso comprendo lo preciados que son para todos nosotros nuestros ritos, pero no es sólo por eso que defiendo a capa y espada la libertad de cultos, sino porque soy apasionada acérrima de que a todos se les respeten sus libertades individuales. Tengo la convicción de que son nuestras diferencias, las que expresamos con esas libertades, las que nos hacen humanos, y por ende, lo más preciado que tenemos.

Y es por eso que hoy tengo que decirles a todos mis amados hermanos que profesan la fe cristiana en mi país, que me siento profundamente decepcionada de la mayoría de ustedes.

Este no va a ser un discurso acerca de lo que está “bien”, y lo que está “mal”, porque es precisamente ahí en donde radica el problema de que la discusión no avance, porque son ideas subjetivas y como ya lo dije, es nuestra naturaleza estar en desacuerdo.

Pero ningún hombre es una isla, y vivimos en una sociedad, y la única forma en la que podemos convivir en un ambiente de pluralidad sin que nuestras diferencias nos lleven a la violencia, sino que por el contrario todos nos beneficiemos de la convivencia en esta tierra hermosa que tenemos, es que por encima de todos nosotros, se haga valer una ley que nos proteja a todos de actos de violencia o discriminación por causa de esas diferencias, que son para todos parte tan integral de nuestra identidad. Eso, señoras y señores, es la constitución que a bien tuvimos acatar en el 91.

Y lo repito, yo no voy a ponerme a discutir acerca de si las diferencias en orientación sexual y género son buenas o malas, naturales o antinaturales, perversas o benignas;  yo tengo mi opinión propia al respecto, y yo comprendo que ustedes tengan las suyas, y respeto que se apeguen a ellas porque es lo que les exige su religión, y me hace feliz que tengan la libertad de educar a sus hijos en una moral que ustedes desde su amor de padres y de madres, creen fervientemente que les deparará lo mejor, que les hará personas felices, completas, exitosas, buenas, y yo tengo la certeza de todo corazón, de que sus hijos educados en una fe de amor y respeto van a ser justo como usted espera que sean, incluso mejores.

Sin embargo el asunto aquí es precisamente que esa opinión de ustedes, tan positiva y respetable como es no es la única, porque personas buenas hay en todas las formas y tamaños, y de ese modo son criados niños que en las próximas generaciones también serán personas de bien, y es por esto, que el ministerio de educación, desde la constitución (esa sábana que nos cobija a todos para protegernos de cualquier fricción ocasionada por nuestras diferencias), busca implementar un modelo que garantice que en los colegios de nuestro país, nuestros tan amados niños, nuestros tesoros, van a ser cuidados con el mismo respeto que les damos en las casas, porque aunque aún no tengo hijos, creo que todos podemos entender que la pesadilla más grande de un padre, debe ser que un hijo sea infeliz al punto del suicidio por el matoneo y la discriminación de la que es víctima fuera de la casa en la que con tanto esmero y amor se le cría, y eso no es una hipótesis, un quizás, eso es algo que está pasando y el Estado tiene el deber de responder y asegurarse de que no siga sucediendo, eso es justamente lo que está haciendo.

Ahora, entre otras cosas, hay una tremenda ignorancia acerca del tema del que se anda discutiendo, y es que así no se puede, nada bueno puede salir de una discusión en la que uno no está ni siquiera bien documentado, así que, todavía sin emitir juicios de valor respecto a lo “bueno”, o “malo”, vamos a enumerar un par de puntos.

  1. La constitución del 91 define a Colombia como un Estado laico (es decir, que sus leyes no están basadas en los principios de ninguna religión), la ley YA tiene establecida la prohibición contra cualquier tipo de discriminación por causa de raza, género, edad, ideología, religión, y orientación sexual. Es decir que esto no es un capricho del MEN, esto es la implementación de un modelo que apoye la ley establecida en nuestra constitución.
  2. Dichas cartillas, y dichas calificaciones a los colegios, no van a constar de ningún tipo de adoctrinamiento para la perversión de los menores, se trata de herramientas que permitan a los colegios tener directrices, acordes a nuestras leyes, que les permitan fomentar el respeto y la pluralidad pacífica en las aulas de clase, y que les permitan mecanismos eficaces para evitar el matoneo por cualquier razón, incluyendo, PERO NO LIMITADO a temas de género, identidad y orientación sexual.

Estas directrices en las que se basan estar cartillas, no son inventadas por la ministra Parodi (a quien, de paso aclaro, no tengo en buena estima), ni por nadie, son postulados avalados por las ciencias humanas, la medicina y la biología, y con el respaldo de la Organización de las Naciones Unidas, y de la Unicef, postulados que numerosos estudios e investigaciones demuestran que tienden a generar niños mucho más sanos y competentes a largo plazo.

Aquí es donde se pone delicada la cosa, y aquí está en verdad el meollo del asunto. Es cierto que estas nociones de lo que es el género biológico y la identidad de género, y la orientación sexual, pueden entrar en conflicto directo o indirecto con las nociones que usted profesa por su religión, y yo reitero su derecho a profesar su religión como lo crea apropiado, y a estar en desacuerdo con estas nociones, pero volviendo al punto inicial, su opinión en definitiva no es la única, y la única forma en la que podemos vivir en paz como sociedad, a pesar de este tipo de desacuerdos, es si nos apegamos a una ley que proteja los derechos de todos, y lo más equitativo que se puede hacer, es que esta ley esté basada en principios lógicos, no religiosos.

Ahora, este es el tema complicado, yo entiendo, a pesar de que no tengo hijos, el temor que debe significar que los hijos propios estén expuestos a estas ideas que consideramos erróneas, créame, yo lo entiendo, porque yo comparto ese temor, y me atrevería a decir que todos lo compartimos, porque en una sociedad pluralista como la nuestra es imposible que nuestros hijos no tengan contacto con personas que sostengan ideales y modos de vida distintos a los que pretendemos inculcarles en casa; es una idea aterradora, porque todos estamos convencidos de que estamos en lo correcto, porque nadie hace nada malo a propósito, y porque todos tenemos las mejores intenciones, entonces entiendo su temor a la influencia de estas ideas extrañas en la mente de sus hijos, pero siempre vamos a volver al mismo punto, todos nos sentimos así, todos compartimos ese miedo, sólo que desde otra perspectiva las ideas extrañas que no queremos que nuestros hijos oigan son las que usted defiende, porque siempre alguien va a estar en desacuerdo con uno, sin importar cuál sea su filosofía. Pero para eso está la ley, para que cada cual tenga derecho, dentro de la privacidad de su casa, y sus templos a criar a su familia en la fe y el modo de vida que desee, y que en los espacios públicos estas creencias sean respetadas como diferencias, pero tenemos que ser consecuentes, esto también significa que en esos mismos sitios públicos donde nuestras creencias deben ser respetadas, también deben serlo las de los demás. Y los colegios deberían ser el sitio público por experiencia, porque deberían ser templos donde se les rinda pleitesía únicamente al conocimiento y la educación, campos de entrenamiento donde nuestros niños se preparen para ser miembros productivos y felices de la sociedad, con buenas costumbres (y las buenas costumbres no son exclusivas de una fe u otra, la principal de las buenas costumbres es el respeto). No nos confundamos, exigir que los colegios sean laicos y que la educación que reciban los niños sea inclusiva no viola los derechos de ninguna fe, al contrario, busca protegerlas a todas, y de paso a todas las demás ideologías y estilos de vida, en cambio, pretender que una ideología religiosa adoctrine a los niños en qué es bueno y qué es malo, viola los derechos de todos los niños cuyos padres no quieren criarlos en esa ideología en particular.

Esto no es tan difícil de entender. El asunto aquí no es de género, de la población LGBTI, ni de que la ministra sea lesbiana, el asunto aquí es de tolerancia ante otros estilos de vida en los espacios públicos. Si usted abre la puerta a la discriminación religiosa, se está apuñalando usted mismo, porque la población en nuestro país no se divide en “cristianos” y “homosexuales y sus amigos”. Hay personas que pueden estar de acuerdo con todos sus argumentos en contra de la (mal llamada) “ideología de género”, pero ser ateos, ¿cómo cree que les va a sentar a ellos que usted exija una crianza cristiana para los niños para proteger sus valores? No vayamos tan lejos, tampoco son una comunidad homogénea los cristianos, ni para ese efecto, los creyentes. En Colombia hay una mayoría católica, ciertamente, pero hay multitudes de iglesias cristianas, y protestantes de todas las denominaciones, sin mencionar a los judíos o los musulmanes, o los budistas, o los hare krishnas. Usted tiene todo el derecho a inculcarle a sus hijos las creencias que le plazcan, pero el mismo derecho tienen los demás, y la ley debe velar por los derechos de todos, no por mantener a sus hijos en el oscurantismo de la información con la que usted no está de acuerdo. Pretender que el Estado y las escuelas mantengan valores cristianos, es como pretender que el consumo de carne esté prohibido por el Estado porque los hare krishna opinan que no es correcto, es como pretender que las mujeres no puedan conducir autos porque en algunas ramas del islam está prohibido. Pregúntese cómo se sentiría en ese caso, pregúntese qué tanta cabida querría darle usted a la religión dentro del Estado. Y sí, es cierto que la mayoría del país profesa una fe que es más o menos compatible, pero esto no puede ser la tiranía de la mayoría, ni de la minoría, precisamente porque no puede ser una tiranía, es una democracia, en la que los derechos de todos valen igual, o así debe ser.

Así que, lo siento terriblemente si lo ofendo, juro de todo corazón que no es mi intención, porque aunque no sea hermana en la fe, somos la misma sangre porque todos somos de esta tierra que amamos, y que nos pertenece a todos por igual, y por eso me siento su hermana, a pesar de todos los desacuerdos, y yo entiendo su temor a que sus hijos se “contaminen” con información que dentro de su corazón usted siente, sabe que no es correcta, yo tengo ese mismo temor, porque yo también tengo creencias muy preciadas en mi corazón, yo le entiendo, pero a la hora de medir nuestra reacción ante esta respetable preocupación, tengo que decir que estoy muy decepcionada de la mayoría de ustedes, queridos y siempre muy respetados hermanos cristianos, y les invito a que reflexionen acerca de la enseñanza en respeto y amor que le dan a los niños de nuestro país, porque una marcha, una votación, una política en contra de una ley que busca igualdad y respeto para todos, no puede comprenderse de otra forma sino bajo el lente de la discriminación. Usted ya tiene por ley el derecho a criar a sus hijos en su fe, no se inmiscuya en la crianza de los hijos ajenos, no abuse de su mayoría para oprimir a una minoría con la que está en desacuerdo.

Recuerde, que Cristo dijo claramente, lo que hagan al más pequeño de sus hijos, se lo harán a él. Recuerde que la vida da vueltas y le da a cada quien lo que merece, no hace falta que usted se desgaste tratando de corregir al otro.


Ahora, si usted definitivamente no puede soportar la idea de que su hijo se entere a edad temprana de que existen personas que piensan diferente, y que viven vidas diferentes, si usted está convencido de que eso va a dañar a sus niños, le recomiendo que considere una de dos cosas: o buscar mudarse a una comunidad cerrada en la que todos profesen la misma fe y los mismos principios morales (investigue por ejemplo acerca de las comunidades Amish en Estados Unidos), o considere educar a sus hijos en casa para que no tengan contacto con niños que profesen otras religiones o estilos de vida durante su educación académica. En último caso, hablemos de cambiar nuestra constitución para que Colombia deje de ser un Estado laico, pero esa es una discusión diferente y que tendremos en su momento llegado el caso, pero hasta que eso no pase, respete los valores laicos del Estado, por favor, y respete el modelo de educación inclusiva.

miércoles, 10 de agosto de 2016

A mi cuerpo le prometo

Trato de ser una persona consecuente. Siendo una control freak, lidiar con personas inconsecuentes entre sus pensamientos y sus acciones, me saca de mi juego como pocas otras cosas, porque no sé qué esperar de ellas. Siempre he pensado que cometer errores inocentes, sin importar cuán graves sean, es algo que en ciertas circunstancias es disculpable, pero actuar de modo incorrecto incluso aunque sabemos que nos hará daño a nosotros mismos o a otros, sólo porque es más fácil me parece sobre todo la mayor traición a nuestro amor propio.

Soy la primera en admitir que hacer algunas cosas que sabemos que serán en nuestro beneficio no es siempre fácil, pero creo que hay ocasiones y aspectos de nuestras vidas en las que hay que apretarnos un poco el cinturón y ponernos serios.

Cuidar de nuestro cuerpo parece en ocasiones una labor titánica, eso es indiscutible, la tecnología de la que nos hemos hecho dependientes casi siempre nos inspira a ser sedentarios, y la comida es más económica, fácil de conseguir, y hasta parece que sabe mejor cuanto más dañina es.


Pero desgraciada o afortunadamente, la vida se encarga de recordarnos que los días los tenemos contados, y en ese sentido, algunos tenemos más suerte que otros. Una de las cosas más aterradoras que me puedo imaginar es darte cuenta de lo equivocado que has estado cuando ya es demasiado tarde para dar la vuelta y hacer algo al respecto. Otros somos más afortunados, y lo que el universo nos da es la oportunidad de ver que eso le ocurre a alguien más.

No es nada agradable ver a alguien querido luchando con una salud precaria, es algo que a la mayoría le hace pasar noches en vela, pero es particularmente amargo y aleccionador saber que sucede como el resultado de las elecciones que esa persona ha hecho a lo largo de su vida, unas que quizás nosotros también hagamos en el día a día. Y como con todo, a ese mal rato también tenemos la oportunidad de sacarle provecho, y es así que viviendo algo terrible decidí convertirlo en el catalizador de una transformación en mi vida.

No digo de golpe que vaya a cambiar de los pies a cabeza, la fuerza de voluntad nunca ha sido mi fuerte, y decir que ahora voy a hacer ejercicio todos los días y no voy a volver a comer comida chatarra es irreal; fijar expectativas tan altas e inflexibles es una de las formas más fáciles de prepararte para fracasar.



Sin embargo, estoy decidida a no esperar a llegar a un punto en el que le haya hecho tanto daño a mi cuerpo que sea irreparable. No quiero pasar el final de mi vida llena de remordimiento, ni quiero causar dolor y preocupación a los que me rodean. Así que he hecho un compromiso conmigo misma, y de paso con la gente que quiero, de levantarme cada día con el firme propósito de hacer cambios, por pequeños que sean, que me permitan ser un poco mejor, más saludable cada día. Porque quiero que mi cuerpo esté sano para acompañarme en todas mis aventuras, en lugar de ser un obstáculo, porque quiero tener muchos años de vida junto a mi gente, y porque en lugar de sentir culpa o arrepentimiento, quiero sentirme orgullosa de mí misma.

Así que, querido cuerpo, hoy te prometo aprender, aunque sea poco a poco, a amarte tanto como te mereces, porque te necesito, porque merezco sentirme bien, y porque sólo vivimos una vez, pero sí que vamos a sacarle provecho.


lunes, 18 de enero de 2016

Me dio crisis de los 25 (o "Lento y no tan seguro pero ahí vamos")

Si me conocen deben saber que tengo una gran fijación con los cumpleaños.


No niego que pueda haber algo de egocentrismo y una subyacente crisis de autoestima en esta fijación mía, pero creo que la razón más importante es que amo ver reunida a la gente que quiero. Siento que mi vida y la de mis amigos se ha hecho tan complicada y ocupada, que aveces sólo en ocasiones muy especiales como esas encontramos una buena razón para poner todo de lado y vernos.

Y aunque ame la fecha, este año supe que iba a tener que hacer un esfuerzo por tomármelo bien y con calma; después de todo finalmente cumplía 25, y no en vano el número viene acompañado con su respectiva crisis emocional clínicamente reconocida. 

La llamada crisis del cuarto de vida me pegó como un tren a toda marcha, y la verdad es que era para esperarse, porque señoras y señores a la hora de ser franca yo estoy como dirían las abuelitas... Quedada.

Es la verdad, y aunque suene duro decirlo de mí misma no me pesa admitir que esta no es para nada la forma como esperaba estar viviendo a estas alturas. 


El plan era que a esta edad ya iba a tener el súper tabajo que me iba a dar suficiente para mantener la vida cosmopolita que iba a llevar. Iba a tener mi propio apartamento y carro, iba a viajar y darme la gran vida... En cambio sigo viviendo en casa de mis viejos y cogiendo bus. Duro despertar.

Es casi misión imposible no sentirme decepcionada si hago una comparación con lo que esperaba de la vida, los resultados son poco alentadores, aparentemente, y no ayuda fijarse en otras personas que parece que la llevan mucho mejor.

El caso en cuestión en estos días: Confesaré que durante los últimos meses, tuve unos cuantos momentos de debilidad en los que dejé que el espíritu del stalkeo se apoderara de esta pobre humanidad e hiciera de las suyas, echándole más de un curioso vistazo al perfil de Facebook de la hija de una conocida de la familia, a quien a mi amada progenitora le gusta, por cierto, ponerme de ejemplo. Y con justa razón: además de muy agraciada y a la línea, es inteligentísima y súper exitosa laboralmente, con un par de empleos en su haber que de hecho me parecen muy interesantes, una afluencia económica no difícil de deducir y además un novio con el que hace muy poco se casó; siempre con una sonrisa en los labios y espiritualmente centrada. En fin, llevando la vida más envidiable que se me pudiera ocurrir. 

Vamos por ahí y ya es difícil la cosa, es difícil no mirarme en el espejo de alguien que en cualidades parece bastante similar a mí, pero que en resultado me aventaja brutalmente, pero el golpe de gracia fue enterarme un día, ¡que apenas y es unos meses mayor que yo! 



Se podrán imaginar el grado de trauma que esto me causó, fue peor que enterarme que Jeniffer Lawrence era casi un año menor que yo, porque a esta chica la conocía. Por días me martiricé en silencio: ¿será que no era lo suficientemente buena? ¿Por qué tenía que haber cometido tantos errores? El autoestima al piso y un sentimiento total de fracaso que me duró un poco más de una semana hasta que el universo me mandó una señal que era imposible ignorar: mi querida Miss Perfección tuvo la osadía de ensuciar mi muy decente inicio de Facebook con uno de los comentarios más impresionantemente homofóbicos que  he tenido la desgracia de leer. 

Por supuesto nada como una gorda dosis de homofobia temprano en la mañana  para despabilarme. Y aunque obviamente fue desagradable, en retrospectiva me alegro mucho de que haya sucedido, porque era justo lo que necesitaba. Verán, hay pocas cosas que yo aborrezca más que la homofobia, así que mi opinión acerca de Miss Perfección cambió radicalmente en cuestión de un minuto.

Sé que parece muy tonto de mi parte, pero sólo apenas me di cuenta de que en realidad nuestras naturalezas no podían ser más diferentes, y por su puesto, esta revelación vino acompañada de un gran sentimiento de liberación.

Aunque nuestras naturalezas y talentos parezcan afines, nuestras circunstancias nos han formado en individuos distintos, con opiniones y metas distintas. Me di cuenta de que en realidad, y a pesar de todas las cosas de las que carezco, prefería ser yo, llena de amor ye incapaz de juzgar la forma como otros deciden amar a su vez, y no ella, cuya fe le hace creerse con el derecho de decir a dónde nos vamos todos después de que nos entierren. 

De igual forma son incomparables nuestros logros, no conozco las pruebas que ella ha enfrentado pero sí las que me han tocado a mí, y sé que he enfrentado cada situación dando de mí todo de lo que era capaz en el momento, sé que he usado cada herramienta que he conseguido a lo largo del camino, cada lección.  Había estado siendo demasiado dura conmigo misma, y en realidad la única persona con la que puedo compararme es con mi yo pasada, esa es la que me dice si he avanzado o no.

Y sí que lo he hecho, la yo de 15 años que planeó esa vida perfecta que ahora me hace sentir un fail, no hubiera podido alcanzar a imaginar las cosas que me pasaron luego de un par de años, o de ocho, la yo de esa época pensaba construir esa vida sobre cosas con las que contaba y a las que daba por sentado, pero que luego me fueron arrebatadas de golpe. Durante los últimos diez años hubo tres instancias en las que me quedé sin nada, y no exagero, hablo de no tener comida en el refri y deber mucha renta y no tener ni un peso ni de dónde sacarlo porque ya le debía plata a todo el mundo y estaba desempleada, momentos en los que mi vida se convertía en la leyd e Murphy y todo lo que podía salir mal se re iba a la mierda, y me quedaba sin tener idea de cómo volver a armar mi vida. 


Y sin embargo en cada ocasión volví a armarla, de a poquitos, lentamente y un poco cachureta, pero la armé, y aunque ahora no sea la que había planeado, en realidad estoy orgullosa de ella.

Puede que no tenga un empleo que me permita darme la gran vida, pero en su lugar tengo una micro empresa que es sólo mía que me permite cada vez más estabilidad e independencia económica, en la que hago algo que amo, donde exploto mi talento y donde soy mi propia jefa y hasta puedo manejar mi tiempo de un modo que también me permite dedicarme a escribir que es la gran pasión de mi vida. Puede que no haya salido a conocer el mundo, pero he tenido todo el tiempo del mundo para conocerme a mí misma, y hacer viajes interiores que me han despertado espiritualmente, y aunque una tormenta vive rugiendo dentro de mí, cada vez me siento más cercana a la luz. Quizás no parezco tan fashion o cool, o sexy como me imaginaba ser, pero a lo mejor por eso no se me subieron las ínfulas, por eso me quedé con mis amigos de siempre, a seguir ñoñeando con ellos aunque ya nos estemos poniendo viejos por eso los valoro cada día más, y por eso me di la oportunidad de tener a mi lado a mi mejor amigo que es el mejor hombre del mundo y con el que quiero pasar el resto de mis días. 

De todas formas sigo planeando la vida de mis sueños, aunque el plan ahora ya no es un sexy apartamento de soltera y un New Beetle, sino más bien una casa donde quepan los dos perros, los tres gatos, las tres tortugas y los niños, y un carro que no nos quede estrecho para los paseos. Y todos los días pienso en eso, no puedo evitarlo, pero como la experiencia me ha enseñado, también pienso que las cosas que tengo ahora, sobre las que pienso construir esa vida, las puedo perder, y porque mi vida es inestable, constantemente me veo a punto de ese horizonte, pero he decidido que quizás ese no sea el fin del mundo, después de todo, si ya construí mi vida tres veces, siempre voy a poder hacerlo de nuevo, siempre un poco mejor, siempre un poco más experimentada, siempre un poco menos sola.

Y si mañana lo pierdo todo de nuevo, póngale la firma que lloraré hasta que me quede seca, pero en algún momento me levantaré, y me haré una vida nueva, y unos sueños nuevos, y no importa cómo luzcan, voy a dar todo de mí para estar orgullosa de ellos, aunque sea sólo porque vienen de mí, y porque son la evidencia de que siempre puedo comenzar de nuevo. No tiene nada de malo hacer las cosas a mi ritmo.


lunes, 4 de enero de 2016

Mi 2016 es como caminar encuera por la calle.

Voy a ser franca aquí, tuve un año del orto (les juro que no hay otra forma de decirlo). Vi marcharse de varias formas gente que quería en mi vida, y a otra tuve que sacarla a la fuerza, viéndola a los ojos; nunca antes había tenido que enfrentar tantas veces seguidas aquello que más temor me causa; a la hora de probarme a mí misma resulté no ser tan buena como quería creer, me enfrenté a mis demonios y no salí victoriosa. Sentí que fue un año larguísimo que se negaba a acabarse, a dejar de tirarme caca cósmica encima, y al mismo tiempo uno en el que los meses pasaron cada uno en un santiamén, sin apenas darme la oportunidad de conseguir nada de lo que me propuse, sin darme tiempo para construir la persona que quiero ser.


Con los traumas aún frescos, el 31 vino a mí junto a la pesimista certeza de que lo único que se resetea ese día es el calendario; por lo demás cargo con mis maletas en el umbral del 2016 y con esa idea, mi instinto de auto preservación se estremece inquietoy mi orgullo herido mete la cola entre las patas ante la idea de agrandar la pila de resoluciones fracasadas.

Esta disposición cerrada y fría me es impropia, claro, a mí que tengo por modus operandi tener plan de acción para todo, y planes de contingencia desde el B hasta el Z. Soy controladora por naturaleza, y la idea de no saber qué va a pasar es de las cosas que más angustia me causan.

Pero heme aquí a cuatro de enero y sin resoluciones, desarmada ante la posibilidad del fracaso. Enfrento el 2016 como enfrentaría a un oso: haciéndome la muertita con la esperanza de que no me dé tan duro.

La verdad es que no sé si me dure, pero por el momento es lo que este cuerpo pide, así que ando por la vida sin promesas que cumplirme a mí misma, ni a nadie, y comenzando a preguntarme si no será que al final hasta resulta mejor, enfrentar cada día con su afán propio y sin pensar en todos los que vienen adelante (¿soy yo la que digo esto? Me cuesta creerlo), sólo ser y estar en el momento presente, a ver qué pasa, a ver a dónde nos leva la ola.

Creo que por primera vez en la vida he soltado el timón, aunque he de admitir que me muero de miedo. Trato de confortarme pensando que no tener expectativas no puede ser mucho más trágico que vivir agobiada por no cumplir las que me pongo yo misma, que son durísimas, incluso si ahora mismo se siente tan antinatural como salir encuera por la calle.

Cruel 2015, terrible 2015, no veía la hora de que te acabaras, y no voy a extrañarte, y sin embargo no sería justo de mi parte decir que no me dejaste nada, porque quiero más bien pensar que con cada golpe que me diste te robé una lección.

Aprendí que nunca es demasiado pronto para hacer las cosas por adelantado, ya que parezco destinada a que mi vida sea ejemplo perfecto de la Ley de Murphy y todo lo que pueda salir mal salga terrible cuando menos tiempo tengo para contingencia.

Aprendí, y fue lo más duro, que aveces hay que dejar ir incluso a quienes más amamos y que más nos aman, aunque parezca que nos mata por dentro, porque ni el amor más grande es suficiente si viene con dolor y aveces lo más sano es amarnos con espacio suficiente para no hacernos daño.

Aprendí también que hay que dejar ir a esas que no quieren ser parte de nuestra vida y que no se cansan de demostrarlo, aunque hayamos perdido todo el tiempo del mundo haciéndoles espacio en nuestro universo. Hay que dejarlos marchar sin rencor, aunque el dolor del abandono sea grande, porque nadie nos debe nada. Ya vendrá gente que nos haga bien y que se quiera quedar.

Aprendí que tengo que ser sincera con los demás, y conmigo misma, acerca de qué espero de los otros, y qué estoy dispuesta a dar a cambio. Ninguna relación puede florecer de la hipocresía.

Aprendí que hay más gusto en trabajar duro por lo que quiero que sentir que no merezco eso que me es dado de gratis. De paso aprendí que nada es realmente gratis en esta vida.

Aprendí, a las malas, que no a todas las oportunidades se les puede decir que sí, porque no todas son tan buenas, y porque algunas sólo no son para nosotros, aunque sea incluso mejores de lo que pintan.

Aprendí que a lo mejor no está tan mal hacer las cosas a mi ritmo, aunque todos vivan más rápido, y que a la hora de elegir con quién pasar el resto de la vida, es mejor mirar dos veces.

Lo último, pero no lo menos importante, este año las cosas malas me recordaron que también tengo gente que me quiere bien, unos amigos que aunque no muchos son buenísimos, y a quien definitivamente no puede ser descrito sino como mi alma gemela, y el mejor hombre del mundo.

Y aunque todo lo demás haya sido una hecatombe, por eso, estoy muy, muy agradecida.