jueves, 23 de abril de 2015

Acerca de nuestra obsesión con Gabito, y el resto de la "realeza".

Hace una semana se cumplió un año de la muerte de nuestro querido nobel, y claro, no se ha parado de hablar al respecto. Uno pensaría que hay un limitado número de formas en las que se puede hablar de su vida y obra, ambas finitas, un limitado número de cosas que se puede decir acerca de su legado antes de agotarlo. Pero claro, es evidente que no es así, como lo demuestra la exagerada cantidad de documentales que aún se producen acerca de Hitler y la segunda guerra mundial, como si no hubiésemos ya escuchado la historia una y otra vez, al derecho y al revés, desde todo ángulo posible (les juro que hasta los que creen en los reptilianos los he visto más de una vez hablando de la relación del bigotudo con ellos).

Por supuesto que entiendo la importancia de no olvidar cosas así, ni a personajes como Gabo, al que tantas cosas buenas le debemos, a lo que quiero llegar en realidad es a que no deja de sorprenderme que la gente no se canse de estos temas hiper explotados, y que por ende no tengo ni pizca de ganas de ponerme a hablar de la vida y obra de Gabo y de cuánto lo extrañamos hoy, no sólo porque carezco de las credenciales y el conocimiento que me lo permitirían, sino porque todos los que tienen estas credenciales y conocimiento (y los que no, también) seguro que ya están diciendo cualquier cosa que pudiera llegar a ocurrírseme.

Pero sí hay algo en lo que no puedo dejar de pensar cada que me acuerdo de Gabo, en particular, aunque la realidad es que no es un comentario tanto acerca de él, como lo es acerca de los colombianos y nuestra extraña relación con cualquiera a quien podamos llegar a considerar "famoso" o "importante".

Después de reflexionar en este asunto que me llama la atención, he llegado a la conclusión que el asunto se reduce a una cuestión: los colombianos somos una estirpe de baja autoestima. De verdad que es la única forma en la que puedo explicar nuestro comportamiento. Es indudable que los logros de la gente hay que reconocerlos, y que podemos apasionarnos por cualquier causa que abandere otro, incluso si se trata de una meramente artística y/o lucrativa, pero me atrevería a decir que en pocos países es culturalmente aceptable la poco crítica e impresionante obsesión que la gente en Colombia tiene por cualquiera al que se les dé por etiquetar de "famoso" o "reconocido", no diciendo que no haya gente famosa y reconocida, pero eso sucede incluso cuando se trata de un cualquiera que robóticamente recita líneas ridículas en alguna de las novelas de la franja prime time de una cadena nacional, o al que por ahí le fue medio bien en un reality show. Y este efecto sólo se multiplica entre más famoso sea realmente el individuo, la histeria es increíble, y mientras más pienso en ello más me convenzo de que es como les dije antes, una cuestión de baja autoestima. Bien sea por la negativa imagen que tienen de los colombianos en el exterior, o por el "dolor de patria" que nos da todos los días cuando vemos las noticias, o algún otro factor sociocultural al que no acabo de ponerle el dedo, la realidad es que sólo una profunda falta de amor propio puede explicar la forma como enloquecemos con los famosos y las figuras del espectáculo, como si con estar en su presencia, tener una foto con ellos o conseguir un autógrafo derramase sobre nosotros la bendición de aquellos seres superiores a los que adoramos como semidioses.

Yo, francamente, no lo comprendo. Claro, hay gente a la que admiro mucho, y gente a como la que quiero ser, y mucha gente a la que me encantaría conocer algún día, o haber podido conocer, pero soy incapaz de participar en esas idolatrías llevadas al extremo, probablemente porque carezco de dos cualidades innatas que la gran mayoría de mis compatriotas parecen llevar arraigadas desde siempre. Por un lado carezco por completo de esa vergüenza que parece traer el ser colombiano, aunque quieran decir que se enorgullecen de su país, esa que los lleva a cegarse y a desdeñar de lo nuestro y poner en un pedestal todo lo que venga de afuera, aunque sea malo. Y aunque también llevo dentro desde siempre un dolor de patria, no poseo esa profunda resignación que parece llenar a casi todos, convenciéndolos de que estamos todos en mayor o menor medida condenados al fracaso, que somos desafortunados sólo porque nos tocó ser colombianos; esto se traduce dentro de mí en un siempre presente sentimiento de que soy capaz de más, y es justamente eso lo que espero de mí misma, mucho más, triunfar no es una idea lejana, casi puedo sentir que la alcanzo a agarrar con las puntas de los dedos, sólo me hace falta un poco más de tiempo, no más, todo lo demás está dentro de mí desde que puse pie en esta tierra hermosa. Y sé que es ese sentimiento lo que se pone siempre en medio de mí y cuánta admiración pueda llegar a sentir por los logros de alguien más. Puede que suene egocéntrico pero juro que no es esa la intención, admiro la experiencia en esos que están muchos años por delante de mí, y aprendo de todos los que puedo, todo lo que puedo, pero si soy muy honesta más o menos la mitad de las veces que veo a alguien famoso o importante, veo en los triunfos ajenos algo que yo bien podría hacer si me lo propusiera, si fuera mi pasión. Entonces no puedo entender esa admiración ciega por lo que aveces se me hacen personas completamente normales que simplemente se han dedicado a trabajar duro, o que han tenido mucha suerte.

¿Y qué tiene que ver Gabo con esta diatriba? Un par de cosas. En primer lugar Gabo era, y con justa razón, básicamente parte de la "realeza", en lo que a figuras públicas nacionales se refiere, y él sí que se lo merecía, el sí que era un genio cuyo talento merecía todo el reconocimiento y la admiración que tuvo, eso sí. Y sin embargo, la cuestión es que al pertenecer a esta estirpe, inevitablemente estaba sujeto a las consecuencias que lo afectaban igual que afectan a esas estrellitas de reality a las que me referí antes, parece ser el precio de la fama. Gabo era aclamado nuestro con posesión obsesiva y orgullosa, igual que tantos otros, y por eso era también víctima de una errónea asignación de responsabilidades para con el país y los compatriotas. No puedo decirles la cantidad de veces que me ha tocado escuchar a la gente quejándose de lo feo que era que Gabo nunca hubiera hecho nada por el pueblo que lo vio nacer, la pobre Aracataca, que este año, el 28 de este mismo mes en el que murió él cumple nada menos que 100 años de haber sido declarada pueblo, y que aún no tiene un óptimo sistema de acueducto y alcantarillado. Como si quisieran homenajear a Gabo, manteniendo el pueblo que primero lo vio en condiciones tan ridículas como las que sólo se podían ver en sus libros, verdaderamente, cien años de soledad.

Pero eso viene a colación porque es a lo que me refiero con la resignación que parece llenar al pueblo colombiano, seguro que me dicen que no, pero yo siento que la mayoría lleva esto en el subconsciente, un tipo de aterradora resignación ante la violencia y la corrupción de las élites, y creo que es la razón por la que idolatramos a los que triunfan, porque creemos que en este contexto sus triunfos son prueba de cualidades sobrehumanas, de ahí esa necesidad de adorarlos como si en un lugar dentro de nosotros donde no hay palabras, realmente creyésemos que podemos impregnarnos de su divinidad. Por eso también se les desprecia cuando luego de levantarse sobre todos los demás se llevan su felicidad a otro lado, y lo la comparten con el resto de los que nacieron en el mismo suelo, cuando se limitan a vivir para ellos mismos y para los que aman, y no para todos los que compartimos su sangre aunque nunca nos hayamos visto. Porque por supuesto, la resignación nos ancla más que la gravedad, ¿cómo podemos esperar depender sólo del gobierno para procurar nuestro bienestar básico? Si es que todos los políticos son corruptos, eso ya lo sabemos, no podemos aspirar a más. Para eso tenemos a Shakira, que nos monte mega colegios, y a Gabo, que debió subsidiar el alcantarillado, y ay de él, nunca olvidaremos cómo nos dio la espalda. Y ay de todos los demás, que no hagan lo que se espera de ellos, lo que ahora resulta que es su deber patrio, nunca se los perdonaremos.

Por favor, queridos hermanos de patria, trabajemos por fortalecer nuestra autoestima colectiva. Metámonos en la cabeza que somos capaces de más, hagamos más como esos a los que admiramos en lugar de vivir en la mediocridad, idolatrando con la boca abierta a los que se lo merecen, y también a cualquier bobo que tuvo sólo un poco más de suerte y armó bochinche en el reality. Se los suplico, sacúdamonos la resignación al fracaso y al subdesarrollo, aspiremos a más, dejemos de votar por "el que roba menos", y comencemos a exigir justicia de esos que de verdad están en la obligación de darla, en su condición, nada más y nada menos, que de "servidores públicos". Exijamos que sirvan y hagan lo que deben, y por el amor de todo lo que es sagrado, dejemos la doble moral y dejemos que cada quien haga con su plata y posición, bien habidas, lo que se le dé la gana.

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