miércoles, 14 de octubre de 2015

Conectados y desconectados.

Hace un tiempo escribí una entrada acerca de la (en mi opinión) errada actitud de la mayoría de padres de hoy en día, tratando de proteger a sus hijos de los peligros de la tecnología, incapaces de darse cuenta de que no sólo es una lucha inútil, sino una que en últimas resulta perjudicial para los jóvenes, sin embargo no me cuesta imaginar las razones por las que cualquier padre responsable se sentiría tentado a comportarse de este modo, ya que son preocupaciones que comparto hace años.

Soy alguien que usa la tecnología para todo, pero mi meta es siempre que me sirva para enriquecer y facilitar cada aspecto de mi vida, de modo que siempre me he sentido algo resentida cuando alguien dice que paso demasiado tiempo pegada a mis aparatos, que me estoy perdiendo la vida ahí afuera, otra crítica habitual es que la tecnología te aleja de otras personas. No comparto esa opinión, porque una de mis mayores preocupaciones es aprovechar la tecnología para acercarme a las personas que tengo lejos, gracias a la tecnología puedo mantener una amistad en tiempo real con personas en diferentes países, que me enriquece como persona, y que además ayuda bastante en momentos de necesidad. Del mismo modo, hago un esfuerzo constante porque la tecnología no se interponga para mal en las relaciones que mantengo con quienes me rodean. Sin embargo, comprendo de dónde vienen estas dos grandes preocupaciones, e incluso comprendo la razón por la que es fácil asumir que sufro de estos males, y es porque mi experiencia con la tecnología y mi forma de manejarla dista bastante de la media, que deja bastante que desear.

Lo diré ahora y sin rodeos: la mayoría de los padres tienen la razón, sus hijos sí pasan demasiado tiempo en sus computadoras y teléfonos, sin sacar provecho de ello. Perdidos en redes sociales en las que no tienen exposición a ningún tipo de contenido enriquecedor, y perdiendo la oportunidad de disfrutar de las cosas buenas que no podemos sacar de una pantalla, y también sin alcanzar a imaginarse las poderosas herramientas que tienen en la punta de los dedos y cuánto las están desperdiciando. La mayoría no tienen idea de cómo funciona el mundo porque no se permiten tomar el tiempo necesario para apreciarlo con sus propios ojos, e indudablemente, esto les va a costar caro en algún momento, por ejemplo cuando tengan que conseguir un empleo y no tengan idea de cómo vestirse para una entrevista, ese será el tipo de momentos en los que se den cuenta de que el número de likes en sus fotos de Facebook o Instagram les sirven para absolutamente nada, y ninguna cantidad de hashtags les dará de comer. Son principalmente estos chicos y chicas, los que no comprenden cómo funcionan las herramientas a las que están tan apegados, los que son más vulnerables a todo tipo de peligro virtual, desde ser hackeados poniendo en peligro la información o finanzas de su familia, hasta caer en situaciones mucho más oscuras de las que mejor no entramos en detalle.

En contraste, otra gran parte de los jóvenes tecnoadictos de hoy en día sufre de un mal que me parece incluso más aterrador y al que he nombrado la hiperconexión desconectada. Éstos sí que comprenden lo que tienen entre manos, y a diferencia de los anteriores, llevan al extremo su dependencia y apego al sentimiento de vida globalizada proporcionado por la pantalla de sus dispositivos, alienándose de un modo alarmante de la sociedad que les rodea, de la que dependen, y a la que deberían buscar comprender y aprender a navegar. Me refiero a los jóvenes que maravillados por la puerta abierta a un infinito universo de información, la devoran toda sin filtro y sin imponerle juicio alguno de valor. Son estos los que encontramos entonces apasionados por la justicia social en todas sus formas, menos en ninguna que les competa. Los que encontramos dedicando impresionantes cantidades de tiempo a investigar y mantener blogs acerca de temas tales como la extinción de alguna extraña especie de mamífero en alguna remota parte del mundo, mientras no tienen la menor idea de que existen en sus ciudades organizaciones y fundaciones que se dedican a tratar de solventar las necesidades de los animales callejeros. Muchachitos y muchachitas (y no tan pequeñitos también) que se apasionan a niveles aterradores porque alguna celebridad de algún país anglosajón produce contenido misógino o racista y no es censurado, pero son incapaces de preocuparse por apoyar movimientos locales en favor de derechos de minorías. He visto a más de uno aproyando desde lugares tan remotos como lo son pequeños pueblos en nuesto país, causas en contra de dictadores en países de oriente medio, sin tener idea de la política de Colombia, y de cómo la corrupción nos sigue desangrando.

En definitiva cualquiera de los dos extremos es alarmante, y es preocupante que sean pocos los jóvenes que no caen en ninguno de los dos, pero una vez más, sigo convencida de que la culpa no recae en los chicos. Al final de cuentas, son sólo chicos, su naturaleza es seguir modas, en muchas ocasiones no tienen criterios definidos, y no son capaces de dimensionar las ventajas ni los riesgos que estas situaciones presentan. Es por esto que es labor de los padres de hoy en día dejar a un lado su fobia por todo lo digital y ponerse las pilas. No permitir que la tecnología aleje a sus hijos de las experiencias del mundo real, pero también enseñarles cómo ésta puede mejorar su vida, educarlos en formas de interactuar con la sociedad en la que viven, y hacerla mejor.

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